A medida que nos acercamos al ‘Día-D’ del 31 de mayo, los ánimos se caldean, la retórica entre los candidatos asume tonos más agresivos, y los seguidores, las barras bravas de cada bando, se vuelven más radicales en defensa de quienes consideran deben ostentar el poder del país hispanohablante más grande de Suramérica.

Reconozco el ambiente. En mi vida pasada en el mundo político me tocó participar en cuatro elecciones desde distintas trincheras: en 2012 movilizando primeros votantes con ‘Ahora Voto Yo’, en 2014 en internas partidarias, en 2016 apoyando a un candidato al Senado, y en 2020, como Cónsul Encargado en la ciudad de Nueva York en plena pandemia, coordinando con autoridades de Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania y Connecticut la votación de los dominicanos en el exterior. Cada una me enseñó algo distinto sobre el costo y el valor del voto.

Tengo una teoría: las fuerzas políticas en las democracias se comportan como la física. Una manzana cae a la misma velocidad en Colombia que en España porque la ley de la gravedad no varía con la geografía. La política es igual. Ganarse el voto de un ciudadano es ganarse su confianza, el derecho a tomar decisiones que impactan su día a día, la de sus hijos, la de su trabajo y la del porvenir del país. No hay forma de saltarse esa transacción. No hay atajos.

Lo que aprendí en esas elecciones es que se gana y se pierde. Jocosamente decimos en Dominicana, “el que gana es el que goza”, pero la realidad es que en cualquier democracia el verdadero ganador es el país y sus ciudadanos. Conviene recordar que los políticos también son humanos, con familias, miedos, amores, y algunos hasta con mascotas, y que ellos también pelean por lo que consideran la visión correcta para la nación. En estos momentos de ánimos caldeados es importante no perder de vista que votar es un privilegio, parte de un ejercicio de convivencia democrática que le ha costado mucho a las sociedades latinoamericanas construir. Como dijo Winston Churchill, “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han probado de vez en cuando”.

Tampoco faltaron, en mi experiencia, elecciones con violencia política e intimidación de votantes, particularmente en zonas rurales con presencia de caciques y ‘hombres fuertes’. Eso vulnera el ejercicio democrático más sagrado y no debe tener cabida en ninguna sociedad que priorice el derecho al voto. La pregunta que vale la pena hacerse estas dos últimas semanas es si les estamos exigiendo a nuestros candidatos, y a sus seguidores, la disciplina democrática que el momento requiere, o si estamos normalizando lo que jamás debió normalizarse.

Por eso, a medida que se acercan los cierres de campaña y un eventual balotaje, hacemos desde El País de Cali un llamado a la cordura, a la sensatez, a las cabezas frías. Todos los colombianos son primero colombianos, y después adherentes a alguna corriente política. Desde una región con un panorama de seguridad complejo, nuestro rol seguirá siendo el de constructor de proyectos de región, abogando por la paz, el entendimiento, y el reconocimiento de que sólo a través de los procesos democráticos se logran los cambios duraderos en pos del bienestar del Valle y de Colombia.