Por Isabel Peláez y L.C. Bermeo

Pocos la conocen por su nombre completo: Lucy Uribe Carrillo, porque muchos le gritan en la calle de la comuna 11: “Mamá Lucy”. No lo hacen solo sus tres hijos, sangre de su sangre: Carlos Andrés, de 42; Eliana, de 40 y Sebastián, de 29 años, o sus cuatro nietos, sino desconocidos que reciben su amor, cuidado y protección, a diario y en cucharadas rebosantes.

Tiene 62 años y admite que está enferma: “Padezco neumonía; con ese cuento del ACV que sufrí (accidente cerebrovascular), se me torció el lado derecho del cuerpo y tuve una operación del corazón”, pero agradece a Dios que la bendijo con “muchos hijos”; así llama a los habitantes de calle para quienes siempre tiene un plato de comida hecho con cariño.

Me descubrieron un huequito en el corazón, por donde pasó el ‘trombo’, me lo taparon y estoy en terapia, siempre me canso un poquito, pero sigo sirviendo, porque creo que uno vive para servir, no sirve para vivir”, dice Mamá Lucy, quien de lunes a sábados, incluidos festivos, menos los domingos, que es “el día del Señor”, está en su comedor comunitario atendiendo a sus hijitos. “Uno no le dice al hambre que pare el viernes y nos vemos el lunes”.

Lucy Uribe Carrillo tiene su propio comedor comunitario. | Foto: El País

No terminó el bachillerato en su momento; se dedicó a criar a sus hijos y los sacó adelante, trabajando. Desde hace más de una década cumple labor social y se ha desempeñado, por varios periodos, como presidenta de Junta de Acción Comunal. “Terminé ya grande el bachillerato y a los ocho días me inscribí en el Sena y me gradué como técnica en manejo ambiental y al año en procesamiento de frutas y hortalizas. Hice muchos cursos”.

En pandemia, conformó con unas compañeras, en el jardín del Parque de la Bicicleta, una olla comunitaria, en la que repartían comida a población vulnerable. Después de un año, abrió su propio comedor: “Me postulé, saqué mis papeles avalada por mi labor social, y hace cinco años tengo el Comedor Comunitario Boyacá (por la galería Santa Elena), en el que atiendo a habitantes en situación de calle, recicladores, migrantes venezolanos y abuelitos. Abrimos a las diez de la mañana, gestiono con amigos de la Arquidiócesis y de la Alcaldía que nos dan mercados y les hago un menú: una sopa de maíz, puré de papa, ensalada, pollo guisado, maduro calado, agua de panela o juguito”.

Mamá Lucy recibe con amor a esos "hijos" que acoge en su comedor comunitario. Pese a sus dolencias físicas, tiene mucho amor para dar. | Foto: El País

Mamá Lucy se levanta a las 4:30 am a hacer las arepas de su emprendimiento para solventarse y dar de comer a sus “hijitos de paso”, que le agradecen con una sonrisa, a veces sin dientes: “Ay, ma’, cómo le quedó de rica esa sopita, Dios la bendiga”, “que Dios cuide sus manitas”. “Son cosas tan bonitas que digo ‘para qué más’. Eso me ha dado vida, salud; el día que no sirvo, me enfermo”.

Vive con sus papás octogenarios, porque “mis hijos ya tienen sus propias familias y sus vidas agendadas; yo me dedico a lo que más quiero, que es servir”.

Mamá Lucy arropa con sororidad a 150 mujeres emprendedoras de la Comuna 11, al tiempo que a su comedor los abuelos van, conversan, se ríen, pelean y reciben apoyo de gestores, trabajadores sociales y psicólogos. “No son desechables, locos, ni basura; hay doctores, abogados, ingenieros. Antes de tratarlos mal, piensa que Dios se manifiesta en cada persona que te pide comida”.

Olga, ser de luz

A sus 57 años, Olga Patricia Guayara Grajales es madre de tres hijos: Ámbar, Hugo y Margarita, y abuela de María José.

Llegó a Cali hace tres años, proveniente de Buenaventura. “Saqué a mis hijos de allá por el tema de la violencia; no estaban en buen ambiente para continuar con sus estudios ni había muchas posibilidades”.

Para Olga, sus hijas y su nieta también son maestras. Foto: suministrada por Olga Patricia Guayara | Foto: El País

En sus maletas, Olga empacó sus cosas, las de sus hijos y su emprendimiento, Infinito Aroma Ser de Luz @infinitoaromas-btura, que nació desde que vivían en el Puerto y que se ha convertido en su propia bandera de resiliencia: “Somos un taller artesanal de velas; las elaboramos e intencionamos desde el amor, para que a quien las lleve y las encienda, le cuenten una historia, le evoquen recuerdos y le transmitan sensaciones y sentimientos positivos”.

Para esta madre, sus hijos han sido luz en sus días más oscuros: “Al llegar a casa y ver sus sonrisas, siento la satisfacción de que sacamos adelante un proyecto de vida juntos; me dieron su apoyo, les enseñé cosas, pero también aprendí de ellos, en este camino, que cuando uno se propone algo, no hay barreras si se tienen disciplina y fe”.

Un día decidió que el dolor no iba a definir su historia: “En el momento en que me quedé sola, me di cuenta de que era responsable de tres hijos y que mi vida no podía repetirse en la de ellos, que debía sacarlos adelante”.

Para Olga, sus hijas y su nieta también son maestras. | Foto: El País

Olga tenía seis meses de embarazo y un hijo de un año, cuando a su esposo lo asesinaron frente a su propia casa: “Sentí que había quedado al borde de un abismo, sola, con tres chicos, pero fue por ellos y por esa nueva vida que iba a llegar, mi niña, que decidí seguir luchando”.

Hoy en día, dice en medio de lágrimas: “Yo abrazaría a esa Olga del pasado y le diría que fue muy valiente y le agradecería por lo que hizo por mis hijos”.

Aun en medio de las dificultades, sus hijos nunca pasaron hambre y Olga les enseñó a practicar el agradecimiento, todos los días y en todo momento: “Siempre hay que darle gracias a Dios por todo, por lo bueno y por lo malo, que también es aprendizaje”.

De ellos, Olga admira la nobleza y la disciplina que han tenido. Esta última se las inculcó ella al inscribirlos en deportes: a su hijo, en karate, y a su hija, en patinaje y atletismo.

Aprendieron a través del deporte que podían lograr muchas cosas. Mi hija menor representó con éxito a Colombia en Nueva York en un concurso de robótica y mi hijo ocupó el cuarto lugar a nivel nacional en karate”.

Fue mientras iba y venía de Cali a Buenaventura a ver a su hija menor que estuvo hospitalizada, que le surgió la idea del negocio familiar, en junio de 2020, en plena pandemia, cuando buscó en qué ocuparse, porque ella no se puede estar quieta: “A través de la Fundación WWB Colombia empecé a capacitarme, ellos me impulsaron con mi emprendimiento”.

Infinito Aromas es el emprendimiento de Olga Guayara, quien las intenciona para que cada persona tenga luz de armonía y bienestar en su hogar. | Foto: El País

Mientras su negocio crecía y sacaba adelante su hogar, aprendió a ser mamá y papá a la vez: “Descubrí una fortaleza que no sabía que tenía, eso me enseñó que sí era capaz de hacer las cosas”.

Su consejo para las mamás que buscan emprender es que piensen en sus hijos, “Ellos tienen derecho a tener una vida digna. Deben creer en sus sueños, ante todo, y que cada cosa que hagan no sea desde la necesidad o la carencia, sino desde la abundancia y el amor. No piensen: ‘Necesito vender esta vela porque tengo que comer hoy’, sino en qué otro necesita esa luz y ese mensaje que le vas a transmitir, esa tranquilidad y ese bienestar”.

Su mayor regalo es “saber que he dibujado sonrisas en el alma de mis hijos y, al preguntarles qué recuerdan de su niñez, me dicen: ‘Que nos hacías reír, que nunca nos hiciste sentir mal, a pesar de las dificultades’. Eso me llena de orgullo, aunque no soy perfecta”.

Al mismo tiempo, Olga, quien es hija única, agradece a su mamá, Mariela Grajales, la persona que siempre la ha apoyado, con quien comparte su trabajo y con quien vive actualmente. Recuerda con especial cariño los paseos por el parque los fines de semana. Fue ella quien le enseñó el significado de esas cuatro letras: “m, a, m, á”, con las que se conjuga el verbo amar.

El amor no tiene ADN

María Isabel Lacouture Gómez, a quien toda su familia llamó siempre Marisa, tiene 58 años y es odontóloga. Hace dos meses, con el nacimiento de Simona, se convirtió por primera vez en abuela y está rebosante de felicidad.

Acompañé a mi hija durante todo su embarazo; es la primera vez que vivo la experiencia de forma tan directa”, cuenta Marisa.

“Con todos los estados hormonales que padeció, los dolores de la cesárea y ahora que su cuerpo está cambiado, ella bromea diciéndome: ‘Qué suerte la tuya, mamá, que no pasaste por todo esto’, y nos reímos juntas. Aunque, claro, yo hubiera dado todo por haber tenido dentro de mí a mis hijos”, confiesa.

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Cuando Marisa y Fernando se casaron, tenían el sueño de formar su propia familia; ambos venían de grandes descendencias costeñas, pero al cabo de dos años de intentar un embarazo, no lo habían conseguido, cuando lo acostumbrado es un año para una pareja que no planifica.

Así fue como empezaron a buscar programas de fertilidad y durante cuatro años dedicaron tiempo para viajar a clínicas en Bogotá y Argentina, dinero y muchas oraciones, con la esperanza de tener un hijo biológico: múltiples intentos a través de inseminación artificial y fecundación in vitro, sin lograrlo.

La familia: Marisa en el centro, al lado derecho, detrás su hijo Fernie, y atrás de ella su hija, María Isabel. En frente, al lado izquierdo, Fernando, su esposo, y de último, su yerno. | Foto: El País

Durante ese tiempo, Marisa creó un grupo de Infértiles Anónimas que funcionó durante dos años, en el que ella y otras mujeres que deseaban ser madres y no podían embarazarse compartían sus historias y juntas se hacían resilientes.

Para 1994, antes de caer en el pesimismo, su prima Isabel la motivó finalmente a buscar la opción de adoptar; “ella tenía tres hijos adoptivos y nadie era más feliz. Isabel ha sido una constante en mi vida y fue quizá el primer ejemplo que tuve de la adopción como un camino posible”.

También fue determinante que una amiga, a quien había conocido en la clínica de fertilidad, recién había adoptado a una bebé.

Cuando Marisa decidió pedir consejo a su prima, así respondió ella: “He estado esperando esta llamada desde hace mucho tiempo. No se van a arrepentir nunca”.

“Yo soy muy creyente y llegó un momento cuando yo dije: ‘Pero si Dios no me lo ha mandado y no me lo quiere mandar con todos estos tratamientos, esto es un mensaje de que yo no tengo por qué seguir buscando un hijo biológico, sino hacer otra cosa’. En ese momento acababa de perder un tratamiento costosísimo con unos embriones que me habían trasplantado, pero me seguía preguntando cómo puede uno estar tan feliz con un bebé que no es biológicamente tuyo, y veía a mi amiga y a mi prima tan felices, hasta que algo cambió en mí”, recuerda.

Isabel la recomendó en la Fundación para la Adopción de la Niñez Abandonada (FANA), una institución que existe desde 1972 y cuenta con licencia del Instituto de Bienestar Familiar (ICBF), para que iniciaran los trámites de adopción. Un año después, en febrero de 1995, Marisa y Fernando dieron la bienvenida a una bebé de 3 meses a quien llamaron como su madre, María Isabel.

Al año siguiente, la familia creció más con la llegada de Fernando Andrés, nombrado como su padre, pero a quien todos llaman Fernie.

María Isabel Lacouture Gómez con su familia. | Foto: El País

Ellos se llevan año y medio de edad; los criamos muy parejitos y, desde el principio, cuando nos los entregaron, entendimos que eran nuestros, sin dudarlo un momento y, aunque también les dijimos la verdad, esto no afectó para nada nuestra relación, porque les demostramos que estamos aquí para ellos y para siempre. Crecieron sintiendo que el amor era igual, y nuestras familias así también lo aceptaron, porque para entregar tu amor no necesitas una prueba de ADN”, comenta Marisa.

De hecho, agrega, “creo que la clave de la felicidad en nuestro grupo familiar es que no ocultamos este pasado, que tanto nosotros, que no tuvimos la oportunidad de concebir hijos biológicos, como ellos, que fueron dados en adopción, cargábamos un duelo, pero el saberlo nos unió mucho más; al final todos nos escogimos para estar juntos, y la cuestión de la adopción muy pronto pasó a un segundo plano”.

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La mayor, María Isabel, estudió diseño y administración en Nueva York, creando su propia marca de ropa. También se casó y ahora tiene su primera hija, Simona, que es la nueva consentida de sus abuelos, Marisa y Fernando.

Fernie, cuando cumplió los 18 años, decidió abrir su folio de adopción, una historia con la información de cuando fue entregado por su madre biológica y a la que solo ellos, en su mayoría de edad, pueden acceder.

Cuando Marisa se ofreció a ayudarle, si así lo quería, a buscar su madre biológica, él respondió: “Necesitaba saberlo para cerrar esa puerta”.

Luego, estudió derecho y se especializó en propiedad intelectual; ahora trabaja en una organización mundial dedicada a esta área, radicada en Suiza.

Entretanto, Marisa escribió y publicó un libro con la historia de su familia, titulado ‘En tu amor encontré mi hogar’, para que muchas madres sin posibilidad de engendrar sepan que se puede ser completamente feliz con la adopción.

Frases

“Hay tantos niños que por diferentes circunstancias no tienen hogar, y no por eso podemos negarle su derecho a una familia, y casos de personas que, pese a tener hijos, no estaban preparadas para asumirlo”.

“Debido a su experiencia y al compartir su historia en un libro, Marisa ahora brinda asesoría y acompañamiento a mujeres y parejas que buscan la adopción”. Marisa Lacouture.