A pocos días de cumplirse un mes del terremoto del 10 de agosto, que afectó duramente al Suroccidente del país y en Cali dejó 154 personas fallecidas y 14 desaparecidas, hay una conversación que no puede terminar: la necesidad de acompañar, de seguir ayudando y no parar de hacerlo. Porque hay más de 43.000 familias damnificadas, según el registro oficial, pero quizás muchas más que no se han reportado. Porque hay 743 edificaciones que no podrán habitarse y 444 de uso restringido. Porque hay 492 personas en alojamientos temporales y otras que permanecen afuera de lo que fue su hogar, cuidando lo poco que quedó. Porque hay miles durmiendo en las casas de familiares y amigos, aún sin saber qué pasará mañana. Porque también hay cientos de historias en la ruralidad y en los municipios del Valle del Cauca duramente afectados.

A lo largo de nuestra historia caleña, hemos tenido tantas pruebas para demostrar la capacidad de reponernos y salir adelante como ciudad. Hemos visto cómo, desde el primer día de la tragedia, centenares de personas se convirtieron en rescatistas y miles acudieron a los centros de acopio para donar, además de aportar recursos económicos a las distintas causas. Hemos sido grandes en la respuesta, en la humanidad.

Hoy tenemos enfrente una ciudad cuyo paisaje ha cambiado en tantos lugares de nuestra geografía. Se ven imágenes aéreas y recorridos del antes y el después de la Calle Novena, del edificio Vanessa y otros impactados en Los Cámbulos; de la Carrera 39 y los negocios que ya no están; de la Torre del Hospital Departamental, que se hizo polvo; de la Clínica Nuestra, el Molino Rojo, el edificio Yemanyá y La Luna, en la Autopista Suroriental; de Tequendama y tantos centros clínicos que permanecen cerrados; del Cuarto de Legua con edificios que desaparecieron, como el Ana Pilar o el María Elvira, y otros inhabitables, como el Atalanta; de Torres del Limonar, en Ciudad Capri, ya reducido al lote donde hasta hace unas semanas existió…

De Altos de Santa Helena, en la Comuna 18, con una situación compleja y urgente de priorizar; de Chiminangos, que clama porque no los dejemos solos; de los alrededores de la Galería Alameda, donde también hay mucho por hacer; del edificio de la Notaría en El Poblado, que se desplomó; de las torres de La Flora, que habrá que reparar; del lote de la Calle Quinta, donde hay decenas de recuerdos entre los escombros…

Ya empezaron los anuncios sobre lo que habrá que demoler primero, y se espera que este proceso de revisión de estructuras y de reconstrucción avance tan pronto como sea posible, aprendiendo de las lecciones y entendiendo las condiciones de un suelo que no puede ignorarse, así como la urgencia de exigir el cumplimiento de las normas de sismorresistencia y el uso de materiales de calidad. Que no se deje en el vacío la necesidad de esclarecer responsabilidades en los casos en que la irresponsabilidad cobró vidas, sin desconocer la fuerza del terremoto.

Pero ahora, que todo empieza una nueva etapa, necesitamos sostener ese ímpetu de resiliencia y solidaridad para volver a empezar y no parar de ayudar. De apadrinar familias, de acompañar espiritualmente, de cuidarnos y cuidar, desde la ciudadanía, y de liderar con orden, transparencia y potencia este momento crucial. Así que ahora, que quizás la atención nacional e internacional se disipa, es cuando más presentes debemos estar. Hagamos que sea posible y que nuestra Cali del alma resurja entre los escombros con esa vitalidad y esencia que el mundo siempre le ha de reconocer.

@pagope