Ya llevamos más de dos décadas durante las cuales se publican libros y ensayos en revistas especializadas, tanto en Estados Unidos como en Europa, para señalar que la democracia no está funcionando como corresponde, que hay una situación que se puede denominar ya como crisis de las instituciones que caracterizan la democracia liberal.

Y los ejemplos abundan tanto en países desarrollados como en los que están viviendo un proceso de fortalecimiento de la democracia o de transición hacia la misma.

Y lo más llamativo del tema es que lo plantean los analistas de las grandes democracias, o sea, de las que han servido como modelo para los demás países con base en lo que ocurre en sus propios territorios. Se formulan entonces críticas al gran parlamentarismo británico o al funcionamiento de las instituciones de la Quinta República francesa, que por fin habían encontrado el camino de estabilidad política y eficacia.

Lo que ha venido ocurriendo en los Estados Unidos durante la segunda administración Trump, principalmente, ha arrojado una fuerte sombra de preocupación sobre la naturaleza de las instituciones democráticas, su valor, su capacidad de supervivencia y, obviamente, su eficacia. Las relaciones entre el poder de la Casa Blanca y el poder judicial de alguna manera han escandalizado al mundo democrático; el equilibrio de poderes en algunos momentos parece haber entrado en decadencia. Y la transparencia y la credibilidad en el proceso electoral han sido objeto de denuncias, críticas de una frecuencia e intensidad que no encuentran muchos antecedentes.

Y se buscan culpables o responsables de lo que ha venido ocurriendo. Una respuesta fácil dice que es que ya no hay liderazgos. Otra es que la relación entre gobernantes y gobernados no está funcionando como debería. Y algunos creen que ya la autoridad que caracterizaba el ejercicio de la función pública en sus diversas dimensiones se ha debilitado.

Los partidos políticos ya no son considerados como las fuerzas indispensables en el manejo de la vida política, la cotidiana y la que tiene que ver con el futuro. Personalidades que han estado por fuera del juego tradicional de la lucha por el poder, repentinamente desbordan a los dirigentes tradicionales y pasan a ocupar las posiciones claves en la sociedad y luego el prestigio tan fugazmente adquirido se deshace con igual facilidad. Los liderazgos que se construyen con décadas de trabajo perseverante, sistemático, acertado, ya son excepcionales. Emmanuel Macron, en Francia, es un ejemplo digno de ser estudiado. Llegó al poder alegando una falsa virginidad en el ejercicio del mismo; generó un proceso rápido y al parecer invulnerable de seducción de la opinión pública; internacionalmente se convirtió en el ejemplo de la nueva política, del nuevo liderazgo, y nadie creería que semejante logro político, ya una vez sometido a la prueba del ejercicio del poder presidencial, ha sufrido un debilitamiento enorme.

Abelardo de la Espriella, para referirnos al caso colombiano, hizo una demostración similar, por no decir que aún más sorprendente. Luego de una breve campaña y de vivir por fuera de Colombia más de cinco años, capturó el favor popular y logró lo que ningún otro político había conseguido en tan breve tiempo. Con frecuencia pregunto cuántos empresarios lo conocían y habían tenido trato con él, como había sido de rigor para otros candidatos presidenciales victoriosos en otras épocas, y la respuesta es bastante precaria. Y lo propio se puede decir con respecto a otros niveles de la sociedad colombiana. Un auténtico outsider. No recuerdo un candidato presidencial que se hubiera atrevido a decir, con todas sus letras, que no necesitaban ni buscaban apoyo en ningún partido político ni de ninguna organización empresarial para el financiamiento de su empresa política, y que luego reafirmó esto tomando decisiones que desafiaban tradiciones y convenciones que parecían intocables. El presidente Milei en Argentina representa algo similar y Lula en Brasil llega a su cuarto periodo como dirigente de izquierda en el país más grande de Suramérica, proviniendo de las bases sindicales.

En Francia prefieren decir que lo que ha fallado es el Estado, la autoridad institucional.

El tema no ha sido resuelto. Las respuestas están todavía buscando una formulación apropiada, pero lo que sí es cierto es que ha habido y hay una decadencia de la política como la herramienta noble y eficaz que sirve para traducir en políticas públicas los anhelos populares.