Sea quien gane la presidencia de Colombia en esta segunda y definitiva jornada electoral, tendrá un reto mayor y es unir al país. El triunfador tiene todo el derecho a gobernar según su programa de gobierno, pero también tiene la obligación de gobernar para el conjunto de los colombianos, sin importar incluso cuántos votos obtenga o si la diferencia con su oponente es poca o mucha. Porque ese resultado en las urnas, aunque otorga la legitimidad necesaria para gobernar, en ningún caso alcanza para decir que se gobierna según la voluntad de todo el pueblo colombiano.
Digámoslo claramente: el previsible escenario para el próximo período de gobierno será aún más polarizante, de feroz oposición y agitación política y social, inestabilidad institucional, crisis económica y de incremento de la violencia en sus distintas modalidades. Es una circunstancia sin precedentes que puede llevar a este país a un punto de no retorno y casi que podría decirse que Colombia será un país ingobernable.
Nuestra Nación está literalmente fracturada en casi dos mitades iguales. Varios estudios llevaron los resultados de la primera vuelta presidencial a un mapa de Colombia en el que claramente triunfa el Pacto Histórico en las zonas periféricas del occidente, el sur y el oriente colombiano, mientras el candidato De La Espriella lo hace en los departamentos de la llamada área andina. Una representación de la votación en Bogotá muestra algo parecido: la izquierda gana en las zonas populares mientras la derecha lo hace en zonas de clases media y alta; y valdría la pena graficar esa votación para una ciudad como Cali.
Sin duda, hay en nuestro país dos Colombias, hoy profundamente opuestas, milagrosamente coexistiendo la una al lado de la otra. Pero esa precaria convivencia puede estar siendo la semilla de próximos brotes de violencia y de enfrentamientos sociales y políticos de los que nos lamentaremos por muchas generaciones.
No obstante, este escenario altamente probable de que ocurra, puede ser evitado. Un Acuerdo Nacional puede no solo prevenirlo, sino incluso abrir las posibilidades, sobre la base de mínimos comunes, y aun persistiendo enormes diferencias, hacia una visión común del futuro de la nación. Porque un acuerdo surge del diálogo y supone concesiones recíprocas que al final resultan ser ganancias mutuas, sobre todo, para la nación.
Sin duda, un Acuerdo Nacional no versa sobre una gran cantidad de temas, por importantes que estos sean. Deberían ser unos pocos, pero decisivos, entre los cuales podrían estar: reformas sociales y grandes transformaciones territoriales, estabilidad macroeconómica y respeto a la iniciativa privada, paz (implementación del Acuerdo de Paz y futuro de la Paz Total), lucha contra la criminalidad organizada, independencia de poderes (Constitución de 1991), reforma política y judicial.
Desde distintas orillas hay muchos llamados a la sensatez en esta compleja situación política, incluida la academia, los empresarios, entidades internacionales, instituciones públicas como la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría General de la Nación, la Iglesia Católica, organizaciones sociales, medios de comunicación, entre otros.
Hace unos días tomé nota de una entrevista en Blue Radio con el sacerdote Jesuita Francisco de Roux para quien ninguna diferencia política puede justificar el odio o la descalificación del adversario. Llamó a que el país pueda asumir este momento con serenidad y entendiendo que las decisiones electorales responden a realidades y preocupaciones legítimas de millones de ciudadanos.
“La campaña terminará pronto pero la convivencia nacional deberá continuar y tenemos que construir el país juntos” dice, reiterando que “el próximo presidente, independientemente de quién resulte elegido, tendrá la responsabilidad de convocar a todos los sectores y gobernar para una nación diversa”.
Ojalá el nuevo gobierno, sea quien sea, se abra a la posibilidad de buscar y construir ese Acuerdo Nacional. Hay que ser capaces todos los colombianos, de creer y comprometernos con un destino compartido como Nación.