—¿Para qué nos traen comida si no tenemos cómo cocinar? —le dijo una residente de Cuarto de Legua al concejal de Cali Edison Giraldo, un par de días después del terremoto del pasado 10 de agosto.
En el barrio, 17 edificaciones habían resultado afectadas: diez colapsaron y siete fueron evacuadas. No había gas.
Giraldo recordó enseguida el ofrecimiento de un amigo suyo: tenía una cocina industrial que podía llevar a cualquier lugar donde se necesitara ayuda. Hizo la llamada. Esa misma tarde, Cuarto de Legua ya contaba con un comedor comunitario.
Aunque Giraldo no quería llamarlo propiamente así. Cuarto de Legua es un barrio de estratos 4 y 5, habitado en buena parte por personas jubiladas y adultos mayores. Algunos tenían dos apartamentos: uno en el que vivían y otro que arrendaban para completar sus ingresos. Con el terremoto, muchos lo perdieron todo. Sin embargo, no eran pocos los que sentían cierta incomodidad al hacer fila por un plato de comida, reconocer que necesitaban ayuda.
A ese lugar con cocina, entonces, Giraldo lo llamó El Encuentro. Era precisamente eso: un espacio para reunirse en comunidad después de la tragedia. La comida era una excusa para conversar, ayudarse entre vecinos y compartir. También, un momento de acompañamiento espiritual con el padre Luis Alberto, de la parroquia Santa Teresa de Jesús.
Pronto los visitantes fueron aumentando. En la primera noche se sirvieron 40 cenas. A la mañana siguiente, alrededor de 60 desayunos. Hubo jornadas en las que prepararon comida para cientos de personas, incluso una frijolada para 600. El Encuentro se convirtió en una manifestación de la solidaridad abundante de Cali.
Había entre 30 y 40 voluntarios por turno. Unos picaban las verduras, otros cocinaban y algunos se encargaban de mantener limpio el comedor. También llegaban vecinos con lo poco que podían aportar en ese momento: una libra de tomate, tres dientes de ajo o un tarrito de aceite.
Porque la comida nunca faltó. Cuando escaseaba la carne, aparecía alguien con 50 kilos, confirmando lo que repetía Giraldo cuando las neveras comenzaban a vaciarse: “Dios proveerá”. Si necesitaban plátanos, llegaban varios racimos o si hacía falta arroz aparecían cajas.
Las recetas, por cierto, estaban a cargo de un chef que había llegado inicialmente como rescatista y terminó convirtiéndose en uno de los cocineros del comedor.
En total, El Encuentro estuvo abierto durante un mes. Casi 90 días después del terremoto, sin embargo, Cuarto de Legua todavía necesita de la solidaridad de Cali, de ese amor que esta ciudad tantas veces ha demostrado por el prójimo. Porque la emergencia en el barrio no ha terminado, aunque las necesidades hoy sean otras.
Para los vecinos que lo perdieron todo, volver a empezar no es fácil. No todos pueden asumir un crédito para levantar de nuevo sus viviendas, por ejemplo. Los adultos mayores tienen obstáculos para acceder a esta posibilidad en la banca.
Algunos siguen viviendo donde familiares o amigos, mientras esperan soluciones para recuperar sus hogares. Cuarto de Legua es hoy un barrio parcialmente desocupado, que necesita de Cali para levantarse.
Por eso, la solidaridad que llegó durante las primeras semanas no puede quedarse en el recuerdo de un comedor que funcionó durante un mes.
Ya hay varios esfuerzos. Martha Jaramillo, del restaurante Ringlete, junto con vecinos del sector, ha impulsado iniciativas para embellecer y recuperar espacios del barrio. La Iglesia también continúa acompañando a las familias. Pero es hora de que las autoridades y el sector privado les brinden a los habitantes de Cuarto de Legua soluciones más rápidas. La reconstrucción del barrio necesita empezar ya.