Por: Monseñor Luis Fernando Pérez, obispo auxiliar de Cali

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”.

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Tanto los fariseos como los saduceos eran grupos religiosos del judaísmo en tiempos de Jesús. Cuando se acercaban a Él, no era para escucharlo ni porque estuvieran interesados en su enseñanza; le preguntaban para ponerlo a prueba, ya fuera ante la autoridad religiosa o ante la autoridad civil.

Según el Evangelio, se acerca a Jesús un doctor de la Ley que pertenecía al grupo de los fariseos. Aunque la pregunta del letrado tiene justificación, el mismo texto indica que la hace con la intención de ponerlo a prueba.

El doctor de la Ley le pregunta por el mandamiento más importante. Su duda está justificada en la gran cantidad de normas que debía cumplir un judío que se declarara observante. En tiempos de Jesús, la tradición y la ley judía establecían un total de 613 mandamientos, distribuidos en 248 preceptos positivos (lo que se debe hacer) y 365 negativos (prohibiciones).

Sin embargo, lo verdaderamente interesante es la respuesta que da Jesús. Ante la pregunta por el mandamiento más importante, responde mencionando dos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La clave está en que iguala el segundo mandamiento al primero.

Como creyentes y discípulos de Jesús, debemos tener presente esta enseñanza: el cristianismo no se puede entender a partir de un solo mandamiento. La vida cristiana se realiza en la medida en que somos capaces de manifestar el amor a Dios y al prójimo de manera inseparable. La respuesta de Jesús nos ofrece un criterio evangélico fundamental para discernir nuestra vida cristiana. Somos interpelados a vivir ambos amores: no se excluyen; por el contrario, un mandamiento incluye al otro y, al tiempo, el otro lo exige para no perder su verdadero sentido.

La importancia de asumir estos dos mandamientos es imperante para responder a nuestro ser de cristianos. San Juan enseña (1 Juan 4, 20) que quien afirma amar a Dios pero aborrece a su hermano es un mentiroso, pues es imposible amar a Dios —a quien no se ve— si no se ama al prójimo a quien sí se puede ver. Se da un criterio para evaluar nuestra vida cristiana.