Hay días en que uno sale de una conversación y siente que ‘recargó la batería’. Y otros en los que, sin que haya pasado nada extraordinario, termina con la mandíbula apretada, la mente acelerada y una fatiga difícil de explicar. A eso solemos llamarlo ‘energía’. Todos reconocemos que nuestra capacidad de atención, calma y apertura no es infinita, y el mundo —personas, lugares, rutinas— puede nutrirla o gastarla.

La historia del universo nos muestra que la energía no aparece de la nada, se transforma. Y casi toda transformación tiene un costo: algo se dispersa, algo se desgasta, algo necesita renovarse. Por eso el orden requiere mantenimiento. Lo estable no es lo que nunca cambia, sino lo que aprende a sostenerse en medio del cambio.

El cuerpo lo hace con un sistema finísimo de ajustes. Cuando percibe amenaza, activa estrés: acelera el corazón, tensa músculos, sube la vigilancia. Eso es útil cuando hay un peligro real, pero el problema aparece cuando ese modo se vuelve la norma. Ese desgaste no siempre se siente como ansiedad; a veces aparece como irritabilidad, niebla mental, insomnio o impaciencia.

Cuando decimos “la energía de esa persona se siente” o “este lugar tiene un aura pesada”, muchas veces estamos captando un conjunto de señales sutiles que el cuerpo registra antes de que la mente lo ordene. Un gesto mínimo, un tono, una mirada, la distancia corporal, el ritmo de la conversación, la tensión del ambiente. Todo eso viaja como microseñales y nuestro cerebro las integra para decidir si estamos en calma o en guardia. El aura puede ser la manera intuitiva de nombrar cómo se percibe una presencia y cómo esa presencia nos regula o nos altera. Y cuando el cuerpo entra en guardia, la relación empieza a costar energía.

Por eso algunas interacciones se sienten desgastantes. Hay conversaciones que exigen traducirte, defenderte, cuidarte de cada palabra. Hay vínculos sin reciprocidad: tú sostienes y el otro descarga. Y también hay ambientes que aumentan la tensión —por ruido, prisa, conflicto, presión— y tu sistema nervioso responde. Además, los climas emocionales se contagian: llegas sereno y sales tenso, o al revés, porque vivimos interconectados.

Aquí entra la idea de ‘energía vital’: esa sensación de tener lo que se requiere para pensar con claridad y actuar con intención. Esa vitalidad se construye con sueño, nutrición, movimiento, propósito y apoyo. Se pierde cuando hay fugas constantes: pantallas hasta tarde, rumiación, exceso de demandas, falta de límites. En déficit, la vida se vuelve reactiva: respondes, sobrevives, aguantas. En recarga, la vida es elegible: decides y actúas.

Por esto es importante cuidar la energía propia como un ritual de retorno a ti. Primero, cortar el bucle (caminar diez minutos sin celular, nombrar lo que sientes). Segundo, bajar revoluciones (respiración lenta, estiramiento, silencio real). Tercero, reparar el vínculo contigo (dormir, comer bien, moverte, pedir ayuda). Y cuando haga falta, un cuarto: distancia de personas o lugares que, de forma consistente, te dejan peor.

Tu energía tiene un presupuesto. Si lo gastas todo en sostenerte, no te queda para cuidar. Porque lo que más se contagia no son las palabras, sino el estado en el que llegas. Y quizá esa sea la definición más práctica de ‘buena energía’: la que te permite estar con otros sin dejarte a ti por fuera.