Hace un par de semanas estaba sentada con mis amigas del trabajo, profesoras de kínder 4, y una de ellas nos mostró un vídeo de Melania Trump en la Casa Blanca, presentando a un robot nombrado Figure 03 en un foro de innovación y tecnología educativa. Este robot caminó a su lado, como si fuera su par, se paró mirando al público y comenzó a hablar por Melania, usando su voz, gestos y tono fluctuante al frente de millones de personas sobre el futuro de la educación. No pude despegar mis ojos de la pantalla. Quedé atónita. Este impactante evento dio paso a una discusión entre mis colegas y yo -cuatro profesionales de la psicología y la educación infantil- sobre el futuro de la educación y la docencia.
Mi colega nos compartió el mensaje que para ella era muy claro: “este es el futuro de la educación, la tecnología y los robots”. Continuó su explicación con un poco de angustia, diciendo que, en su opinión, nuestra profesión sería rebasada por la inteligencia artificial y los robots humanoides ocuparían nuestros roles como educadoras. Las demás presentes permanecimos en silencio un rato, procesando esta realidad tan cercana y a la vez tan ajena, y con tanto en juego; se abrió un debate entre cuatro mujeres adultas sentadas en sillas hechas para niños de cuatro años.
Hablamos sobre uno de los experimentos más antiguos en el campo de la psicología, uno que condujo el psicólogo Harry Harlow en los años 50, el cual consistió en la evaluación prolongada del impacto que la separación materna, las necesidades de dependencia y el aislamiento social tenían en monos rhesus; para consiguientemente medir los cambios en su desarrollo y entender las necesidades primordiales. Estos experimentos, que hoy en día serían considerados poco éticos, comprobaron científicamente la importancia del cuidado, el contacto físico, el afecto y el compañerismo para el desarrollo social y cognitivo adecuado en la infancia.
En esencia, este y otros cientos de experimentos, alineados en búsqueda de respuestas sobre las necesidades fundamentales del ser humano, encontraron que el factor más importante para nuestro desarrollo sano e integral es el cuidado humano, el afecto, el soporte emocional. Gracias a este tipo de investigaciones entendemos que la cercanía y el contacto humano brindan la conexión que necesitamos para aprender, crecer y evolucionar.
La presencia del otro nos brinda oxitocina -hormona del vínculo-, la cual se libera ante el contacto físico, la mirada sostenida o interacciones sociales positivas. Esta hormona es fundamental para nuestro desarrollo, pues sirve como catalizador biológico que prepara nuestro cerebro para el aprendizaje y el cambio. Estas son las bases fundamentales del ser humano: el poder conectar con el otro, sentir la presencia del otro, sentirse valorado, cuidado e importante en conjunto, en unión: pertenecer.
Toda esta discusión me llevó a varias preguntas: ¿En qué medida se están tomando en cuenta estas investigaciones fundamentales para la evolución de la educación? ¿Cómo se vería entonces la educación completamente robotizada? ¿Será posible que la inteligencia artificial sea la encargada de educar a nuestras futuras generaciones en un 100 %?
Yo creo tres cosas: sí, no y depende.
Creo que la tecnología y la asistencia de recursos como la inteligencia artificial son y seguirán siendo increíblemente útiles a la hora de educar y evolucionar como especie. Sin embargo, creo principalmente que la educación es un proceso humano que debe permanecer primordialmente humanizado, porque de no ser así, desde mi perspectiva profesional como psicóloga y educadora, el procesamiento de la información se verá alterado y el aprendizaje de los niños no será significativo. Creo que la inteligencia artificial debe continuar siendo lo que es, un recurso o sistema empleado por humanos y para humanos, y claro, debemos educarnos mejor en su uso y evolución.
Si ampliamos el lente y miramos hacia el futuro de una generación que ha sido educada totalmente por robots, veremos adultos fríos, desconectados, deficientes en sus habilidades sociales, adultos que no sabrán cómo generar vínculos, adultos temerosos a lo desconocido, adultos que perderán parte de la noción de lo que es ser humano y estar conectado con el otro.
Como todo en la vida, creo que este tema requiere de balance y estudio. No obstante, creo que no necesariamente se verá representado 50/50 en la balanza; creo que es importante la armonía y la mesura en este ámbito. Para así permitir que la humanidad prevalezca, teniendo siempre en cuenta que la tecnología hace parte de nuestra humanidad, pero no la gobierna.
Estudiemos, leamos y cuestionemos más lo que vemos. Desde ya les digo, los niños necesitan contacto visual, presencia física y juego. El contacto visual implica que el niño se sienta visto; la presencia física hace que el niño se sienta sostenido y seguro con quien está frente a él, y el juego requiere cooperación y vínculo. Esto es lo que necesitan para construir aprendizajes significativos, generar conexiones y tener un desarrollo sano.
Si queremos criar y educar niños conectados, conscientes, sociales y sanos, debemos seguir luchando por una educación primordialmente humana, no artificial.