En la quinta semana de Pascua una nueva invitación se nos hace. Si escuchamos el testimonio de la resurrección ahora se nos exhorta a seguir fielmente al Resucitado, a permanecer en Dios, con el convencimiento de que sin Él nada somos (Cfr. Juan 15, 5). El libro de los Proverbios nos dice: “No me des pobreza ni riqueza, dame lo necesario para vivir; pues si estoy saciado, podría renegar de ti, y decir, ¿quién es Dios?, y si tengo pobreza, podría robar y apartarme de Dios” (Proverbios 30, 8-9). El permanecer en Dios, es puesto a a prueba y no son pocas las personas, que diciendo ser creyentes, viven como si no lo fueran, y otros ante la prueba, hacen a Dios a un lado. Quien permanece en Dios, debe dar muchos frutos. Así, dos tareas tenemos los creyentes: consolidar y fortalecer nuestra relación con Dios. La verdadera fe en Dios tiene que ser capaz de dar frutos de bien. “Por sus frutos los conoceréis” dice otro pasaje bíblico (Mateo 7,20). Y es cierto. Quien tiene a Dios en su corazón, no puede actuar contrario a su querer. Quien tiene a Dios en su corazón y permanece en Él, debe ser un ciudadano correcto, debe respetar la vida, debe ser justo, debe ser instrumento de paz, debe ser solidario, debe ser comprensivo y fuerte para perdonar, debe ser una persona llena de esperanza y de ganas de vivir.La segunda tarea es renovar nuestra confianza en Dios. “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Juan 15, 7). Cuando estamos en Dios, lo escuchamos y cumplimos su Palabra, Él mismo estará abierto a escucharnos y a concedernos lo que le pedimos. ¿Será que la oración que hacemos no es eficaz, porque estamos alejados de Dios? Esto puede suceder, porque se necesita coherencia de vida, y en muchas ocasiones, hacemos oración con una mano elevada al cielo, pero con la otra, amarrada a la tierra sin querer dejar la vida de pecado.Que permanecer en Dios, que perseverar en la fe, sea el propósito de todas las personas de buena voluntad, con el compromiso personal de dar frutos maduros de santidad, bondad y reconciliación.