Quien aspira a perpetuarse en el poder sabe que no basta con controlar el gobierno. También necesita controlar la cultura: aquello que la gente cree, admira, recuerda y transmite a sus hijos. Por eso los regímenes comunistas han procurado someterla a su ideología. Los textos escolares se reescriben, la historia se acomoda, la prensa se controla y las expresiones artísticas tienen que representar la ideología. Teatro, cine, música, pintura y literatura deben contribuir a construir el ciudadano que el régimen necesita. Basta conocer la historia de la Unión Soviética, la China de Mao, Cuba o Corea del Norte para comprender hasta dónde se puede llegar.
No sorprende entonces que quien se declara marxista haya intentado dejar su propia huella cultural, elevando a categoría de patrimonio símbolos y personajes de la guerrilla. Sus defensores recuerdan que algunos negociaron la paz. Pero allí aparece una curiosa tradición colombiana: premiar a quien abandona el crimen. Dejar de delinquir merece una recompensa superior a la de quien nunca delinquió. Esa fue la base de los acuerdos de paz y sigue alimentando una discusión moral que está lejos de resolverse.
Por supuesto, el arte es subjetivo. Toda creación refleja las convicciones de su autor. Los museos seleccionan qué recordar y qué exaltar. Y cada generación revisa la historia que recibió. Por eso un gobierno promueve determinados símbolos y su sucesor los cuestiona. La controversia es parte de la democracia.
Lo que distingue a una sociedad libre de una dictadura no es la ausencia de disputas culturales, sino la posibilidad de que existan. Retirar un sombrero de una exposición no significa el inicio de la destrucción del arte. Los museos no son templos y sus colecciones no constituyen verdades reveladas. Pero aquí aparece otra expresión muy diseminada: las palabras y ciertos actos burocráticos son ‘formas de violencia’. Controvertir con vehemencia un discurso autodeclarado como la única verdad es equiparado con disparar. No hay que ir muy lejos para comprobar que cierta retórica incendiaria conduce a la violencia. Pero aquí hemos logrado distorsionar de tal forma la discusión que cuestionar o desarmar una cultura que justifica y enaltece a los bandidos, se termina considerando una variante de agresión que merece la intervención de la justicia.