Es lugar común que en las relaciones internacionales no existen los amigos, sino los intereses, aunque a veces es difícil discernir dónde empiezan unos y terminan los otros. Recurrentemente, se usa el término ‘amistad’ en referencia, entre otras, a la relación entre países que comparten una identidad, idiosincrasia y un sistema común de valores y libertades individuales. O que sus líderes gozan de cierta afinidad personal. Por estos días hemos sido testigos de un deterioro progresivo en las relaciones entre dos otrora grandes amigos y aliados, Canadá y Estados Unidos, exacerbado por la animadversión entre sus líderes Donald Trump y Mark Carney.

Sin embargo, donde las relaciones personales se reflejan directamente en las relaciones entre Estados es en la región del Golfo Arábigo, en la que los Estados modernos nacieron en territorios controlados por dinastías tribales árabes sunitas que hasta el día de hoy se mantienen en el poder. Esto explica en buena parte el creciente enfrentamiento entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), hasta hace poco aliados incondicionales y amigos. Sus líderes, Mohamed Bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita y gobernante de facto, y Mohamed Bin Zayed, presidente de las EAU, se han distanciado en varios temas de la convulsionada geopolítica de la región.

Los dos países son el cimiento del Consejo de Cooperación del Golfo, acordaron conjuntamente el bloqueo a Qatar en 2017, apoyaron los mismos grupos en la guerra civil en Siria y han sido férreos oponentes a Irán en la región. Sin embargo, la imagen hoy es de abierta competencia, si no de evidente hostilidad, entre estos dos pesos pesados del Golfo.

Múltiples son los escenarios, bélicos y diplomáticos, en los que Ryad y Abu Dhabi se enfrentan en la actualidad, estableciendo cada uno sus propias alianzas, en el marco de la épica transformación geopolítica por la que trasiega el Medio Oriente producto del ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023.

El conflicto salió del clóset cuando los saudíes bombardearon un contingente de armas que enviaron los Emiratos a sus aliados en Yemen, el Consejo de Transición del Sur y seguidamente exigieron el retiro de las tropas emiratíes, en las que militan soldados colombianos, del país. Quienes ganan con esa disputa son los Houties aliados de Irán, que controlan un tercio del país, incluyendo su capital Saná.

En Sudan, donde arrecia la guerra civil entre el ejército sudanés y un grupo insurgente, Ryad apoya al primero y Abu Dhabi al segundo. En Somalilandia, país recientemente reconocido por Israel, los emiratos, si bien no han extendido un reconocimiento formal, manejan los puertos y mantienen estrechas relaciones con el gobierno separatista, mientras que los saudíes rechazan la independencia de Somalilandia.

Tanto Arabia como Los Emiratos son cercanos aliados de Washington y de la administración Trump, que hace lo imposible por evitar una ruptura que pondría en jaque los intereses de Estados Unidos en la región. Paradójicamente, lo que ha acelerado el deterioro de las relaciones entre los dos países son los golpes militares que Israel le infringió a Irán y sus proxis. Ryad ya no percibe a Irán como la gran amenaza, lo que la acercaba a Israel y a los EAU y a una posible adhesión a los Acuerdos de Abraham.

La competencia trasciende de lo geopolítico a lo económico. Ambos países buscan inversión para desligarse de su dependencia del petróleo, mucho menos hoy en los Emiratos que en Arabia. Ambos aspiran a ser centros financieros, logísticos, focos de desarrollo de Inteligencia Artificial y transporte, algo que los emiratos ya han logrado, pero que los saudíes podrían socavar en su propio empeño por alcanzarlo.

Amigos ayer, adversarios hoy, cosas de la geopolítica.