Por: Monseñor Alexánder Matiz Atencio, obispo Buenaventura

La fiesta de la Ascensión del Señor es muy importante celebrarla, pues es la conclusión de la Misión de Jesús en la tierra. Vino al mundo a dar a conocer al Padre, es la plena revelación de Dios donde el amor va sin límites a la entrega total de Él, como ser humano y como ser Divino.

Él nos ha enseñado a crecer en la verdad y en el amor misericordioso; en la sensibilidad por el que sufre y a practicar la caridad, en crecer en la paciencia y en la humildad, en practicar la hospitalidad y acoger a los excluidos.

La ascensión del Señor marca la plena realización de la Misión de Jesús. La unidad con el Padre, la Oración como fruto del diálogo y comunión. La misericordia como fruto del perdón y acercamiento a vivir en la paz; la justicia como respeto de todos y la verdad cómo plena revelación y confianza en quien cree en El.

Su partida al cielo es volver al padre y estar con Él, es preparar las estancias para quien se acoge a su amor y misericordia, a ser forjadores del Reino de Dios.

Es ahora a la Iglesia la que iluminada por el Espíritu Paráclito prometido y mandado por Jesús, tiene la misión de anunciar y testimoniar las enseñanzas, y hacer presente a Jesús que nos invita a vivir su presencia de manera sacramental, “Se les ha dado el poder en el cielo y en la tierra, vayan y hagan discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 18 ss). Ya no es un recuerdo, es presencia permanente de Jesús con nosotros en la Iglesia Sacramental unida por La Comunión y la Misión.