En un pasillo de la Casa de Nariño hay un corredor donde cuelgan, uno detrás de otro, los rostros de quienes han gobernado Colombia. Empieza con Bolívar, en óleo, con el uniforme militar y posando para la eternidad. Termina, por el momento, en un espacio vacío en la pared, que pronto ocupará Gustavo Petro. Entre el primero y el último hay doscientos años de historia. Los retratos los encargan los presidentes salientes. Los pagamos los colombianos, y las cifras dicen más de vanidad que de arte.

Basta con mirar los números para entender el patrón. El retrato del expresidente Álvaro Uribe costó 18,5 millones de pesos, el de Juan Manuel Santos 23, el de Iván Duque 52 y ahora el de Petro costará 75 millones. La inflación sube los precios con el tiempo. El ego, además, infla a ese hombre que sueña frente a la historia. El decreto de austeridad que el mismo gobierno firmó semanas antes, aparentemente, no incluía autorretratos.

Y la disparidad no se quedó solo en el precio. En el corredor de vicepresidentes, en un lienzo de apenas 21 por 26 centímetros, cabrá el retrato del rostro de Francia Márquez, la primera vicepresidenta afrodescendiente de la historia del país. Los contribuyentes pagarán 45,5 millones por esta pieza. La de Petro medirá 110 por 80 centímetros y costará treinta millones más. Ella quedará reducida a un sello postal, mientras el presidente hace de la igualdad un discurso, y de su propia imagen, una excepción.

Esa pintura decorará el lugar que él mismo dice detestar. Según Petro, nunca le gustó la Casa de Nariño. Lo ha repetido incontables veces, con sus palabras, la ha llamado un lugar “de cuartos fríos, lleno de fantasmas de todos los pecados que por allí han pasado” y ha prometido que en cuanto termine su mandato “saldrá corriendo”. No le gusta dormir en ese palacio, pero se deleita con la idea de que lo admiren ahí para siempre.

Ese amor propio y esa vocación de trascendencia tienen antecedentes. No sería la primera vez que la grandilocuencia de Petro se queda en el esbozo. Prometió un tren interoceánico por el Darién, el tren bala de La Guajira, y como si fuera poco, expandir la vida en las estrellas. El país se acostumbró a algo peor que la exageración, anuncios hechos para alimentar su ego, sin la más mínima intención de cumplirlos. Ahora, por fin, hay una obra que sí se va a terminar, la suya, en óleo, a tiempo, y sin necesidad de aprobación del Congreso.

Al menos en esta ocasión habrá un resultado. No sabemos, eso sí, si el retrato mostrará al presidente o al hombre que se cree el centro del universo con marco dorado. Cabe preguntarse también qué símbolos acompañarán el lienzo para nutrir su sed de grandeza. No sería extraño que insista en la bandera del M-19, la insignia de su ‘epopeya’. Sería una afrenta a la memoria de las víctimas honrar a la guerrilla urbana cuyo asalto al Palacio de Justicia desencadenó una tragedia de casi un centenar de muertos. Colgar ese símbolo junto al Libertador legitimaría a quienes atacaron las instituciones que él ayudó a fundar.

El cuadro, al final, no es sobre arte. Es sobre una promesa que terminará enmarcada, no ejecutada. El gobierno del cambio dijo que rompería con los privilegios de la vieja política. Fue el gobierno que más gastó en pintarse a sí mismo, la transformación que juró austeridad y dejó para siempre en la Casa de Nariño el retrato de su necesidad de reconocimiento.