Es cierto que la vida no es fácil para nadie y mucho menos el mundo que nos rodea. Pero, ¿cómo encontrar cada día el gozo de la existencia en medio de las diversas realidades que vivimos? ¿cómo hacer para no desfallecer ante las dificultades? ¿Cómo no perder la esperanza cuando las tragedias acechan nuestra puerta? Hoy nos alegramos en la Iglesia con la Solemnidad de Pentecostés, es decir, con la solemnidad del Espíritu Santo. Le damos gracias al Señor porque desde el día de nuestro Bautismo no vamos solos por la vida, sino que el mismo Espíritu de Dios nos acompaña desde nuestro interior. Hoy, de manera especial, reconocemos que Él es el “dulce huésped del alma, quien nos da descanso en nuestros esfuerzos, es el gozo que enjuga las lágrimas y nos reconforta en los duelos; es quien doma nuestro espíritu indómito y nos guía cuando torcemos el sendero”. Movidos por el Espíritu de Dios, siempre podremos enfrentar la vida con todo lo que ella implica. Por eso, cuando nos sintamos desalentados, cuando el panorama se nos oscurezca, cuando sintamos que nos falta el verdadero amor que le dé sentido a nuestra vida, no dudemos en clamar desde el fondo del corazón: ¡Ven, dulce huésped del alma!