A Lizeth le sucede algo extraño. A veces, cuando se despierta, lo primero que piensa es que está en su casa. Una vez abre bien los ojos recuerda por supuesto que no es así. En realidad hace mucho que no está en su casa.

Lizeth es la fundadora del ‘Club de las mujeres que viajan solas por el mundo’. Hace apenas unos días pasó por Cali.

– Ya conozco 15 de los 32 departamentos de Colombia.

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El nombre completo de Lizeth es Lizeth Pana Van – Grieken. Todos la llaman Liz. O ‘mi pana’. Ella se sonríe. El sinónimo de ‘amigo’ en la jerga callejera es un apellido español. El Van – Grieken es una herencia holandesa. Liz en todo caso nació en una ranchería indígena de La Guajira.

– Si de algo me siento orgullosa es de ser wayúu.

En la ranchería, cuando era apenas una niña, se preguntaba si alguna vez sería como los extranjeros que se detenían en la comunidad para repartir ayudas. Es decir: se preguntaba si, estando tan lejos de todo, una casa de concreto, un colegio, una universidad, eso que llaman democracia, podría cumplir sus sueños.

Más tarde, cuando ya era una adolescente – en la ranchería, cuando las mujeres se desarrollan, las encierran durante unos días y las preparan para una gran fiesta– a Liz un desconocido le preguntó si se acordaba que cuando estaba pequeña pensaba en si podía lograr sus metas. Ella guardó silencio, sorprendida. ¿Por qué sabía eso? El desconocido, un líder de una iglesia cristiana, continuó.

– No te preocupes. Dios va delante de ti y todos los anhelos que hay en tu corazón se van a cumplir.

Liz está segura que en ese momento algo cambió en su interior. Como si se hubiera abierto una brecha de donde proviene una fuerza inusitada, un entusiasmo permanente. Liz cree a pie juntillas en Dios. No le cabe duda que esa fuerza proviene de él.

De niña, en todo caso, le daba miedo entrar a las iglesias católicas. Tal vez por eso se hizo cristiana. A su paso por Cali se tomó fotos con La Ermita de fondo a prudente distancia.

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La madre de Liz es profesora. Por algún motivo que Liz no recuerda, pidió un traslado de la ranchería para dar clases en el municipio de Ríohacha. Allí Liz estudió en el colegio. En su tiempo libre se dedicaba a modelar y a cursar talleres de etiqueta y protocolo. A su mamá no le gustaba que lo hiciera, pero Liz quería vivir experiencias y se las arreglaba para pagar los cursos.

Cuando llegó el momento de elegir la universidad pensó en una carrera que no existiera en La Guajira, así que se decantó por la ingeniería civil. Si se hacía ingeniera tendría cero competencia, lo que a la larga podría ser una gran ventaja.

Liz se graduó en Barranquilla, después de varios empleos consiguió un trabajo como contralora de obras, un gran puesto sin duda, y sin embargo, sentía que algo no iba bien.

Hubo días que debía trabajar hasta las 2:00 a.m., para enseguida entrar a las 7: 00 a.m. en punto si no quería tener problemas con sus jefes. Cuando eso pasaba Liz se preguntaba si era ese el ejemplo que le quería dar a su generación: estudiar para después matarse trabajando por dinero.

– Me sentía cansada.

También veía a amigos que llevaban años en una empresa y pese a tener una gran experiencia y talento, ganaban un poco más del salario con el que habían ingresado. Tenían méritos de sobra para ascender, pero nunca sucedía.

A Liz se le hacía que estaban estancados y ella no quiso eso para su vida. Así que un día cualquiera alguien la trató mal y renunció.

– Lloré mucho. Hay jefes que no saben ser jefes. No son líderes. No inspiran, no motivan. Son simplemente jefes. El que te dice: si no haces esto te pasa esto otro. Trabajas bajo presión. Ningún trabajo debería ser bajo presión. Pensé que en la vida debe haber algo más que pagar el carro, el apartamento, los recibos. Debe existir la posibilidad de disfrutar de nuestro tiempo en vez de estar trabajando para otros. Y escribí mi carta de renuncia.

A Liz algo le decía que dejar el puesto de contralora de obras no era lo correcto. Se sentía culpable, tal vez por esa idea tan arraigada de que hay que agradecer un trabajo así no te paguen lo justo. Además arriesgarse a lo desconocido siempre genera dudas. Pero por otro lado, algo también le decía que todo iba a estar bien. Liz decidió seguir su instinto. Compró un pasaje y se fue a recorrer Ecuador. Sola.

Entonces, en Facebook, abrió el club: ‘Club de las mujeres que viajan solas por el mundo’.

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– Yo viajo sola para derrotar los estereotipos que nos inculcan.
El Club en realidad es un grupo cerrado con casi 5000 seguidores. Seguidoras, mejor. Los integrantes son mujeres que efectivamente, viajan solas por el mundo.

Hay muchas razones para ello. Es una suerte de rebeldía. Ningún hombre dice que tiene miedo de viajar solo. Quizá busque compañía, pero no precisamente por miedo. En cambio es muy común que las mujeres sientan temor de viajar solas.

Meses antes de que Liz abriera el Club, sucedió el asesinato de dos mujeres argentinas que viajaban juntas por Ecuador. Alguien dijo en un noticiero con un machismo inconsciente eso: “las mataron porque estaban solas”.

Liz no acepta que la condición de mujer le impida conocer otros países, otras culturas, otro idioma. No acepta, por supuesto, que tenga que depender de un hombre para viajar, mucho menos que se explique la violencia contra la mujer con el argumento absurdo “es que estaba sola”. Y mientras recorría Ecuador se dio cuenta que sin sospecharlo hacía parte de un gran movimiento mundial de mujeres que piensan igual.

– El club es un apoyo para estas chicas que quieren soltar sus alas y viajar. Que puedan decir: si esta chica pudo, yo también. Me animo a salir, me animo a dejar el miedo, me animo a que mis alas puedan crecer, salir de mi zona de confort. Porque a veces pasa que estamos tan cómodos con nuestra vida, nos sentimos tan bien, que no salimos de ahí. Sin darnos cuenta a la vuelta de los años vemos que estamos en el mismo lugar.

A través del Club, que en realidad es una gran red de contactos, las mujeres que viajan solas por el mundo se ayudan. A su paso por Cali, Liz se quedó en casa de dos integrantes del grupo. Si alguien necesita saber cuál es el hostal más barato en Salento, apenas tiene que enviar un mensaje de Whatsapp y en un santiamén le resolverán la duda. Por cierto: hay extranjeras que conocen mejor a Colombia que los propios colombianos.

– Me siento como madre de muchas chicas. Muchas me piden ayuda y eso me parece muy bonito. Y me considero, más que viajera, una mochilera. Viajero es el que paga el paquete para que lo lleven y lo traigan. El mochilero va sin un plan tan establecido. Descubres mucho más, llegas a lugares inhóspitos donde nadie más ha llegado y sobre todo, caminas. Una vez, en el Eje Cafetero, caminé durante 9 horas. Tampoco me gustan los hoteles; estás solo. En los hostales en cambio conoces gente de todo el mundo y te sientes en una sola familia.

Liz acaba de cumplir un año viajado. Está recorriendo Colombia. En Aberrojal, Antioquia, estuvo en una casa en el aire; en el Huila recorrió un desierto; en Salento recogió café; en Armenia se subió en una locomotora.

Para financiarse vende las mochilas wayúu que le compra a su madre o trabaja por temporadas. En Ríosucio capacitó a los dueños de un restaurante vegetariano en manejo de costos, cuadros de Excel. A cambio le garantizaron comida y hospedaje. Le están proponiendo que regrese y haga lo mismo durante unos días en un hotel.

– Nunca me ha faltado nada. En el mundo hay mucha solidaridad. Los mochileros inspiramos a otros a cambiar sus vidas y eso se agradece. Como si fuéramos un espejo en el que se reflejara los sueños de mucha gente pero que aún, por miedo, no los han cumplido. Porque pareciera que todos debiéramos llevar una misma línea: naces, estudias, trabajas, tienes tus hijos, te endeudas, pagas esas cuentas, mueres. Pero me pregunto: ¿Qué historias le vamos a contar a nuestra generación? ¿Tenemos historias por contar? En mi caso no soy de las que quiera escuchar historias. Quiero contarlas.

Efectivamente, Liz lleva una tarde contando historias y aún tiene mucho por decir.