Cuando los días soleados empezaban a decir adiós en el hemisferio norte, decidía contrariar al tiempo que, inexorable, anunciaba el retorno de los días de poca luz y del rito, harto aburridor para quienes venimos del trópico, de tener que ponernos varios kilos de ropa encima, sólo para ir a la tienda de la esquina: guantes, bufanda, sombrero y tres o cuatro capas de algodón y lana, amén del gabán y las botas para bregar con la humedad y el lodo.
La resistencia a lo que viene empieza por el atuendo; en mi tentativa por negar la realidad de los días fríos y brumosos, elegía, desde el fondo del closet, una camisa de palmeras, como la imaginó el poeta Pedro Pietri en su poema-parodia al ‘Viejo San Juan’: “En mi viejo San Juan/ subió el precio del pan…” Claro, al volver de una breve caminata, con bermudas, sandalias y sombrero blanco, ante la sorpresa del bodeguero y la gente que andaba ya arropada por la calle, había pescado un resfriado. “¡Qué valiente!”, dijo una señora al pasar, y yo inflé un poco el pecho, sintiendo ya la taquicardia que produce el traqueteo de huesos delante del aire helado. No gané la medalla al valor, pero –con el consecuente costo incluido- logré pensar que los días todavía eran soleados y era posible abrir el garaje para sacar la bicicleta e ir a la playa de Hammonaseck, donde hasta las focas tiritan.
Puedo recordar una de mis primeras experiencias playeras en los Estados Unidos; ya era septiembre y fui con mi esposa a caminar por la playa; ella recogía caracoles y yo piedras de formas caprichosas. Los nacidos en el Pacífico colombiano jamás alzamos un caracol de la arena para llevarlo a ninguna parte, porque estamos convencidos de que traen mala suerte. De pronto, al ver el agua del mar irisada por la brisa, dentro de un cuenco de piedra que formaba una piscina natural, me despojé de la ropa y me lancé al agua, llevado solo por el impulso gozoso que me provocó ver aquel remanso de tarjeta postal. Sin embargo, ¡oh necedad!, al instante empecé a sentir que alfileres fríos se clavaban en mi piel, no obstante las previas advertencias de mi mujer, que miraba incrédula desde la orilla. Aquel masaje tremendo en esa tina de hielo fue como escuchar el trote de mi sangre por todas las arterias; pienso hoy que si todavía estoy vivo fue por el vuelo del último cormorán desde esa playa de Connecticut, que me dijo, en su aleteo, que era necesario salir de ahí rápido, emigrar, porque el tiempo de los bañistas hacía rato había pasado.
Mi mujer nunca supo del quemonazo aquel que recibí en el agua -macho que soy- y siempre que pudo refirió a sus familiares y amigos la anécdota tremenda de verme braceando en un mar helado, sin aterirme y con la barbilla en alto. ¡Wow!, el costo de la simulación y el orgullo es tremendo. La verdad es que salir temblando de ahí no hubiera dejado muy en alto el nombre de Colombia. La patria primero.
Pensaba en todo eso cuando los árboles habían empezado a quitarse la ropa en la calle y mis vecinos se atareaban amontonando hojas en la orilla de la acera; el árbol que estaba frente a mi casa, ellos lo sabían, no dejaba caer sus hojas hasta bien entrado el invierno. Permanecía verde, como en una rara circunstancia, en un misterio de la naturaleza que nunca quise averiguar. ¿Orgullo arbóreo, primavera tardía, negación del tiempo? No lo sabemos. Los árboles, como nosotros, tienen sus buenas razones para tratar de ser diferentes, o fingir que son felices aún en medio de los peores temporales.