No hay duda, señor presidente De la Espriella, que el Valle del Cauca es una Tierra de Promisión, tal como lo expresara José Eustasio Rivera en La Vorágine, hablando de las grandes llanuras y bellezas paisajísticas. Y algo más: en este Valle no odiamos a nadie y al que llega lo tratamos como si fuera un verdadero vallecaucano.
Es por eso que, cuando al señor Presidente electo en su afán de descentralizar costumbres e instituciones para alejar el odioso centralismo que por años nos ha caracterizado, escogió para tomar posesión de su alto cargo a la ciudad de Popayán, a pesar de las circunstancias negativas de orden público que han venido rodeando al querido departamento del Cauca.
Es preciso agregar que entre tanto se organizaba ese encuentro, se produjo como una circunstancia negativa mayor la erupción del volcán Puracé que llenó la ciudad de cenizas; y se tornó imposible superar ese conjunto de inconvenientes.
Y fue en esos momentos cuando, tanto el alcalde Eder como la gobernadora Dilián ofrecieron el alero de Cali para realizar aquella ceremonia vital; y después de los estudios propios y necesarios, se escogió la Universidad Santiago de Cali para realizar allí la ceremonia constitucional. Por cierto el exalcalde Rodrigo Guerrero también mencionó el vetusto caserón de la Hacienda Cañasgordas, monumento nacional, para realizar allí la importante asunción del mando.
Algunos han pensado que es baladí y costoso que se salga de Bogotá para darle vida a un acto de tantas resonancias como la asunción del primer cargo público de la Nación. Pero lo cierto es que el doctor De la Espriella valoró de fondo lo que ha de ser su gobierno y entró en la necesidad de descentralizar los actos gubernamentales, para llegar de una manera directa al punto cenital de la atención a la gente de nuestras regiones.
Habrá, por supuesto, un nuevo gobierno y una mirada distinta a la de aquella burocracia engastada en sus vicios tradicionales y, por supuesto en una corrupción galopante que roba y roba, mientras las necesidades aumentan en todos los campos de los servicios públicos. El presidente Abelardo, cuyo apelativo recuerda a aquel teólogo, místico y poeta con su mismo nombre Abelardo, que innovó la literatura y abrió las puertas a su amor por la bella Eloísa, en los comienzos del segundo milenio. Él abre ahora, igualmente con honestidad, los destinos de una nueva época que redima de los abruptos despilfarros y escandaleras de un señor de nombre Petro, a quien, perdido en sus propias pasiones, la historia debe buscar por todos los medios su olvido.
Ah, cuántos escándalos hasta el último momento de ese gobierno de traumas y escandaleras, muchos de ellos con mujeres y dicen que otros con hombres, como lo dijo el mismo Petro que le había acontecido una noche en París con un actor porno, con quién pasó la noche. Y hasta dijo que habían estado leyendo el Capital de Marx toda esa jornada, aunque todo indicaba que la noche discurrió en las aventuras del porno entre hombres que también había sucedido en Panamá. Bueno, tuvo al mismo sujeto de ministro de la Igualdad durante un año.
Contratos ilegales, ministros encarcelados, mujeres amenazadas como Angie Rodríguez, conocedora de misterios profundos. Y ni qué hablar de la señora Verónica Alcocer. Discurso va, discurso viene, pero la corrupción nunca se movió de los sitios de la Guajira y hasta en el Servicio Civil, donde se robaron toda el agua. El servicio civil, la salud, y la deuda pública, todo dentro del maremágnum de un petrismo que dice ser revolucionario, pero siempre en acude a las actitudes demagógicas.
Malhadados que somos, han sido cuatro largos años en los que el Petro anduvo aun en Nueva York con un megáfono con el que amenazó al propio Trump. Y viajó como el que más lo ha hecho, sintiéndose una especie de arcángel del marxismo. Sí, nos cayó la maldición de los Templarios.