Por Monseñor Luis Fernando Rodríguez, arzobispo de Cali
“Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón” (sal. 118). En los inicios del tiempo ordinario en el año litúrgico de la Iglesia, se nos propone en el evangelio dominical el pasaje extenso del sermón de la montaña, en el capítulo 5.º de San Mateo. Hemos escuchado el mensaje de las bienaventuranzas y el llamado a ser sal y luz de la tierra.
Ahora se pone a nuestra consideración la interpretación que debemos hacer de la ley. Jesús advirtió que “no crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Ante los mandatos divinos, hay muchas formas de aproximarnos. Y la que Jesús criticó fue la posición de los fariseos que ponían siempre por encima de las personas la ley. Se les olvida que la ley hace libres, que la ley no quita libertad, sino que antes la fortalece; que ante la ley justa no debe haber prejuicios, que debemos estar dispuestos a vivir la ley suprema del amor.
Por eso el mismo Jesús pone de presente una serie de afirmaciones que tienen como antesala “han oído que se dijo … ahora yo les digo”. En el caso del que mata, dirá que incluso “el que se deja llevar por la cólera contra su hermano será procesado”. Es decir, no solo mata quien quita la vida física, sino que mata también quien difama, quita la honra, desprecia a otro, es capaz de arrebatar la autoestima de otra persona, etc.
Lo doloroso es que nos estamos ‘acostumbrando’ a esta clase de situaciones. De pronto, algunos de los actuales medios de información y las redes sociales se convierten en medios propicios para realizar esta clase de acciones en contra de la vida y la dignidad de las personas, que son otra forma de matar. Este pasaje bíblico dominical me lleva a invitarlos, sobre todo en los momentos complejos que estamos viviendo, a desarmar las palabras, a hacer esfuerzos grandes por reconocer en el otro el valor de la diversidad, a valorar al prójimo no solo por lo que tiene, sino especialmente por lo que es, hijo de Dios; a poner en práctica el llamado del Señor a que “con el que pone pleito procuremos arreglarnos en seguida”.
No podemos temer dar el paso al perdón y a reconocer que la ley suprema de amor nos hace auténticamente libres. El Papa León XIV al Cuerpo diplomático el 9 de enero de 2026, dijo lo siguiente: “También debemos señalar la paradoja de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente, ocurre lo contrario, ya que la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan”.