Nos hemos acostumbrado a describir esta región por la salsa, sus ríos, montañas, paisajes, cultivos, la brisa de las tardes soleadas, la gastronomía, el mar, la alegría. Todo eso nos pertenece. Pero hemos hablado demasiado del Valle del Cauca que celebra y muy poco de la región que sostiene y de su gente que aporta. Ese es el rasgo que de verdad atraviesa al vallecaucano: una disposición instintiva hacia el otro. No es amabilidad de vitrina ni un eslogan turístico; es una forma de estar en el mundo que se hereda en las casas, se practica en los barrios, en las labores diarias, y se hace más visible cuando la tierra tiembla.
Y no es la primera vez que esa generosidad y unión se pone a prueba. Históricamente las vicisitudes nos han golpeado. En el tiempo más reciente, una pandemia que costó miles de vidas, un paro o estallido, que amenazó la convivencia especialmente de los caleños, los terribles atentados terroristas y ahora un terremoto.
Cada vez, entre el dolor, apareció la misma respuesta: el que tenía dinero donó, el que no tenía aportó en tiempo y en trabajo y la ayuda de conocidos o extraños llega a la puerta del que necesita. De esas emergencias nacieron comedores comunitarios, proyectos educativos y sociales. La solidaridad vallecaucana no es un reflejo automático del 10 de agosto, es algo que llevamos décadas ejercitando, aunque nunca a esta escala.
Pero esta columna no puede quedarse en el dolor, el duelo con el que cargamos durará mucho tiempo: lo que necesita ser reconocido es lo que la región ha hecho y seguirá haciendo después. Sabemos que la tierra no distingue estratos ni apellidos y hoy el país comparte la misma vulnerabilidad y necesidad de saberse acompañados.
Ingresando a Cali, por el norte, hay una escultura que todos reconocen y que a todo visitante acoge: el Monumento a la Solidaridad, obra de Héctor Lombana, inaugurada en 1995. Después del terremoto, la ciudad volvió a verla como lo que siempre fue, el ADN del vallecaucano: una región entera moviéndose para que otro pueda levantarse.
Quizá por eso hay una imagen que estos días también resulta imposible ignorar y que disipa la tragedia: nuestros guayacanes florecidos; tan sólo uno de nuestros árboles icónicos, que no necesita condición perfecta para florecer. En medio de una ciudad golpeada y dolida, siguen ahí: de pie, frondosos, llenos de color y vida. Después del terremoto, los guayacanes siguen dando sombra, siguen creciendo fuertes. Algo parecido nos ocurre este agosto, en el momento de mayor oscuridad, florecemos y servimos a quienes necesitan, con alegría.
La región ha conocido la pérdida, la incertidumbre y el dolor. Pero también ha demostrado, una vez más, que sabe resurgir sin dejar a nadie atrás. Que cuando uno cae, el otro extiende la mano. Que cuando una casa se desquebraja, una comunidad la levanta.
Reconstruir, significa devolverle a la gente algo más de la vida: la escuela, la casa, el templo, el hospital. No hay reconstrucción completa si solo se repara el ladrillo y se deja intacta la distancia entre quienes tienen para dar y quienes hoy necesitan.
Por eso, debemos ver al Valle de otra manera y mirarnos siempre con la misma humanidad con la que nos abrazamos en estos momentos. Mientras sigan floreciendo los guayacanes, seguiremos teniendo ese recordatorio de lo que somos: gente solidaria.