“Hay que fortalecer nuestro fútbol desde su base; invertir en las divisiones inferiores, consolidar las categorías C y D; dignificar las condiciones de los jugadores en estas categorías. Solo así construiremos un fútbol colombiano más fuerte y con un mejor futuro”.
Más allá de las reacciones en torno a lo que dijo o no dijo Radamel Falcao García, tras la eliminación de Colombia del Mundial; más allá de los análisis sobre los resultados de la selección, hay una cuestión de fondo que vale la pena rescatar: la precariedad de las bases sobre las que se sostiene nuestro fútbol, nuestro deporte, y la necesidad de que existan procesos serios y un interés real por fortalecerlas.
Y allí no hay polémica, es un hecho: el deporte nacional, como ocurre en tantos otros ámbitos del país, sobrevive con migajas y proyectos que rara vez logran consolidarse; donde los amiguismos, las mafias y la falta de visión conviven a toda escala, y donde surgir y triunfar es una hazaña. Si bien existen proyectos serios y con presupuesto, terminan siendo la excepción, y eso es indiscutible.
Entonces, el deportista que la logra, que supera todas esas barreras, trasciende a la categoría de héroe, porque además de su talento conocemos los sacrificios que hay detrás de cada historia, mientras en el camino se quedan miles que nunca llegan a la meta porque no hubo apoyo, porque no eran amigos de alguien o porque su camino se truncó y tuvieron que abandonar el sueño.
Hace un par de meses conocí de primera mano una historia que me partió el corazón: un joven futbolista, campeón en distintos torneos, con un talento extraordinario desde muy niño, con una mamá que lo llevó y lo trajo aquí y allá, que recogió dinero para una supuesta oportunidad en el exterior y al final fue estafada. Aun así, siguieron apostándolo todo hasta que un día recibió la noticia de que haría parte de las divisiones inferiores de un equipo profesional.
Y justo el día en que el pelado llegó, ilusionado, a la convocatoria, le dijeron que ya no, que otro jugador había ocupado el cupo. Averiguando descubrieron que detrás de esa decisión había de todo, menos transparencia. Así se esfumó la ilusión. El joven, de poquísimos recursos, dejó de jugar para hacerse vendedor en un almacén del centro y ganarse la vida, porque en su casa no había cómo llevarlo a la universidad.
Si bien es cierto que no todos tienen ese plus que los hace diferentes y que quizás no hay cupo para tanta gente, es innegable que existen cientos de casos como el mencionado, porque el deporte históricamente ha sido la cenicienta de las políticas públicas, cuando debería ser una verdadera oportunidad de inversión social en un país con tantas necesidades y, al mismo tiempo, con tanta corrupción.
Así las cosas, que un crack como Falcao nos diga que no se dignifican las condiciones de los jugadores, que no se invierte en las divisiones inferiores y que siguen faltando procesos sólidos no debería sorprendernos. Debería servir para abrir una discusión que el país sigue aplazando: cómo fortalecer los semilleros de los barrios que sobreviven a punta de rifas; cómo hacer que las ligas trabajen para los deportistas y no para favorecerse o favorecer a unos pocos; cómo garantizar programas con continuidad, disciplina y transparencia.
Porque el talento en Colombia sobra. Lo que sigue faltando son las oportunidades para que florezca sin depender de la suerte, de los contactos o de un milagro. Y en eso, Falcao tiene razón.
@pagope