Las formas clásicas de la diplomacia, entendida como “el conjunto de procedimientos que regulan las relaciones entre los Estados”, parecen hoy despreciadas y desplazadas por la lógica inmediata y poco sutil del mundo digital. Las comunicaciones entre gobiernos son cada vez más virtuales, informales y directas, muchas veces sin reglas claras ni límites. Aunque estos métodos son rápidos y prácticos, no siempre sirven para resolver disputas complejas serias ni para diseñar estrategias de largo plazo. De hecho, la comunicación informal entre presidentes suele derivar en mensajes agresivos, malentendidos e incluso insultos públicos.

Es ahí donde reaparece la diplomacia, una palabra que suena anticuada, pero que exige talento, oficio y experiencia. Las cancillerías y embajadas, cuando cuentan con equipos profesionales y competentes, logran generar sinergias, abordar temas sensibles y transmitir mensajes complejos con precisión y cuidado.

La reciente reunión en Washington es un buen ejemplo de cómo un ejercicio diplomático bien ejecutado puede evitar una crisis. El encuentro estaba cargado de hostilidad, con antecedentes de enfrentamientos nocturnos, insultos y amenazas. Sin embargo, el resultado fue mucho mejor de lo esperado. Pese a los temas delicados y las diferencias de estilo y fondo, el trabajo previo de los equipos técnicos de ambos países permitió que Colombia no terminara en los titulares internacionales por un choque con Estados Unidos.

Para manejar con éxito las relaciones entre países, la preparación es clave. Las agendas deben construirse priorizando los puntos de consenso y no las diferencias, como estrategia central. En los momentos más tensos, los verdaderos diplomáticos saben cómo suavizar. Tan importante como el contenido son los detalles protocolarios: regalos, mensajes, invitaciones e incluso la vestimenta. Aunque parezcan superficiales, también comunican y envían señales.

En Colombia, uno de los ejemplos más claros del valor de la diplomacia fue el proceso de negociación y ratificación del tratado comercial de hace dos décadas. Bajo el liderazgo de los gobiernos del momento, la Cancillería, los ministerios y las embajadas coordinaron una campaña amplia con el apoyo del sector privado, las regiones, la sociedad civil, los gremios y las universidades. La estrategia combinó reuniones de alto nivel con una intensa diplomacia cultural: flores y café, clases de salsa en la embajada, exposiciones de arte, festivales culturales y una activa participación de colombianos que recorrieron los pasillos del Congreso estadounidense para explicar, educar y convencer. Todos llevaban el mismo mensaje, los mismos datos y las mismas peticiones, en oficinas donde muchos ni siquiera sabían ubicar a Colombia en el mapa. Aun hoy, ese esfuerzo se recuerda en Washington.

Existen muchos otros ejemplos de diplomacia exitosa: desde los Acuerdos de Camp David en 1978 hasta los tratados Torrijos–Carter en 1977, con relaciones profundamente asimétricas, o la resolución de disputas entre países como Perú y Chile. Ninguno de estos procesos se resolvió con mensajes en redes sociales ni a punta de insultos. En un mundo donde los gobiernos son cada vez más informales, el protocolo, lejos de ser un adorno, sigue siendo el camino más corto y eficaz para construir relaciones sólidas entre países.