Alberto Noya Sanmartín, el hijo de Pernito y hermano de Bebé, es el payasito que queda de Animalandia. Historia de un sobreviviente por Cristo.
Alberto Noya Sanmartín, a sus 7 años, tenía el papá más famoso de la televisión colombiana, Alberto Noya Carrol, a quien todo el país llamaba Pernito desde que llegó con sus hijos, a finales de los años 50, procedente de su natal Chile.
Yo veía cómo a mi padre lo aplaudían, lo elogiaban. Un día, desde lo más profundo de mi corazoncito, dije Quiero ser como papá, cuenta Tuerquita, que la semana pasada despidió a su cuñado Manuel Jorge Olivares Núñez, conocido como el payaso Miky, quien murió el martes de un infarto.
Y a sus 7 años, su sueño de niño, el anhelado Yo quiero ser cuando grande payaso, como mi papá se cumplió. Pernito le dijo: Betico, ¿te gustaría ser payaso?. A mí se me rebozó el corazoncito de contento. Sí, papito, yo quiero ser como tú, le contesté, cuenta Alberto Junior, cuya madre murió en un terremoto en Guatemala.
Esa tarde me maquilló la carita igual que él y me puso Tuerquita. Empecé a salir en televisión en El club del roblecito con Álvaro Ruiz El hombre feliz, recuerda Tuerca, quien trabajaba junto a su padre y a Pirinola. Su hermano Bebé estaba en Perú.
A los 7 años me sentí muy importante porque ya era famoso. No jugaba con los niños de mi edad, me la pasaba con los muchachos grandes en el parque del barrio Teusaquillo. Y uno de los de la gallada me dice: Tuerquita, ¿Te gustaría fumar marihuana?. Y yo: ¿Qué es eso?. Eso es chévere, me respondió. Cuando cogí ese cigarrillo y aspiré, aquel niño inocente se enterró vivo. Colombia me aplaudía, me elogiaba, me rendía pleitesía y yo, a los 7 años empecé a fumar marihuana.
Tenía él 10 años cuando se inauguró el Canal 9, Teletigre con el programa El club del zorro, en el que participó con su padre y con El Zorro. A esa edad probó la cocaína y empezó a robarse las cosas de la casa. A los 15 años lo llevaron a la Cárcel Distrital, lo encontraron con marihuana y cocaína. Colombia se enteró, los artistas se avergonzaron de mí, mi padre igual. Empezaron a juzgarme en la prensa con titulares como Tuerquita, cocainómano y marihuanero. A los 6 meses salió.
A los 17 años trabajó con Álvaro Ruiz en Circo en el aire. Además estuvo en Circo en tu casa, El circo Colombina, El circo en directo, todos transmitidos en vivo por televisión. Y llegó Animalandia, donde Pernito, Tuerquita y Bebé, recién llegado de Perú, le echaban baldados de agua a Fernando González Pacheco, el presentador, mientras los niños asistentes al estudio gritaban de emoción.
El famoso programa de la televisión colombiana duró 15 años al aire.
Tuvimos nuestro cuarto de hora. Nos contrataba la mafia, le hicimos la piñata al hijo de Pablo Escobar, nos solicitaban los narcos de Medellín, Barranquilla, Santa Marta, Cali, Palmira, Pereira, Armenia. Nos trataban como reyes. Tuve de todo, dólares, gringas, suecas, italianas... Colombia me elogiaba, me aplaudía.
Pero Tuerquita cayó de nuevo en la cárcel, esta vez en La Modelo. Estuve seis meses en una celda donde había un sicópata, un homosexual, un enfermo siquiátrico y un bobo como yo.
Cuenta que en el Patio 9 se encontró con un empresario que había hecho una estafa grande. Él conocía a su papá, quien fue músico, tocó con Lucho Bermúdez, Pacho Galán y con Los Caribes. Él me dijo: Tú eres el hijo de Perno. Yo aquí tengo privilegios y te voy a dar dos noticias, una buena y otra mala, la buena es que hoy sales a la libertad. ¿Y la mala?, le pregunté. Te van a violar, respondió. Para mí fue tremendo ese golpe. Tenía 18 años. Me hice el enfermo, me llevaron a la enfermería y salí en libertad. No me violaron, pero no porque me hice el enfermo o el loco sino porque Dios no lo permitió.
De Animalandia, cuenta, que lo echaron como a un perro. Que sus amigos le dieron la espalda. Que sus colegas artistas le pedían que se fuera del país. Mi padre me rechazaba.
Y tarareando aquella canción que interpretara Javier Solís: Payaso, soy un triste payaso que oculto mi fracaso con risas y alegría que me llenan de espanto Payaso. Soy un triste payaso que en medio de la noche, me pierdo en la penumbra con mi risa y mi llanto... se fue a vivir a la Calle de El Cartucho, en la época del basuco. Y se quedó por ocho años. Cuando iba a los bufetes de la mafia le escupía a los meseros el caviar en la cara, mientras que en El Cartucho tuve que meter la mano dentro de la caneca de la basura para sacar alimentos llenos de gusanos y comérmelos. Duré dos años sin bañarme. Cuando salía a la calle a robar, a mendigar, a la gente le daban náuseas. Ya no dormía en las suites de los mejores hoteles de Colombia sino sobre papel periódico y plásticos. Ya no andaba con suecas sino con habitantes de la calle enfermos.
Aunque todos sabían que él era Tuerquita, ya no le decían así, sino Caganga. Antes vestía ropa de marca, ahora me arropaba con harapos e inmundicia. Ya no era la salud sino la enfermedad. No era la honra sino la deshonra. No eran el aprecio y el reconocimiento sino el desprecio y el rechazo. ¡Miren al desechable!, decían a su paso.
En El Cartucho, Alberto se encontró a la niña que iba a Animalandia para que le regalara cosas, convertida en jíbara (vendedora de droga). En esos ocho años vio gente importante metida en el flagelo de la droga: músicos, políticos, abogados, personas que dominaban cinco idiomas mendigando y fumando basuco.
Confiesa que ni el dinero ni la fama ni la presión lo llevaron a consumir droga. Decidí vivir el mundo del basuco. Era un mendigo, un pordiosero, un muerto viviente.
Una vez se robó una bomba de cien papeletas (droga), y un jíbaro, Miguelito, al que yo había ayudado antes, recibió una bolsa de cinco gramos de basuco (droga) por mi vida. Me fui a vivir debajo de la estatua de la Plaza de Bolívar en Bogotá. Una noche cae una tempestad que moja mi cambuche. Tengo frío, Maldito el día en que nací, me voy a fumar la última papeleta de mi vida y me mato, dije, bajé caminando por la Novena, le toqué la puerta a un jíbaro y me dijo: Lárgate, te van a matar, y veo a Miguelito con un cuchillo y empiezo a suplicarle: No me mate, se lo suplico, mañana le traigo una cadena, un reloj, pero no me mate. Y aquel hombre, sin clemencia, empezó a clavar muchas puñaladas dentro de todo mi ser. La vida se me iba como el agua entre las manos. Caigo desangrado. Empiezo a exhalar el último suspiro de mi vida y veo una luz brillante, era Jesucristo. Empecé a clamarle con toda mi alma y mis fuerzas: Dios mío, me mataron. Estoy muriendo desangrado, nadie me dio la mano, nadie me levantó. Voy a morir. Y Él me contesta: Cree en mí, que aunque estés muerto vivirás. Le digo: Yo creo en ti, Señor. Y yo solo me fui arrastrando hasta el CAI de la Décima con Sexta. Dos agentes de policía me preguntan mi nombre, Yo soy Tuerquita, el payaso de Animalandia. Me llevan al hospital. Llaman a Pernito y cuando el doctor me dice que mi padre había negado la orden de operación, que prefería verme muerto, alego con Dios: ¿Por qué Dios mío? Colombia me rechazó, mis amigos me traicionaron y mi papito me condenó a morir. Y Dios me dice: Aunque te rechacen padre y madre, yo te recogeré. Y no solo me recogió, me levantó.
Lo operaron. Estuvo durante un mes en el hospital de La Hortúa. De ahí lo llevaron a la Cruzada Cristiana de la Iglesia de Santa Isabel, de la 30 con 2. Estuvo un año en la fundación. Dice que el Señor le regaló unos padres que lo acogieron como a un hijo. Luego conoció a Ledir Salazar en un congreso regional de todas las iglesias. Se enamoraron y se casaron, por la iglesia y por lo civil, en Barrancabermeja. Tienen una hija, de 22 años, y dos varones, de 19 y de 17. En total (con otras uniones) tiene 4 hijas, 2 hijos y 5 nietos. Tengo una hija que no conozco, nació en Manizales, dice.
Asegura que su padre, antes de morir, le decía a la gente: Él es mi hijo, miren lo que ha hecho el Señor con su vida, es un milagro de Dios. Cuando mis amigos me preguntan quién hizo eso conmigo, yo levanto mi mano y digo Jesucristo. Mi vida está enfocada en un rumbo de prevención para la juventud, doy conferencias, charlas y he salido en muchos programas de televisión testificando quién es Jesucristo y qué anhela en sus familias. Voy a fundaciones, colegios, iglesias y participo en campañas.
Dice él que su hermano Bebé tuvo un proceso doloroso, pero con un propósito de salvación. Le amputaron una pierna. Entendí que el poder, el dinero, todo lo que tuvo de nada le servían. Los amigos se dispersaron, la fama menguó y quedó solo en Casa Nostra, ancianato en Bogotá. Pero murió con Cristo y mi padre Pernito y Pacheco también (le prediqué en Charlas con Pacheco).
En quien también Cristo obró, dice Tuerquita, fue en Miguelito, el hombre que intentó asesinarlo. Al que quería matar cuando saliera del hospital. Luego entró a una fundación de cristianos, lo buscó en El Cartucho y le dijo: Miguelito, yo te amo, Cristo te ama, te perdono en el nombre de Jesús.
A los años, un día, Tuerquita grababa en la Cárcel Modelo el programa Muy Positivo, en el patio 3 y la coordinadora le pidió que fuera al 4. Alguien le dijo: Ñero, Tuerquita soy Miguelito, el que lo apuñaló. Fue un impacto verlo allí después de 20 y pico de años. Nos abrazamos, lloramos, lo perdoné. Entregó su corazón a Cristo.
Ahora, Tuerquita, el último payaso sobreviviente de Animalandia, se siente feliz: tengo necesidades, dificultades, pero todo lo puedo en Él.