Mientras los medios y las redes sociales se llenan de noticias y chismes sobre la mecánica electoral, se está dejando de lado el debate sobre la principal pregunta que deberían responder todos los candidatos: ¿Cómo reducir la enorme desigualdad que impera en el país?

En las encuestas no aparece la desigualdad como uno de los problemas que más preocupa a los colombianos. Por el contrario son temas como la corrupción, la salud, la violencia o la inseguridad los que se perciben como los principales problemas del país. Pero en realidad esos son las consecuencias de la falla estructural de la sociedad, que es la desigualdad.

No lo digo yo, lo dijo el papa Francisco: “La desigualdad es la raíz de los males sociales”. Y tampoco se lo inventó él, ni siquiera Carlos Marx, ya lo había dicho Aristóteles hace más de 2000 años, en su tratado sobre la Política cuando analiza las causas de la corrupción, la inestabilidad política y la violencia concluye que: “Los extremos de riqueza y pobreza son la fuente principal de los males”.

A pesar de la multitud de estudios y análisis que demuestran con argumentos y mucha evidencia la veracidad de estas afirmaciones, hay propuestas de candidatos que prometen solucionar los problemas del país atacando sus consecuencias y síntomas externos sin enfrentar la raíz de los mismos.

Veamos el caso de la violencia y la inseguridad. Sobre el tema Aristóteles es aún más radical y llegó a afirmar que “la pobreza es el padre (y la madre) de la revolución y el crimen”. Recuerda la tesis del presidente Belisario Betancourt cuando hablaba de la necesidad de combatir las “causas objetivas de la violencia”; o lo que dijo un presidente del Banco Mundial al comenzar este siglo: “Mientras exista pobreza en el mundo los ricos no tendrán paz”.

Nadie niega que en Colombia ha aumentado la violencia después de que un gobierno se dedicara a hacer trizas el Acuerdo de Paz, y otro siguiera una equivocada política de supuesta “paz total”. Tampoco ningún político se atrevería a decir que no quiere la Paz. Pero si hay dos estrategias muy distintas para alcanzarla.

Una es la visión militarista de buscar destripar al contrincante y exterminar al enemigo. Es la versión postmoderna del viejo dicho latino, “Si vis pacem, para bellum” (Si quieres la paz prepara la guerra), con el que los generales romanos trataban de convencer a sus conciudadanos de la importancia de tener un ejército bien apertrechado para garantizar la paz en el Imperio. Ahora lo repite el abogado de Alex Saab, para quien la solución a la violencia es aplicar la ley del balín: plomo y más plomo.

La otra es la visión, idealista si se quiere, de quienes sostenemos que luchar contra la desigualdad es condición necesaria, aunque no suficiente, para lograr la paz. Visión que se resume en otro latinajo, este inscrito en los cimientos del edificio de la OIT en Ginebra: “Si vis pacem cole iustitiam”, (Si quieres la paz cultiva la justicia). También tiene raíces bíblicas esta utopía porque ya el profeta Isaías lo decía: “El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto”.

La realidad es que mientras no haya justicia social y subsistan las enormes desigualdades económicas que mantienen a millones de colombianos en la miseria no habrá garantías de una paz duradera.