En el campo de la psicología y la psiquiatría se estudian las personalidades del hombre y sus diferentes comportamientos, que hoy, ciertamente, se encuentran perfectamente definidos y conocidos, entre ellos todo lo que corresponde a la megalomanía.

De ahí que parezca conveniente saber que fue el gran sabio Platón, en su obra La República, quien primero sostuvo, en relación con la megalomanía de algunos gobernantes, que “El hombre es esclavo de sus propios deseos”. Y continúa el sabio griego: “El hombre que aspira a gobernarlo todo es el más esclavo de todos”. (Tomado de internet)

Otro grande, Michel Foucault, expresó que todo gobernante entraba en el proceso de su propia anormalidad, al igual que sus súbditos.

Uno, pues, debe saber que aquellos que buscan el poder desesperadamente no son normales. Tienen una vena protuberante de egocentrismo y paranoia. Y se entiende que es así como ha sido posible que un obrero de dos años de bachillerato -si acaso- como Luiz Inácio Lula da Silva, a base del discurso de esquina y del mitin obrero marxista-leninista, con grandilocuencia callejera, como lo fueron igualmente Josip Stalin, el propio Lenin y el austríaco Adolfo Hitler, llegaran al poder y lo almacenaran como propiedad privada de ellos mismos.

Y hablando de ese tema, no puedo negarme a pensar en un personaje ecuatoriano de los años cuarenta y cincuenta, que alguna vez estuvo exiliado en Colombia, municipio de Sevilla, donde fue rector de un colegio. Se llamaba José María Velasco Ibarra, quien decía con orgullo: “Dádme un balcón y volveré a ser presidente de mi patria”. Y cuando regresó al Ecuador, después de esa rectoría, fue presidente una vez más. Ya antes lo había sido en cuatro ocasiones. Y lo volvieron a tumbar a la quinta y poco tiempo después murió de viejo y cansado del poder. Y de la vida.

Esa misma megalomanía se le veía y se le notaba al inefable Gustavo Petro, cuando a dos cuadras de las Naciones Unidas en Nueva York, con un micrófono colgado en el hombro, arengaba en la esquina a los soldados norteamericanos, para que se negaran a cumplir las órdenes del presidente Trump, un poco más megalómano que él, pero a pesar de eso, pensó Petro que todo lo podía con su poderoso discurso y egolatría.

Naturalmente, cayó en desgracia con los ‘americanos’ que cantaba Piero. Y le tocó la lista Clinton, en la cual está, pero sin estar preso -por lo menos hasta ahora-.

Megalómano también era Maduro, con discurso de chofer de bus. Y megalómano era el español Francisco Franco, actor del falangismo de extrema derecha, fundado por José Antonio Primo de Rivera. Orador de empuje, este sí, y amigo de la muerte pasajera, que usaban igualmente los comunistas, comenzando por Lenin y los demás corifeos de la Cortina de Hierro. La historia, por supuesto, los dejó en el camino cansados y tumefactos, aunque tratando de sobrevivir.

Petro, delirante y agresivo, antiguo guerrillero para todo lo que el crimen político podía ofrecer, ha amado el sexo de cualquier lado y lo ha sacralizado sin gastar un solo peso de su bolsillo. Tiene discurso trasnochón, y se mueve como una liebre en el mercado caliente. Ególatra de siempre, como lo ha sostenido su hermano Juan Fernando, quien en su nombre adelantó el pacto de la Picota.

Ahora le cayeron encima sus propias andanzas. No le importa, porque sabe mentir y negar; y todavía hay gente que, bajo su engaño, cree en sus historias de inocencia y con esa misma fe se inclina ante su grosera apología del clítoris. La prueba en su contra, por supuesto, hoy es conocida y hace parte del dominio público. Y algo, mucho más, nos espera de su vida, metido en el avispero de su propia megalomanía.