Según datos de la iniciativa Global State of Democracy, el 61 % de los países del mundo son democracias, y el 39 % son gobiernos autoritarios y sistemas híbridos con democracias de fachada y graves restricciones civiles y políticas. En estos últimos habita el 45 % de la población global. Esto es, 3400 millones de personas viven sin democracia.

Miles de ciudadanos reclaman el fin de gobiernos autoritarios que han dominado con represión, miedo o prebendas para sus cómplices en el poder. En Hong Kong hemos observado cómo la gente exige democracia con vehemencia; la Primavera Árabe, a pesar de sus traspiés en varios países, reflejó anhelos de libertad y participación; en Sudán, las multitudes lograron el fin de tres décadas de dictadura de Al-Bashir; en Argelia alcanzaron la renuncia del dictador Bouteflika después de 20 años en el poder; y en Cuba crece el clamor por libertad.

En nuestra región, Venezuela y Nicaragua son ejemplos adicionales de destrucción institucional. Los regímenes de Maduro y Ortega coartan libertades y derechos, desconocen la separación de poderes, impiden elecciones libres, y echan por la borda los controles políticos.

Entre 1975 y 2015 el número de países que adoptó modelos democráticos fue superior a los que cayeron en autocracias. Sin embargo, es preocupante que en los últimos años la tendencia se ha revertido. Desde 2016, mientras cinco gobiernos avanzaron hacia la democracia, diez países se alejaron de ella.

Mientras unos países claman por libertad, los que la tenemos debemos preservarla. A la democracia es importante nutrirla todos los días debido a que es un sistema en constante construcción. Hoy, las sociedades democráticas piden desde equidad en el desarrollo y mejores instituciones, hasta más inclusión social y acciones eficaces contra el cambio climático.

Debemos responder a estos retos con los mecanismos de la democracia, incluidos la negociación y la amplia participación. Mecanismos que han permitido a la democracia estar a la altura de los desafíos de cada época, preservando su capacidad de adaptación.

Las movilizaciones sociales que aparecen en democracias de distintos continentes no son una crisis del sistema, sino una oportunidad para fortalecerlo. En Francia, los chalecos amarillos rechazan impuestos y reformas; en los Estados Unidos el Black Lives Matter se opone a la discriminación; en Sudáfrica y en países de América Latina manifestantes se pronuncian contra la corrupción, la inequidad, la crisis económica o la poca calidad en educación.

Como demócratas, debemos escucharlos porque nuestra misión es construir colectivamente las políticas públicas que permitan caminar hacia mejores soluciones; y de defender la protesta pacífica frente a los actores violentos e ilegales que buscan crear caos y debilitar las instituciones.

Ahora que se aproximan elecciones, es urgente enfrentar la demagogia, los populismos y los discursos de odio, que apuestan al fracaso del pluralismo y llevan inevitablemente al autoritarismo.

En la nueva era digital, con sus oportunidades y retos, tenemos la tarea inconclusa y permanente de formar nuevas generaciones comprometidas con los valores de la democracia. Solo la cultura política sólida de los ciudadanos permitirá ratificar un modelo en el que seamos dueños de nuestro futuro, y crear entidades responsables, que rindan cuentas, y promuevan con eficacia los derechos humanos, la convivencia, la justicia y el bienestar.