Las zarigüeyas no son precisamente los animales con la mejor reputación. Su aspecto físico y el olor que expulsan cuando se siente en peligro frente al hombre las han convertido en indeseables para muchos. Pese a su aspecto y los prejuicios que recaen sobre esta especie, dos estudiantes universitarios de Cali decidieron salir a la defensa de este mamífero marsupial.

Precisamente, la similitud de las zarigüeyas, conocidas popularmente como ‘chuchas’, con las ratas, es uno de sus mayores ‘pecados’. Sin embargo, este animal tan despreciado y atacado por la comunidad, presta importantes servicios ecosistémicos.

Es común encontrarlas en bosques y zonas rurales, como también en espacios urbanos. En la vía que conduce de Cali a Palmira, por ejemplo, es posible ver algunas señales de tránsito que indican su presencia en la zona. Aun así, mientras intentan pasar de un lado a otro de la carretera, son constantemente arrolladas por los vehículos que pasan a altas velocidades.

Hace más de un año y con sus propios recursos, dos estudiantes universitarios, uno de administración y otro de ingeniería ambiental, se han dedicado a proteger a las zarigüeyas. Gracias a su labor han salvado la vida de 40 de ellas.

Pero hay un problema: retener fauna silvestre, aún cuando el interés no sea lucrarse con esta, sino ayudar a las especies en peligro, puede acarrear problemas jurídicos, puesto que existen entidades como la Corporación Autónoma del Valle del Cauca, CVC, encargadas oficialmente para atender este tipo casos.

Teniendo en cuenta esta situación, los estudiantes universitarios que han salido a la defensa de las zarigüeyas para recuperarlas luego de los golpes y heridas que las personas les han causado, prefieren que sus nombres no sean revelados.

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Lo hacen por el respeto a la vida

La situación problemática y de peligro que vive esta especie “sucede todos los días. Si recibiéramos todos los casos que nos llegan, solo nos podríamos dedicar a esto”, dice uno de los jóvenes. Es por eso que se han puesto un límite de especies a su cargo para poder darles un buen cuidado, pues han llegado momentos en los que tienen consigo hasta siete zarigüeyas en proceso de recuperación.

Después de los más de 40 casos atendidos, afirman que uno de los pilares ideológicos sobre el que sustentan su labor es que “no importa si el animal es feo o bonito, es un ser vivo y merece respeto”. Saben bien que las zarigüeyas no son bien vistas por la sociedad “por su apariencia”, complementan.

Para ellos es claro enfatizar que la educación que se tiene sobre este mamífero es poca y que seguramente por eso lo atacan con tanta vehemencia.

Una llamada o un mensaje de texto de quienes los conocen, son algunas de las ‘señales de ayuda’ que las personas les hacen para que acudan a la salvación de las zarigüeyas. Las circunstancias por las que llegan a sus manos son variadas y los costos de sostenimiento del proyecto pueden llegar a ser elevados.

“La gente las golpea con lo que tengan a la mano o les pegan patadas. Las lastiman. Por eso en muchas ocasiones les lesionan las patas, la cola, la mandíbula o las costillas. Lo hacen con mucha sevicia”, afirman. Incluso, han atendido casos en los que las zarigüeyas pierden uno o sus dos ojos.

Su tarea se podría resumir de esta manera: van hasta donde se encuentra el animal, revisan su estado, lo llevan hasta un veterinario para que le haga una valoración y luego, dependiendo del diagnóstico, lo trasladan hasta su casa, donde tienen un espacio propicio para que su estancia sea lo más rudimentaria posible, y finalmente, las cuidan durante el tiempo que sea necesario hasta que tengan las condiciones para ser liberadas y que no sufran dificultades en su regreso a la naturaleza.

Cuando los animales se han recuperado, realizan las liberaciones lo más lejos posible del casco urbano para tratar de evitar que la gente las maltrate de nuevo o las mate. En la mayoría de los casos las liberan en los bosques de los farallones de Cali.

Servicios ecosistémicos

Esta especie no transmite la rabia propia de los roedores y además de no representar ningún peligro directo para las personas, ayuda más de lo que se piensa, porque ejecuta dos importantes funciones ecosistémicas: es reforestadora y exterminadora de plagas.

Incluso, las zarigüeyas escapan del contacto con el hombre. Es tan así que cuando se encuentran frente a frente con las personas, prefieren huir o utilizan un curioso mecanismo de supervivencia: se quedan en estado catatónico, defecan y emanan un olor nauseabundo propio de un animal en estado de descomposición con el propósito de darse por muertas y evitar el enfrentamiento.

Por otra parte, al ser omnívoras y llevar una dieta rica en frutas, se convirtieron en dispersoras andantes de semillas: cada vez que defecan ayudan a la reforestación de los bosques y zonas verdes, pues en sus heces quedan muchas de las semillas que han comido recientemente.

El caso más difícil que han tenido fue uno que reportaron en Palmira. “Nos enteramos gracias a un amigo. Nos pasaron las zarigüeyas en una caja. Tres estaban en buenas condiciones, pero la otra tenía el maxilar partido y se estaba ahogando con su propia lengua”, cuentan. Además, la boca del animal estaba llena de tierra, tenía una oreja lastimada y hematomas.

Inmediatamente la llevaron hasta donde el veterinario, quien les ayudó a determinar si era posible salvarle la vida. “El procedimiento duró cuatro horas, perdió mucha sangre, tejido óseo y dientes”, pero “increíblemente le salvaron la vida”.

Luego empezó el proceso de recuperación en el que debieron hacer el papel de madre. “Todos los días había que alimentarla cada tres horas, incluso en las madrugadas. Tocaba alimentarla con un catéter”, aseguran. La zarigüeya, de menos de dos meses de nacida, empezó a comer poco a poco por sí sola y logró recuperarse de manera satisfactoria.

La primera vez que pidieron ayuda de manera pública fue en este caso. Los gastos fueron costosos (alrededor de $370.000) debido a la intervención quirúrgica, los medicamentos y la alimentación. “Si nadie más las está ayudando, alguien tiene que hacerlo y ahí estamos nosotros”, manifiestan los muchachos.

La CVC responde

Sin embargo, Humberto Sotelo, funcionario de la CVC, entidad encargada de estos casos, explica que “en el centro de atención y valoración atendemos a los animales que la gente nos entrega. Allí los valoramos y si no han estado mucho tiempo con el hombre, los devolvemos a la naturaleza. En caso de que estén golpeados, miramos si podemos salvarlos o no”.

“ Está prohibido tener animales silvestres. Se requiere un convenio con la CVC para tener este tipo de animales a su cargo. Deben devolver las especies a la entidad y nosotros miraremos qué hacer con ellos”, comenta Sotelo, funcionario de la corporación.

“Yo invito a estos muchachos a que vengan a la CVC y hablen con nosotros, acá pueden tener la oportunidad de conversar con los biólogos, quienes les pueden explicar cómo es el manejo de los animales en la entidad”, concluyó el funcionario.

Caso Robles

Hasta el 2016 la CVC tuvo un convenio con la Universidad Nacional de Palmira en el que se le permitió a la institución tener zoocriaderos con zarigüeyas en el corregimiento de Robles, en Jamundí.

La entidad pretendía controlar la caza indiscriminada de la especie en este municipio, promoviendo su crianza controlada, para que no se viera afectado el desarrollo de su población.

El proyecto en Robles fue financiado por la CVC, donde según la entidad, el consumo de este animal es toda una tradición.

Ingenieros agroindustriales de la Universidad Nacional fabricaron chorizos con carne de zarigüeya y de pollo en el 2016, a través de otro proyecto que la CVC también financió un proyecto con la misma Universidad Nacional.

Otros datos:

La expectativa de vida de este marsupial oscila entre los siete años en condición de libertad y entre tres y cuatro años si está en cautiverio.
Una zarigüeya puede llegar a parir hasta 20 crías, pero solo sobreviven unas pocas.