Por Monseñor Rubén Darío Jaramillo M., obispo de Buenaventura
El 11 de agosto de 2017 llegué como obispo a la Diócesis de Buenaventura nombrado por el Papa Francisco. Fue para mí un cambio muy fuerte, pues venía de un trabajo social y académico en la Diócesis de Pereira. Sin embargo, asumí este reto con toda valentía y fe. Cuando los periodistas me preguntaron que cuál era mi programa de gobierno, les dije: “No traigo un programa de gobierno, mi programa es la cruz de Cristo. Vine a servir y a amar a Buenaventura”.
Desde mi llegada a la ciudad me dediqué a conocerla con profundidad. Me recorrí los esteros, barrios, veredas, ríos desde la cabecera hasta la desembocadura y todas las dinámicas propias de un territorio bañado de oportunidades y que tiene algunas dificultades propias de una zona abandonada y mirada con desdén desde los grandes centros económicos del país.
Hoy, cuando el Santo Padre me ha nombrado Obispo de Montería, solo me queda dar las gracias a todas las gentes de Buenaventura, porque me enseñaron a valorar lo sencillo, lo humilde, que es donde se esconde Dios. Aprendí a disfrutar de un baño de aguas frescas en el río El Salto como de la sonrisa de un niño que juega con el agua que se derrama en un ‘aguacero’ por los tejados.
Gracias Buenaventura, porque aprendí que la lucha por la paz no es un punto de llegada, sino un esfuerzo permanente de interacciones sociales que van tejiendo amistades, conocimiento y confianza entre las partes que se enfrentan. Gracias porque me dieron la oportunidad de conocer el conflicto desde sus raíces y las dinámicas que hacen que la violencia pareciera no tener fin. Gracias porque los liderazgos siempre se mostraron firmes como las luchas de las madres por recuperar a sus seres desaparecidos. Gracias porque me brindaron el necesario apoyo para entrar en diálogo con las bandas criminales de alto impacto para generar treguas que se convirtieron en oasis en medio de los momentos de mayor conflicto.
Gracias por el Banco de Alimentos que lleva nutrición a más de setenta mil personas y gracias al Centro de Perdón y Reconciliación, que, gracias a una alianza entre Comfenalco Valle de la Gente, el Instituto de Estudios Interculturales de la Universidad Javeriana de Cali, la Fundación para la Reconciliación y la Diócesis de Buenaventura, logramos atender en solo ocho meses de haber sido inaugurado más de cuatro mil doscientas personas víctimas de la violencia.
Gracias a todo el pueblo de Buenaventura por aceptarme durante estos ocho años y medio y por permitir que amara y sirviera a este pueblo sin ningún interés distinto al deseo de verlo en paz y con un desarrollo humano integral.
Siempre los voy a querer porque se robaron parte de mi corazón.