Hace casi dos meses Donald Trump lanzó el Escudo de las Américas, una iniciativa todavía difusa que forma parte de su estrategia para acercar a la región a su órbita geopolítica. Este Escudo es la nueva apuesta de seguridad regional centrada en el hemisferio occidental.

La idea del trumpismo, al menos por ahora, es enfrentar el narcotráfico y la inseguridad en Centro y Sur América. No sorprende que los países escogidos para inaugurar en marzo el Escudo en el opulento club de Doral coincidan con gobiernos afines a la política estadounidense: Argentina, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Trinidad y Tobago y República Dominicana. Hasta ahora, la estrategia consiste en tres pilares: la lucha contra el narcotráfico mediante la coordinación policial y militar para desmantelar carteles y grupos de crimen organizado; el control migratorio; y la estabilidad regional junto con la seguridad nacional y fronteriza. Todavía hay poco en ejecución, pero el atractivo para los presidentes radica en pertenecer al círculo de aliados privilegiados de Estados Unidos. Sin embargo, todos saben que una iniciativa regional sin Brasil, México y Colombia tiene un alcance limitado.

Por imperfecto que sea este modelo, hay tres realidades que conviene entender. La primera es que el equipo Trump considera a este grupo como un bloque estratégico para la expansión política y económica estadounidense, ya sea en petróleo, minerales estratégicos, talento humano o la amplia canasta de oportunidades que ofrece América Latina. Trump quiere despajar los problemas y consolidar su influencia en el continente, comenzando por los integrantes del Escudo.

La segunda es la estrecha conexión entre seguridad y comercio con Estados Unidos, donde la zanahoria y el garrote siguen siendo herramientas centrales de la diplomacia económica. La lógica es sencilla: los países que cooperen en narcotráfico, migración y seguridad tendrán mayores oportunidades de acceso a mercados; quienes no lo hagan enfrentarán presiones comerciales, incluidos los aranceles.

La tercera realidad es que los acuerdos comerciales y de inversión con América Latina han cambiado de manera significativa. Durante años, las condiciones de acceso estuvieron marcadas por estándares laborales y ambientales. Hoy, los factores determinantes son la seguridad y la lealtad estratégica.

Para Colombia existen dos posibles caminos en su relación con Estados Unidos, y en pocas semanas sabremos si hará parte de este famoso Escudo. En cualquiera de los escenarios, el sector privado tendrá un papel indispensable. Si el gobierno se convierte en un aliado cercano, las empresas serán parte integral de la estrategia regional. Si ocurre lo contrario, serán solo los líderes empresariales quienes mantengan abiertos los canales del comercio y, quizás, también asumir un papel más visible en los temas de seguridad. La relación bilateral se sostiene siempre por los líderes de las empresas en ambos países.