Escrito por: monseñor José Roberto Ospina Leongómez, obispo de Buga

Un pasaje lleno de detalles en el evangelio de Marcos, es la curación del ciego Bartimeo, que significa el hijo de Timeo. Lo primero que llama la atención es que es un hombre que se le conoce por su papá, y no se sabe cuál es su nombre.

Estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Oyó la gente que pasaba y seguramente preguntó quién iba allí, al enterarse que era Jesús comenzó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí” y muchos lo regañaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Me sorprende que, sin ver a Jesús, creyó lo que le decían: que era Jesús de Nazaret el que pasaba por allí. Ni ustedes ni yo hemos visto a Jesús nunca. Somos como el ciego del camino, pero otros nos han anunciado que Jesús está vivo y que pasa a nuestro lado, mejor aún, que está vivo en cada uno de nosotros. Pero ¿creemos esta verdad? Porque si la creemos, ¿por qué dejamos pasar de largo las ocasiones para decirle que tenga piedad de nosotros? Si creemos de verdad, ¿por qué no somos más constantes en suplicar misericordia? De nosotros depende el que Jesús se detenga y nos llame.

Continúa el evangelista diciendo que Jesús se detuvo y dijo: “llámenlo”. Con tres verbos invitan al ciego a reaccionar: “anímate, levántate, te está llamando”. Cuánta tristeza, desánimo, abatimiento, dolor, amargura, nos ha dejado la pandemia. Oigamos esa invitación: ‘anímate y levántate’.
Esto hay que decírselo a muchos que aún no reaccionan ni han vuelto a su vida normal.

El ciego tirando el manto se levantó y fue a Jesús. Su seguridad la suelta. ¿Cuáles son nuestras seguridades que nos tienen envueltos y sentados sin reaccionar? ¿Qué tenemos que soltar para acercarnos a Jesús?
La frase fundamental está en la pregunta de Jesús al ciego: ”¿Qué quieres que haga por ti?”, “Señor, que vuelva a ver” es su repuesta. Si Jesús me pregunta lo mismo, ¿qué le diré? Muchos pueden haber perdido la claridad sobre el sentido de la vida, sobre lo que de verdad realiza a una persona, lo que lo hace feliz, lo que dinamiza la existencia.

El ciego recobró la vista porque tuvo fe, expresada en sus gritos. “Vete, tu fe te ha salvado”. ¿Cómo le expreso a Jesús mi fe sin verlo? ¿Conozco mis necesidades más profundas para presentárselas?

Que esta semana resuene en nuestro interior, la pregunta de Jesús: “¿qué quieres que haga por ti?”