Cuando la destrucción, las muertes y la devastación que provocan las guerras y los desastres naturales tocan a las puertas de una sociedad, nadie sale indemne y nos afecta, aunque de distintas maneras, a todos por igual.
Para los creyentes en Dios o alguna otra idea de ‘Poder Superior’ resulta inevitable preguntarse en esos momentos de dolor, angustia e incertidumbre: ¿Y dónde está Dios? Es una interpelación válida y profundamente humana que a veces se grita, otras apenas si se susurra, pero en la mayoría de las circunstancias anida en lo profundo y el silencio de nuestros corazones. A veces esperamos respuestas, pero en su ausencia seguir adelante es también una opción, que es cuando decidimos sencillamente creer y confiar.
En cuanto a las guerras y sus terribles afectaciones no es difícil atribuirlas, en general, a la estupidez humana. No obstante, en los desastres provocados por la naturaleza el asunto es más complejo. Son eventos que nos recuerdan que el mundo no nos pertenece, que no somos por tanto sus dueños, que estamos de paso y somos finitos y que lo que hoy damos por sentado, incluidas todas las certezas de distinto tipo, mañana puede que ya no lo sean o no tengan como sostenerse. No se trata de un castigo bíblico, no obstante que en casos como el Cambio Climático ya estamos asumiendo los enormes costos de nuestra propia insensatez.
Leí un precioso y sabio escrito (lamentablemente anónimo) en una de las tantas cadenas de WhatsApp que se aproxima muy bien a nuestra circunstancia actual y del cual tomo prestado este enunciado: “Los edificios pueden desplomarse, pero también caen los prejuicios. Las calles se llenan de polvo, pero los corazones descubren una claridad que la rutina había enterrado. De pronto comprendemos que aquello que creíamos indispensable era apenas accesorio, y que la verdadera riqueza siempre estuvo en la solidaridad de quienes caminan a nuestro lado”.
En la fragilidad de este momento de extraordinarias dificultades y necesidades ha sido revelada la mayor de las fortalezas; la de miles de héroes y heroínas, unas veces vestidos de uniforme pero muchas otras con ropas sencillas, que venciendo el miedo y aplazando necesidades personales, han estado allí, extendiendo siempre que se ha necesitado un par de manos voluntariosas y un corazón totalmente dispuesto. Este vínculo esencial, mayoritariamente compartido, está mucho más allá de las mezquindades propias del cálculo político, los sesgos ideológicos, los resentimientos o la importancia personal.
Y es absolutamente cierto, no simple consuelo ni lugar común; en medio de las cenizas y los escombros que deja un desastre como el sucedido, siempre existen tesoros ocultos, así que parte de la tarea será asegurarnos de buscar bien.
Vuelvo sobre el mensaje de WhatsApp para destacar este otro apartado…”Con el tiempo, las grietas de las paredes se reparan. Se levantan nuevas viviendas, se reconstruyen puentes y regresan los mercados y el bullicio de las ciudades. Pero hay una grieta que permanece abierta en la memoria colectiva: la que nos recuerda que la vida puede cambiar en un instante y que ninguna obra humana es tan sólida como la compasión”.
¿Dónde entonces está Dios? Ha estado presente todo el tiempo en el rostro de la humanidad compartida, que se constituye en la más hermosa de las revelaciones y es aquella que nos descubre no en lo que tenemos sino en lo que realmente nos convertimos y que nos llama a que sin tener que ser santos, puros o devotos, acojamos la opción de simplemente volver a amarnos los unos a los otros.
Que así sea…