Él fue el clásico reportero de antes. De los que pateaban la calle en busca de noticias y las descubrían antes de que la Policía llegara alarmada por los vecinos. No le faltaba la picardía necesaria para inflar el incidente hasta convertirlo en noticia de primera plana. Como lo hacía Hildy Johnson, el reportero del Chicago Examiner, interpretado por Walter Matthau, en Primera plana, la maravillosa comedia dirigida por Billy Wilder.

Yo le conocí cuando, siendo él reportero del diario Occidente, de Cali, se las ingenió para descubrir dónde nos escondíamos los líderes del movimiento estudiantil de 1971, para hacernos una entrevista. Le reencontré en Bogotá, cuando trabajaba en El espacio, el diario que introdujo entre nosotros el periodismo sensacionalista, antes que lo hiciera El bogotano, ambos desaparecidos. Me había olvidado de él, hasta que hace poco y, con motivo de la celebración del Día del Periodista, Óscar Dominguez, otro cronista de la vieja guardia, me envió el obituario que le dedicó el día de su muerte. El 7 de diciembre de 2012, en Guayaquil, a donde emigró buscando poner tierra de por medio de los enemigos que le granjearon sus polémicos reportajes. Y donde llegó a dirigir con gran éxito el diario Extra. En uno de los pasajes del obituario, Domínguez ofrece esta semblanza de su amigo y colega: “Una vez en la redacción, el caleño Holguín, El Enano o El Verdugo, dos de sus seudónimos, entraba en una especie de éxtasis gracias a su imaginación desbordante. Se sentaba y en cuestión de minutos estaba lista la crónica de primera página. Que fuera cierta o no, es otro cantar. Sus notas eran rabiosamente ágiles, novedosas, insólitas, inverosímiles, vendedoras, bien escritas. Cuando el tema era de baranda, las puñaladas que narraba tenían su dosis de belleza”.

Incluye un emotivo autorretrato del propio Holguín: “Sigo siendo el mismo jipi que conociste en el furgón de El Espacio, a la medianoche andando a tumbos por las calles de una Bogotá que ahora no existe. Es decir, que aún no tengo casa, pues tercamente sigo afirmando que mi casa es mi piel y, por lo tanto, soy como esos cangrejos ermitaños que cargan con su casa a donde van”. “Como consecuencia, a los 58 años, con 6 matrimonios, 7 balazos, 9 atentados, sumados a cosas como caídas en altamar borracho a medianoche, un paracaídas que no se abrió y dos cornadas que me destrozaron el corazón, no me siento viejo, sino usado”.