Colombia está litigando la aspersión aérea de un herbicida sobre el cual la principal base de literatura biomédica y agrícola no registra estudios que midan su efecto contra Erythroxylum coca y E. novogranatense, las dos especies cultivadas de coca.
Ningún otro cultivo le ha costado tanto a Colombia en términos ambientales. Sobre la coca se levantaron ejércitos privados, se financiaron masacres, se arrasaron selvas y se vertieron gasolina, ácido sulfúrico y amoníaco en las quebradas de donde beben agua las comunidades que hoy discuten la aspersión.
El 11 de septiembre, el Juzgado Tercero Promiscuo del Circuito de Puerto Asís suspendió el piloto en Putumayo bajo la Resolución 0007 del Consejo Nacional de Estupefacientes, que autorizaba asperjar glufosinato de amonio 200 SL sobre mil hectáreas. El juez no dijo que el herbicida fuera tóxico ni ilegal. El ensayo de aspersión debía producir esa evidencia y se suspendió por no tenerla.
El 14 de septiembre ejecutamos tres búsquedas en PubMed. Los sinónimos de glufosinato devuelven 1215 registros. Erythroxylum o coca junto a herbicidas devuelven 21. De glufosinato sobre coca no existe un solo estudio indexado. Una revisión sistemática previa, con PRISMA, dejó 68 informes de 368 referencias.
Estudié ciencia de cultivos y malezas en la Universidad Estatal de Dakota del Norte y hoy diseño biopesticidas genéticos. Por eso me cuestan las dos afirmaciones repetidas estos días. Ni el glufosinato es inútil porque ‘no llega a la raíz’, ni su eficacia puede darse por descontada. El glufosinato inhibe la glutamina sintetasa y altera el metabolismo del nitrógeno. Es un herbicida de contacto, con translocación limitada, aunque no inexistente.
La pregunta es si alcanza los tejidos capaces de regenerar ramas y hojas de la planta de coca, un arbusto perenne que se cosecha repetidamente porque recupera su follaje.
En 1997, Ferreira, Smeda y Duke publicaron en Weed Science una curva de dosis-respuesta con glifosato en coca de invernadero y siguieron a las plantas más de diecisiete meses. E. novogranatense moría a dosis en las que E. coca apenas perdía follaje. En 2009, Marshall, Solomon y Carrasquilla lo repitieron en campo, cosecharon las matas y volvieron seis semanas después a contar los rebrotes. Collins y Helling habían mostrado en 2002 que añadir adyuvantes adecuados multiplica por cuatro la eficacia del glifosato sobre coca. Con glufosinato no existe el equivalente publicado. En septiembre de 2016 la Policía Antinarcóticos ya lo había probado con un coadyuvante, y la prensa lo dio por satisfactorio.
De los 68 informes de la revisión PRISMA, 19 son de toxicología humana y 16 de ecotoxicología. El efecto crítico no es el cáncer, sino el daño reproductivo y del desarrollo. Europa lo clasificó como tóxico para la reproducción, categoría 1B; el fabricante retiró la renovación y la autorización expiró en 2018. La ANLA, en cambio, concluyó que no hay riesgo agudo para aves, peces ni abejas. Con ese aval, solo en 2019 entraron al país 128.000 litros de glufosinato aprobado por el ICA para uso agrícola. El uso de este herbicida no es una rareza colombiana: los agricultores estadounidenses aplicaron 4,4 millones de kilos en soya en 2023, el 23 % del área sembrada con ese cultivo.
No es lo mismo asperjar desde el aire que con equipo terrestre, y ahí está la razón para evaluar. Pero si fuera lo que se denuncia, la alarma habría sonado en otros países, no en Putumayo. Entonces hay que preguntarse: ¿falta evidencia para empezar a medir o asperjar, o la traba es a propósito porque es coca?
La precaución debe impedir que experimentemos sin saber lo suficiente. Pero la Corte pidió evidencia que demuestre ausencia de daño, y la ciencia no demuestra ausencias, cuantifica riesgos. Exigirle a la ciencia el lenguaje del derecho no da seguridad, da parálisis con forma de prudencia.