Pensé en ‘Historia de dos ciudades’ y en que, en el caso de Cali, no se trata de dos ciudades, sino de muchas al mismo tiempo. No porque tenga múltiples caras, sino porque parece tener identidades que no se reconocen entre sí.
Hace un tiempo escribí que Cali corría el riesgo de convertirse en una “casa de todos, pero hogar de nadie”. Hoy esa idea no solo sigue vigente: se ha profundizado. Porque más que una ciudad dividida, somos una ciudad que nunca ha logrado encontrarse a sí misma.
Cali tiene en su diversidad una de sus mayores riquezas. Está construida por múltiples culturas, acentos, historias y formas de ver el mundo. Pero lo que debería ser una fortaleza terminó convirtiéndose en una barrera: nunca logramos transformar esa diversidad en una identidad compartida.
Y ese no es un problema menor. Cali creció con profundas desigualdades y realidades muy distintas. El oriente, la ladera, el centro, el sur y los corregimientos conviven, pero no siempre se reconocen como parte de un mismo relato. A veces pesan más las identidades barriales, sociales o culturales que una identidad caleña. Y cuando una ciudad no logra construir un ‘nosotros’, termina fragmentándose.
Por eso, Cali no es una sola ciudad. Es una suma de realidades que conviven, pero no se integran. Por un lado, una ciudad creativa que sueña, produce y sigue apostándole al desarrollo. Por el otro, una ciudad indignada que resiste, sobrevive y enfrenta todos los días la informalidad y la falta de oportunidades.
El reto de Cali no es negar sus diferencias, sino convertirlas en un proyecto común que cierre brechas. El problema no es la diversidad, es la desconexión. Cuando una ciudad no comparte referentes mínimos, no construye identidad. Sin identidad no hay pertenencia. Y sin pertenencia, no hay compromiso colectivo.
Tal vez por eso en Cali el desacuerdo se transforma con tanta facilidad en confrontación. Nos cuesta ponernos de acuerdo, incluso en lo esencial. Muchas veces preferimos que no se haga nada si no es exactamente como creemos que debe hacerse. La desconfianza reemplaza la cooperación, y cualquier chispa puede encender el conflicto.
También por eso es una de las ciudades más inconformes del país. Aquí nada parece ser suficiente. Se minimizan los logros y se demeritan los avances, perdiendo de vista aquello por lo que otras ciudades sí se sentirían orgullosas.
Hemos construido una relación extraña con la ciudad: la tratamos como algo externo, como si no fuera responsabilidad nuestra. Como si Cali fuera de otros. La criticamos, la cuestionamos y le exigimos resultados, pero pocas veces la asumimos como propia.
Ahí está el fondo del problema: más que una ciudad dividida socialmente, somos una ciudad fragmentada en identidad. Nos falta sentido de pertenencia. Nos falta apropiación. Nos falta reconocernos como parte de un mismo proyecto.
Y para tener pertenencia no es necesario haber nacido aquí. Yo mismo no nací en Cali, y conozco muchas personas que, sin haber nacido en esta ciudad, le han aportado enormemente. En mi caso, Cali me ha dado mucho más de lo que yo quizá le he dado. Pero no es solo por gratitud que la quiero: es por lo que esta ciudad ha significado para mí. Por eso me siento caleño y orgulloso de serlo.
Tal vez el error ha sido exigirle a Cali más de lo que estamos dispuestos a darle. Queremos una mejor ciudad, pero no siempre actuamos como mejores ciudadanos. Queremos mejores líderes, pero no siempre votamos con conciencia. Queremos que no se inunde cuando llueve, pero seguimos tapando los drenajes con basura.
Es momento de cambiar esa lógica. Cali no va a transformarse solo desde el gobierno, ni desde los discursos, ni desde la crítica permanente. Va a cambiar cuando cada uno, desde lo que hace, decida aportar. Porque al final, una ciudad deja de ser ‘casa de todos, pero hogar de nadie’ cuando cada uno asume su responsabilidad.
Cali será una sola ciudad cuando entendamos que la diversidad no nos divide: nos obliga a construir algo en común. Cuando dejemos de verla como una suma de diferencias y empecemos a asumirla como un proyecto compartido.
@edwinhmaldonado