La semana pasada leí en Forbes un perfil sobre David Hoffmann, un empresario estadounidense de 73 años que está haciendo algo que muchos consideraban imposible: comprar periódicos locales en quiebra y hacerlos rentables. En cuatro años adquirió 131 títulos, incluyendo el St. Louis Post-Dispatch y el Omaha World-Herald. Su fórmula, según él mismo, no tiene misterio: preservar caja, perseguir rentabilidad y apostarle con todo al contenido hiperlocal.
Me detuve en esa palabra: hiperlocal. Es exactamente la apuesta que estamos haciendo en El País.
Durante años, la narrativa dominante en la industria fue que los medios regionales estaban condenados. Que el futuro pertenecía a las plataformas globales, a los algoritmos, a los grandes conglomerados capaces de producir contenido a escala industrial. Hoffmann no leyó ese memo -o lo leyó y lo ignoró-. Lo que encontró fue algo diferente: comunidades hambrientas de noticias sobre sus propias vidas, sus vecinos, sus equipos universitarios, sus negocios de barrio. Noticias que ningún algoritmo puede generar porque ningún algoritmo sabe lo que ocurre en Cali a las seis de la mañana.
Hay otro detalle del perfil que me llamó la atención. Hoffmann lidera personalmente su equipo de ventas. En marzo viajó a St. Louis y reunió personalmente a líderes empresariales para presentarles el proyecto. En una sola jornada consiguió más de medio millón de dólares en compromisos publicitarios y quinientos suscriptores nuevos. El propietario como mejor vendedor. El propietario como cara visible del medio ante la comunidad que lo sostiene.
Reconocí el modelo porque lo estamos practicando aquí. En los últimos meses he tenido conversaciones directas con empresarios del Valle para explicarles no solo qué hace El País, sino por qué la existencia de un medio regional serio les importa a ellos: porque sin periodismo local verificado, las decisiones que afectan sus negocios y sus familias se toman en la oscuridad. No es un ejercicio de relaciones públicas. Es una convicción.
El tercer elemento de la historia de Hoffmann es quizás el más importante para el futuro de nuestra industria: los algoritmos no llegan a donde llegamos nosotros. Las grandes plataformas son extraordinariamente eficientes distribuyendo contenido masivo. Pero no conocen las reacciones de las hinchadas en el Pascual el domingo, ni lo que está pasando en el Concejo Municipal, ni las denuncias ciudadanas que llegan directamente a nuestros periodistas a través de El País Denuncia.
Ese conocimiento -construido con periodistas que viven en la misma ciudad que sus lectores, que conocen los nombres, las calles, las historias- es irreplicable. Es la ventaja competitiva que los medios regionales hemos tardado demasiado en reivindicar con orgullo.
La historia de Hoffmann no es un cuento de hadas. Hay escépticos que recuerdan que el modelo del magnate salvador ya fracasó antes, con Jeff Bezos en el Washington Post. La cautela es legítima. Pero lo que me importa de su apuesta no es la fortuna de 2600 millones de dólares -que nosotros ciertamente no tenemos-. Me importa la lógica detrás de ella: que el periodismo local diferenciado, el que conoce su territorio de adentro hacia afuera, tiene futuro si quienes lo dirigen tienen el coraje de defenderlo.
En eso sí coincidimos completamente. Y seguiremos empujando.