El domingo pasado se celebraron las elecciones en Perú: una volátil contienda con 35 aspirantes a la presidencia y cerca de 8.000 postulantes al Senado y la Cámara. El proceso electoral deja una lección para los candidatos colombianos de centro, centroizquierda e incluso para la centroderecha.
La segunda vuelta presidencial se disputará entre dos candidatos de derecha —con D mayúscula—. De un lado, Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori, cuya gravitación política guarda un paralelo con Álvaro Uribe Vélez: liderazgos que, aun fuera del poder, siguen ordenando el sistema político, movilizando lealtades firmes y rechazos profundos. Del otro, López Aliaga, un conservador de convicciones religiosas marcadas y magnate empresarial, que encarna una derecha frontal, sin matices, en sintonía con corrientes que han ganado terreno en la región. Ambos han marcado distancia con el gobierno de Gustavo Petro, dejando clara una fractura política e ideológica.
El intento de la izquierda por maquillarse como opción moderada con el ambientalismo, animalismo, indigenismo, reformismo agrario y pro-Palestina no convenció al electorado. La figura más poderosa de la centroizquierda —un rector de una de las universidades más prestigiosas del Perú— terminó sexto en las urnas. El electorado castigó a la hora de gobernar el fracaso de la izquierda que en cinco años del periodo presidencial peruano produjo cuatro presidentes, tres de ellos vacados por incapacidad moral y corrupción.
Pero no solo cayó la izquierda. También se derrumbó el centro. La ‘no polarización’ sin propuestas ni posiciones claras dejó de ser una alternativa y la ambivalencia quedó expuesta como irrelevancia política. El lenguaje moderado, más preocupado por no incomodar fue aplanado por ofertas concretas: retiro de la jurisdicción de la Corte Interamericana, porte de armas de fuego, pena de muerte como castigo y una política de seguridad sin concesiones. Con un Congreso donde cerca del 63 % se ubica en la derecha y centroderecha, esas propuestas no solo son viables, sino que marcaran el proceso político.
Cualquier intento de cambiar la Constitución de 1993 heredada de la era Fujimori se mantiene fuera de alcance. Las propuestas de la izquierda peruana —con fórmula vicepresidencial indígena— de convocar una asamblea constituyente y avanzar hacia un Estado plurinacional desaparecen. Los partidos políticos asociados a estas ideas ni siquiera superaron el umbral para conservar su personería jurídica y no participaran en ningún proceso electoral a partir de enero de 2027.
El próximo presidente peruano no solo puede retraer aún más o acercar las relaciones con Colombia. Al igual que Ecuador, ambos países son socios comerciales relevantes dentro del entorno andino. Sus fronteras enfrentan problemas de seguridad comunes que, lejos de ser periféricos, tienen la capacidad de redefinir las relaciones binacionales, pero también las de los EE. UU. Si se da un paso equivocado, Colombia quedaría aislada en su propio vecindario y expuesta a represalias comerciales, como ha sucedido con Ecuador. El impacto sería inmediato. El 24 % de las exportaciones colombianas hacia Perú provienen del Valle del Cauca.
Si este auge de la derecha será duradero lo sabremos en unos años, pero es evidente que el declive de la izquierda y el centro es innegable en Perú como en Ecuador, Chile y Argentina. En Perú —como en Colombia— el discurso indigenista y agrarista no moviliza mayorías; si polariza, pero no gana. Es una señal adelantada de que los candidatos en Colombia deben leer con frialdad. No es un espejo perfecto, pero sí una señal adelantada. Anticipando su derrota, un sector de la izquierda de forma peligrosa intenta instalar una narrativa de fraude electoral. ¿Aprenderán a ser buenos perdedores?