Los ángeles de la guarda, especialmente el mío que me adora, me regalaron unos días en Los Angeles, esa ciudad infinita donde conviven en paz ángeles y demonios, estrellas, meteoritos, robots, hijos de la tecnología y otros hijos del fentanilo. Millonarios y mendigos, mansiones y tugurios.

Un territorio famoso por su cielo, siempre azul, autopistas de diez carriles atascados, automóviles de última gama jamás vistos, teatros repletos.

El sueño americano, mezcla extraña de realidad y ficción, de celuloide y carne real.

De pronto Hilary toca sus cielos y los tiñe de gris plomo. Las palmeras anoréxicas que bailan al son del sol se doblan con el viento que las estremece.

Las autopistas vacías; un silencio de miedo y expectativa en el ambiente.

Hombres, mujeres, ellos, elles y niños transitan por las calles, empapados porque los paraguas jamás estuvieron en su inventario.

Las calles se encharcan. Y para completar, se produce un temblor de más de 5 puntos en la escala de que mide los sismos.

El aeropuerto angelical se convirtió en un caos, cientos de maletas apelotonadas en grupos, frente a los counters.

Vuelos del mundo entero cancelados; todos circulando como en hormiguero pisado. Bebés empijamados llorando; asiáticos con los ojos redondos por la incertidumbre; latinos despistados preguntando por sus destinos… otro temblor.

Los ángeles se desaparecieron y quedamos atrapados entre la lluvia y el despelote.

Al fin, después de casi ocho horas, aterrizar en Bogotá. Obviamente sin maletas.

Tal vez en las bodegas del avión metieron las de Dubai o el Congo Belga. Ya que importa, soy un zombie más.

Abro los ojos y leo las noticias. Mejor los cierro otra vez. Escándalos, todos revolviendo el pasado, hurgando mierda por dónde se pueda.

El ‘cambio’ va para atrás como un cangrejo. Se está estancando en insultos, escándalos y revoltijos.

El presidente Petro, petrificado y ausente. Empeñado en que nada lo salpique.

Y seguimos en la noria. Qué triste aterrizaje. Salen a la luz de nuevo toda suerte de lodos y no se ve la salida.

Pareciera que la única solución es un terremoto que acabe con todo y así solo los colombianos que sobrevivan puedan empezar de cero y sin retrovisor.

Voy a seguir indagando por mi maleta, y me niego a seguir por lo menos por hoy el acontecer nacional.

Prefiero cerrar los ojos, recordar que las Secuoyas existen, que son tan altas que alcanzan el cielo, que su bosque es único e irrepetible. Que ellas están allí desde antes de que Jesús naciera y se mantienen firmes, hermosas y poderosas.

Que la vida es un regalo diario. Que sí se puede vivir sin odios y ser honestos. Que tenemos que unirnos y no seguir en este círculo de rencores que tanto daño le hace a nuestra nación.

Que sí podemos salir de este callejón mugriento y sobre todo que tenemos la obligación moral de dejarles un camino mucho más decente y transitable a las generaciones futuras… si es que ellas no desaparecen antes.

En fin. Este es un aterrizaje de barriga y desolador.