Una de las grandes contribuciones del distinguido historiador Malcolm Deas, de la Universidad de Oxford, fue la de ayudarnos a entender que Colombia no tiene una cultura de violencia y que nuestra historia no está plagada de este grave fenómeno. En alguna ocasión inició una de sus afamadas conferencias diciendo algo como esto: Colombia es un país que ha vivido algunos momentos de violencia. Fue una afirmación muy audaz, que ocasionó mucha perplejidad.

La universidad Externado de Derecho ,se me antoja decir que a instancias del profesor Deas ,publicó un excelente libro en el 2018, editado por Carlos Camacho, Margarita, Garrido y Daniel Gutiérrez, titulado ‘Paz en la República, Colombia Siglo XIX’.

Hicieron un cuidadoso estudio de las guerras o conflictos o rebeliones que tuvieron lugar durante el siglo XIX en Colombia. Afirman que fueron ocho, los enumeran, establecen su duración y concluyen qué “los primeros 114 años de vida independiente de este país (desde 1832) fueron de paz. Muy sorprendente hallazgo que deberíamos tener siempre presente para no incurrir en esa gran exageración, que el siglo XIX fue de guerras permanentes. Y el profesor Meisel en otros estudios, pone también en un contexto diferente las cifras exageradas que se ofrecen sobre los muertos en esas confrontaciones.

Y ya en el siglo XX hablamos de ‘La violencia’ que para algunos se inició en 1946 y para otros en 1948, a raíz del asesinato del líder liberal, Jorge Eliecer Gaitán. Y entonces, y en respuesta a este terrible fenómeno, surgen estudiosos del tema en Europa, Estados Unidos y Colombia y aquí los llamamos ‘violentólogos’ y más adelante surgen los ‘pazólogos’. Y la verdad es que no obstante, el acuerdo de paz entre liberales y conservadores que se consagró y logró gracias al Frente Nacional y al plebiscito del 1 de diciembre de 1957, hemos experimentado el surgimiento de guerrillas de inspiración izquierdista en sus diferentes versiones y, no obstante, una serie de procesos de paz estamos viviendo una situación como si hubieran tenido razón quienes proclamaban que en el país existe una cultura de violencia.

El general Rojas Pinilla inició su gobierno en 1953 con un programa de paz que, entonces, el comandante de las Fuerzas Militares, Duarte Blum, dirigió y que llevó a la incorporación de varios miles de guerrilleros. Fue una situación que el Frente Nacional consolidó pero que fue desafiada por una variedad de grupos guerrilleros de inspiración izquierdista. El gobierno de Julio César Turbay se ocupó del tema y encargó a Carlos Lleras Restrepo de formular un plan de paz. Luego Belisario Betancur lo asumió, y después le otorgó esa responsabilidad a John Agudelo Ríos. Los gobiernos que siguieron intentaron lograr un acuerdo de paz. Belisario Betancur alcanzó a realizar un acuerdo que dio lugar a la creación de un partido político de las Farc, La Unión Patriótica, y a la elección popular de varios ex guerrilleros en Senado y Cámara. El holocausto del palacio de justicia realizado por el M19 dejó ese proceso en ruinas y fue el gobierno de Virgilio Barco el que logró en 1990 un Acuerdo de paz con ese grupo guerrillero y otros.

La Constitución de 1991 contó con un consenso nacional y por ello tuvo tres presidentes al mismo tiempo, Horacio Serpa, Álvaro Gómez, Hurtado y Antonio Navarro. Esfuerzos posteriores, buscaron la incorporación a la vida civil a las Farc, al ELN como dos organizaciones armadas e ilegales, que, en virtud del narcotráfico, y más adelante de este y de la minería ilegal, se fortalecieron. Y fue el desastre del 11 de septiembre de 2001, el que cambió el escenario y le permitió a Colombia con la enorme ayuda de los Estados Unidos, el Plan Colombia, que permitió lograr la desaparición de los paramilitares y los acuerdos con las Farc. Tres presidencias contribuyeron a estos éxitos, Pastrana, Uribe y Santos. Y cuando creíamos que ya habíamos logrado la paz , disidencias de las FARC, el Clan del golfo, el ELN y otros grupos vuelven a sembrar de violencia buena parte del territorio nacional, como lo acreditan los hechos más recientes.

Y por ello, es indispensable preguntar, ¿acaso se ha normalizado la violencia en Colombia? ¿Las nuevas generaciones y nuestros nietos tendrán que lidiar con este gravísimo fenómeno? ¿Por qué hemos sido incapaces de ponerle fin a esa excepcional situación en una democracia?