“Nosotros estamos en el lado correcto de la historia”, sentencia el presidente Abelardo e la Espriella. El tono con el que adorna sus palabras es enérgico. Sus expresiones son intensas. Al hablar, logra armonizar sus propias certezas, contenidas en lo que dice, con sus formas tajantes, patentes en la entonación. “Los equivocados son ellos”, agrega. Sus palabras merecen una interpretación justa y un análisis detenido, imposible de hacer aquí. No obstante, no puedo dejar de preguntarme: ¿quiénes están del otro lado, del lado malo? Si en el drama de gobernar este país él cumple el papel de héroe, ¿quién cumple el papel de villano? Resuelto y decidido, De la Espriella ha emprendido una cruzada contra sus enemigos, que a sus ojos son infames y ruines. ¿Hacen parte de este colectivo de villanos los delincuentes, los criminales, los políticos de izquierda, las personas homosexuales, las parejas homoparentales? ¿Quiénes son los enemigos en esta batalla cultural y espiritual? No estoy nada seguro de las respuestas, pero uno no puede dejar de formularse tales preguntas.

Más allá de esa lógica perversa que reduce la complejidad política a un campo de batalla con dos bandos, hay algo en su discurso que no deja, por lo menos para mí, de ser profundamente grave: la seguridad con la que se enuncian sus posturas. Convencerse de estar del lado bueno solo es posible gracias a una convicción testaruda y ciega.

Disfrazada bajo un manto de infalibilidad, la firmeza de este hombre puede esconder sus propios vicios. En tanto errar es transversal a lo que hacemos y somos, cuestionarse a sí mismo es un mandato ineludible. Lejos de ser una exhibición de rectitud, estos niveles de certeza quizá no sean otra cosa que un síntoma. Un síntoma de una ciudadanía cuyas opiniones son cada vez más intransigentes y severas, tercas e inamovibles. Una ciudadanía que repite ideas desde una tribuna que no escucha y que se sostiene en posiciones que ya están zanjadas. El ruido de estas tribunas deja menos espacio para la duda y para la sospecha. Mostrarse dubitativo, quizá no tan seguro, denotaría un defecto frente a la virtud reflejada en aquel carácter decidido, categórico, que ostenta claridad al hablar y determinación al hacer.

Todos creemos estar del lado bueno. No hay allí nada extraño. Lo raro es la convicción con la que se sostiene y la certeza con la que se exhibe. Tales certezas anulan la posibilidad de reconocer que, muy a pesar de nuestra seguridad, es factible que en el sistema de nuestras ideas se haya filtrado una imprecisión, un error, un desacierto. En parte porque quienes le han causado grandes heridas al mundo han estado convencidos ciegamente de la bondad de sus causas, el ejercicio político debe estar atravesado por el cuestionamiento permanente de lo que se hace, se cree y se dice. Tengo la intuición de que quienes actúan con tanta determinación contra aquellos que están del otro lado terminan por encarnar los monstruos que alguna vez se propusieron eliminar.