El Congreso es el escenario de las grandes discusiones del país. Ahí se hacen las leyes. Ahí se controla al Gobierno. Ahí, en teoría, se juega en serio.
Esta semana no fue así. En plena moción de censura contra el ministro de Vivienda, la Cámara de Representantes se llenó de balones, flotadores y disfraces. Circo, no Congreso.
Las imágenes dieron risa. Dieron likes. No dieron argumentos.
Aclaremos algo antes de seguir: la oposición tiene todo el derecho a cuestionar a un ministro. Y la obligación de hacerlo cuando hay razones. Para eso existe el control político. Para eso la Constitución le dio dientes: la moción de censura. Que investiguen. Que pregunten. Que presenten cifras, documentos, argumentos. Que si tienen con qué, saquen al ministro. Eso es democracia funcionando.
Reemplazar el argumento por el disfraz es otra cosa.
Y el momento no pudo ser más cruel. Colombia tiene un hueco fiscal, una seguridad que hace agua, un sistema de salud al borde, y —esto es lo que más duele— miles de familias que siguen durmiendo entre escombros después del terremoto, esperando saber cómo reconstruir lo que perdieron. Mientras esa gente pregunta cómo levantar su casa, un congresista lleva un flotador a debatir sobre vivienda.
Eso no es oposición dura. Es indolencia con maquillaje de show.
Aquí está el punto que casi nadie dice en voz alta: el Congreso no es gratis. Lo paga el empresario que factura, el trabajador al que le descuentan, el tendero que abre cada mañana, el ciudadano que paga IVA hasta por el tinto. Cada peso que sostiene esas curules sale del bolsillo de alguien que no fue a jugar con balones ese día.
Por eso pedir seriedad no es pedir solemnidad. Se puede ser una oposición feroz sin dejar de ser seria. Se puede incomodar, confrontar, poner contra las cuerdas a un gobierno —con hechos, no con utilería.
Cuando el espectáculo reemplaza al argumento, no pierde el Gobierno. Pierde el Congreso. Y pierde, otra vez, la confianza de un país que ya no sabe si sus instituciones trabajan para él o posan para una cámara.
El problema no es que haya oposición. Ojalá Colombia tenga siempre una oposición fuerte, vigilante, incómoda. El problema es confundir oposición con espectáculo.
El Congreso cuesta demasiado —en plata y en confianza— para convertirlo en circo.
Los colombianos no pagan impuestos para financiar payasos.