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¿Cómo debemos educar?
En Colombia, la disparidad en las respuestas para esta pregunta ha provocado al menos una guerra y una serie de disputas de carácter nacional...
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2 de may de 2026, 02:00 a. m.
Actualizado el 2 de may de 2026, 02:00 a. m.
Hay en el universo de la educación una pregunta medular, que sustenta cualquier práctica educativa y que guía cualquier actividad de formación: ¿cómo debemos educar? En Colombia, la disparidad en las respuestas para esta pregunta ha provocado al menos una guerra y una serie de disputas de carácter nacional: las respuestas para este interrogante han sido diversas y contradictorias. Cambiantes. Durante el siglo XIX, por ejemplo, no hubo un acuerdo nacional para responder esta pregunta y nos pasamos cien años cambiando de estrategia y modificando los objetivos. Incluso desde el nacimiento de la República hubo una serie de disputas y tensiones de orden educativo, entre Santander y Bolívar, quienes defendían posturas irreconciliables para interrogantes idénticos.
Posteriormente, esta tensión fue heredada por los dos partidos hegemónicos de aquellos años. A los liberales, les parecía que debía ser una educación laica y ofrecida por el Estado. A los conservadores, les parecía que debía ser católica y ofrecida por la iglesia. Como un problema por el que se sacrifica la propia vida, la disputa por lo que es enseñado, por cómo es enseñado y por quién lo enseña desembocó entre 1876 y 1877 en aquel suceso histórico conocido como La Guerra de las Escuelas. Enfrentando a los dos partidos, los conservadores emprendieron una guerra por las iniciativas liberales: las propuestas religiosas de unos diferían de las propuestas liberales de los otros.
Bajo la misma naturaleza con la que ocurrió ayer, ocurre parcialmente hoy: el énfasis sobre aquello que debería ser enseñado y aquello que debería ser aprendido está supeditado, incluso en nuestro tiempo, como lo fue en aquel siglo, a las intuiciones de personas que pueden llevar a la realidad una respuesta, para esa pregunta. En el siglo XIX fueron unas élites políticas. Agencias, fundaciones, empresas, gobiernos materializan sus ocurrencias en un confundido sistema educativo, al que se le pide, por varios frentes y de acuerdo con ciertos mandatos, cumplir con varias tareas: enseñar para un mercado laboral, formar integralmente, fortalecer habilidades digitales y un extenso, interminable e intuitivo etcétera.
Tras un siglo de diferencia y con algunas certezas sobre lo que funciona y no funciona; sobre lo que es útil y no es útil en la formación de un ser humano, algunas respuestas hoy se siguen esgrimiendo bajo la inestabilidad de lo que se intuye y de acuerdo con la escasa seguridad que ofrece lo que se cree. Seducidas por lo novedoso, estas intuiciones a menudo se dejan tentar por la idea de que la educación debe estar a la vanguardia de cuanta innovación aparezca y de cuanto discurso prospere: la inclusión irreflexiva de la tecnología, la insistencia hegemónica de la inteligencia emocional o el mandato ciego de usar inteligencia artificial en las escuelas son buenos ejemplos. Sin embargo, la proliferación de pantallas en las escuelas y los subsiguientes peligros que se advirtieron en su uso deja en evidencia, entre otras cosas, que el imperativo de llevar a la escuela cuanta intuición se nos ocurra, sin una reflexión minuciosa, no solo puede ser inútil, sino perjudicial.
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