Todas las mujeres hablan en primera persona, cuentan su historia de dolor, del que causaron y el que recibieron en medio de la guerra, son un coro que llama a la conciencia como en la tragedia griega: una guerrillera del ELN y el M-19, una guerrillera que fue comandante y otra que fue cirujana de las Farc, una dirigente de las Autodefensas Unidas de Colombia, la viuda de un líder de izquierda, la viuda de un teniente de las Fuerzas Armadas, la mamá de un soldado muerto en combate con la guerrilla, una desplazada por guerrilleros y paramilitares, una secuestrada por el ELN, la madre de un joven con retraso mental que fue ejecutado por el Ejército y presentado como guerrillero...

Y por último, está la mujer en cuya historia confluyen todas las fuerzas enfrentadas en Colombia: Margot Leongómez de Pizarro, madre de dos guerrilleros, hija de un coronel y esposa de un almirante.

Son voces únicas que la periodista Patricia Lara, a través de un trabajo periodístico riguroso y sensible, escuchándolas expresar en libertad su dolor, convirtió en un grito colectivo que llega desde lo más profundo de nuestra historia de violencia y desgarra el alma.

Las Mujeres en la Guerra, de Patricia Lara, edición conmemorativa por sus 25 años. | Foto: Editorial Planeta

Al final del libro Las Mujeres en la Guerra, una lección de periodismo hecho con humanidad y que debería ser una lectura imprescindible para todos los colombianos, publicado por primera vez en el año 2000, estas mujeres que concentran el sufrimiento de una nación que se ha odiado por demasiado tiempo, son también las que aún guardan el amor que necesitamos para vivir en paz.

La escritora y periodista bogotana de 75 años, a su paso por Cali, habló sobre la conmemoración de los 25 años de su obra maestra del periodismo, publicada en nueva edición, y del llamado de las mujeres que aún Colombia se niega a escuchar.

—Las Mujeres en la Guerra fue publicado por primera vez hace 25 años y hoy, por desgracia, nos sigue doliendo la vigencia de estas páginas...

Se han publicado 26 ediciones y esta nueva ya va para reimpresión, yo creí que no se iba a vender porque es un libro de tantas ediciones y tan pirateado, aunque esta trae un testimonio nuevo y un prólogo de Laura Restrepo.

Pero esa vigencia creo que se debe a dos cosas: una, que el conflicto no acaba en Colombia, sino que se recicla, eso es muy triste. Lo otro es que son historias de carne y hueso donde la guerra no es una estadística, no es tantos muertos, tantos heridos, etcétera, sino la historia de estos seres humanos que son mujeres que, además, están situadas en los 360 grados del conflicto. Hay cuatro que se pueden llamar victimarias y el resto, que son ocho, son víctimas del conflicto desde todos los puntos de vista.

Son historias encontradas o digamos enfrentadas, porque justamente lo que yo buscaba es que al leerlo de pronto quienes han sido victimarios o victimarias vean que fueron o acaban siendo también víctimas, que reconozcan sus historias contadas de una manera absolutamente fidedigna, con una elaboración literaria que es más estructural que otra cosa, en cuanto a ordenar los testimonios, pero estas son 100 % sus historias.

"Yo escribí una novela que se llama Hilo de Sangre Azul, es sobre una pirámide de estrato ocho y hay un asesino. Cuando uno escribe ficción se da cuenta de que dentro del ser humano hay muchas personas: yo soy muchas Patricias. Uno no es bueno ni malo, uno es de todo un poquito”. Patricia Lara | Foto: Alejandra Quintero

Historias enfrentadas, en las que también están narradas las historias de quienes pueden considerar sus enemigos o sus enemigas, desde el bando que estén defendiendo. Así que al leer este conjunto, donde se incluye al otro, o la otra, yo buscaba que se viera la guerra desde esa perspectiva circular, así quizá los victimarios llegaban a ser conscientes del dolor que causaban. Y, por otro lado, también que las víctimas entiendan que los victimarios también han sido víctimas, y comiencen a verse a los ojos los unos con los otros, para comenzar a comprender el conflicto de otra manera más compleja.

Antanas Mockus, que fue quien presentó el libro originalmente en el año 2000, dijo una cosa muy bonita ese día: que cuando lo leyó, se conmovió profundamente y llegó a la conclusión de que si él hubiera sido cada una de esas mujeres hubiera acabado siendo lo mismo que fueron ellas.

—El libro, sobre todo, apela a la importancia de aprender a vivir dentro de una pluralidad de historias, ¿se está perdiendo esa capacidad de escuchar al otro que ha sido clave para la paz?

En el discurso que pronunció el presidente De la Espriella en la ceremonia de inauguración del diario El Tiempo, cuando habló de lo que era la prensa y el periodismo, dijo que no se debía entrevistar a los violentos, un concepto que es realmente un disparate.

Un disparate en el sentido de que, obviamente no se puede hacer apología de la violencia o del delito, eso está claro y no está en discusión. Pero lo que hay que entender es por qué los violentos llegaron a estas circunstancias. Lo que hay que entender es cuáles son sus historias. Si uno no entiende las raíces de los problemas y sus causas, nunca los puede solucionar. Entonces, lo que hay es que oírnos, escucharnos todos los colombianos y entendernos. Construir un país donde quepamos todos. No un país donde solo quepa la mitad y la otra mitad, ¿qué hacemos con ella?

Hay una anécdota que contó hace poco un sacerdote en su sermón: “Un niño le pregunta al papá: ‘Y si matamos a todos los malos, ¿quedamos todos los buenos? Y el papá le respondió: ‘No, hijo. Quedamos los asesinos’”. Creo que esto es muy diciente.

—En su trabajo para este libro, ¿cómo manejó la complejidad entre sentir empatía por estas mujeres y, al tiempo, el distanciamiento como periodista, en particular de quienes fueron victimarias?

Yo no manejo distancia. Entrevisté a unas mujeres que son seres humanos. Sobre eso, contaba en la presentación del libro que aparte de periodista yo he hecho muchos años de psicoanálisis. Y como que de esa técnica del diván, cuando uno se recuesta y atrás hay un psiquiatra, hombre o mujer, que lo escucha casi sin decir nada, y uno cuenta su historia y va asociando libremente un recuerdo con otro, una historia con otra, que es como fluye el psicoanálisis, casi que eso fue lo que yo hice en Las Mujeres en la Guerra.

Y la primera pregunta a todas las mujeres fue: ¿Cuál es su primer recuerdo de infancia? Y, a partir de ahí, me fueron contando su historia. A mí no me interesaba juzgarlas, ni yo soy de esas periodistas fiscales o inquisidoras, no, yo quería escucharlas y sus historias son las que están en el libro, en el que también se nota que todos los seres humanos somos buenos y malos.

Las Mujeres en la Guerra ganó el Premio Planeta de Periodismo en el año 2000. Otro libro de Lara es La Espada de Bolívar, publicado en el 2023. | Foto: CaliLee

Y eso uno lo ve uno claramente cuando escribe literatura. Yo escribí una novela que se llama Hilo de Sangre Azul, es sobre una pirámide de estrato ocho y hay un asesino. Este libro fue un best seller, y RCN hizo una telenovela de sesenta y pico de capítulos, pero desafortunadamente la pasaron como a las 11 de la noche. Fernando Gaitán ayudó en la concepción del guion.

Volviendo a mi respuesta, es que uno va construyendo personajes complejos. Recuerdo que Laura Restrepo presentó ese libro y dijo que uno se va desdoblando en los personajes, y yo le comenté: “Es que yo ahí también soy el asesino”. O sea, cuando uno escribe ficción uno se da cuenta que dentro del ser humano hay muchas personas, yo soy muchas patricias. Uno no es bueno ni malo, uno es de todo un poquito.

—En la introducción original del libro dice: “La guerra nos la están imponiendo los hombres”, ¿en qué consiste esta crítica a la masculinidad?

No diría que a la masculinidad, más bien es una crítica a la testosterona. En ese sentido, recuerdo una entrevista que le hice a la Premio Nobel de Paz, Jody Williams, en 1997. Se lo dieron por crear la campaña contra las minas antipersonales que se convirtió en el Tratado de Ottawa que las prohíbe en todo el mundo.

Ella decía que el problema de la guerra era la testosterona, porque hace que los hombres sean más violentos. Y eso es así.

—Y, ¿cómo ve ese problema de la testosterona en el poder?

Pienso que el machismo es un generador de violencia brutal. Sobre este tema he estudiado mucho, y una de las cosas importantes que hicimos en el viejo Cambio 16 con Eligio García Márquez, fue una entrevista a los doctores Otto y Paulina Kernberg, ya ellos se murieron. Era psicoanalistas, especialistas mundiales en lo que se llama personalidades fronterizas. Ella chilena y él austríaco.

Hablamos con ellos para ver dónde estaba el origen de la violencia, ¿por qué los violentos son violentos? Y lo que nos dijeron es que se genera principalmente en las personas que han sufrido primero, maltrato físico en su infancia, después, psicológico y luego, sexual. Esto asociado con otros factores en la vida, como pobreza extrema, hacinamiento, la no existencia de un sistema de justicia efectivo para todos, el hacer justicia por su propia mano...

Patricia Lara presentó la edición conmemorativa de su libro en el Festival Internacional del Libro CaliLee 2026. | Foto: CaliLee

Pero hay un factor disparador de la violencia, que es el de dividir el mundo entre buenos y malos, eso que hablábamos ahorita con la anécdota del cura. El dividir el mundo entre buenos y malos promueve que los llamados buenos legitimen el acabar con los malos. Y los llamados malos, que a su vez se sienten buenos, porque no hay malos que se sientan malos, todos ellos creen que tienen la razón, y también encuentran cómo legitimar su derecho de acabar con los otros. Esa lógica terrible se repite todos los días aquí, en la televisión, en las redes y con el presidente, y con no sé quién más, reafirmando un patrón de conducta muy complicado.

—¿Cómo puede ayudar el periodismo a superar ese pensamiento simplista?

Lo que nos salvaría, en el periodismo, sería seguir la línea de García Márquez, en la que insistió tanto, de que hay es que contar bien el cuento. Nosotros aquí no contamos el cuento. Nuestros relatos están llenos de adjetivos. O sea, él se refería a hacer relatos sin adjetivos. Contar, pasó esto, a tal hora, en tal lugar, donde estaba fulano y fulano, qué fue y cómo ocurrió. Pero uno lee textos aquí y oye radio, lo que más consume la gente, y todo lo que encuentro son diatribas llenas de adjetivos. Entonces, los hechos son los que se cuentan en Las Mujeres en la Guerra, las vidas que no se habían contado.

Gabo decía, hablando de periodismo, que la ética es a la técnica como el zumbido al moscardón. Es decir, son inherentes a ellos. Hay un moscardón dando vueltas y uno oye el zumbido. Bueno, igual pasa con el periodismo. Cuando un texto tiene fallas éticas es porque tiene fallas técnicas. ¿Cuáles son las fallas técnicas? No consultar las distintas fuentes y contrastar versiones. ¿Qué se hace en Las Mujeres en la Guerra? Mostrar los 360 grados del conflicto. Nadie puede decir que es un libro parcializado para un lado o para otro.

Hay que verificar las cosas, dar el contexto, pero no contar el cuento de manera que beneficie a Pedro o a Juan. No nos puede importar a quién beneficia o a quién perjudica, hay que contar el cuento. Ya después los opinadores, los columnistas, los analistas, que hablen sobre el cuento. Pero los periodistas no podemos desfigurar la realidad. Y aquí uno se encuentra que están desfigurando los hechos, o que están ocultando un pedazo de los hechos.

—¿Qué ocurre cuando la libertad de expresión del periodismo es aprovechada para contar los hechos con intereses, sesgados o para crear narrativas convenientes a sectores poderosos?

Hace muchos años fui presidente del comité de ética del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB), que funcionaba de forma muy interesante, allí se presentaban los casos y se analizaban, concluyendo en la mayoría de las veces que la técnica se había incumplido, fallaban en lo que decía el manual de qué debía tener un trabajo periodístico.

Ahora no hay muchas instancias éticas para el periodismo. La Fundación Gabo tiene un una sección y Yolanda Ruiz hace parte, junto con una periodista chilena, y hacen consultas, pero no es como lo que tenía el CPB.

"Las mujeres no estamos hechas para la guerra. Así lo demuestra este libro: no nos sentimos cómodas en ella. Ni siquiera las tres guerreras que hablan aquí. A ninguna le gustan las armas”. Patricia Lara | Foto: CaliLee

En la actualidad, en nuestro país, yo creo que se está haciendo muy mal periodismo. Y, por consiguiente, muy antitécnico y muy antiético, básicamente porque no se cuenta bien el cuento, hay que contar el cuento completo. No quiero generalizar, obviamente hay excepciones, pero lo que oye la gente todos los días por radio y lee en diferentes formatos, es un sancocho de cosas que no siempre es fácil de discernir.

Sobre todo esos programas, que son la moda, de tener un periodista de derecha, otro de izquierda, otro de centro, otro no sé qué, que opinan sobre cada cosa, pero en últimas los hechos, el cuento, no se cuenta. Cuando se terminó CM&, yo entré en un duelo inmenso. Porque qué hacía Yamid Amat: contaba bien noticia, el cuento. A partir de ahí que opinen lo que quieran.

—Estamos ante un gobierno que comenzó cerrando las ruedas de prensa solo para “medios amigos”, limitando las declaraciones de sus funcionarios y empleando voceros oficiales, sin posibilidad de cuestionamientos directos. En estas circunstancias, ¿qué importancia tiene el periodismo independiente?

Eso atenta contra la democracia, definitivamente, porque para que funcione los ciudadanos deben estar bien informados. De modo que tener todo en secreto y permitir que se sepa solo lo que quieren, hace que los ciudadanos estén mal informados y sin el conocimiento que se requiere para tomar decisiones con libertad y conscientes.

Sería terrible que se llegara a debilitar la prensa independiente, para el país y para la democracia sería una tragedia. Ojalá no ocurra.

Así que es fundamental el periodismo independiente, el que hacen medios como Cambio, La Silla Vacía, y otros cuyos dueños no son grupos económicos. Medios que cuentan bien el cuento. Y el cuento a veces favorece a Abelardo y a veces lo desfavorece. A Petro le dimos durísimo y a veces salió favorecido, pero se contaba el cuento, no con adjetivos, sino con los hechos.

Mi consejo a los periodistas es que resistan, no ceder a la presión y ser honestos en su formación, contar el cuento completo.

—¿Cuál es la lección más importante sobre el poder que aprendió en todos sus años de oficio periodístico?

Esto aplica para el poder aquí y en todos los países, y no solo con el poder político, para todos los poderes. Y es que los poderosos siempre quieren que sus obras y sus acciones, y su imagen, salgan lo mejor posible, eso es humano. Por eso, tienden a ensalzar a los periodistas, pero nosotros tenemos que estar muy atentos a no creerle a los que están en el poder.

Si algo aprende uno cuando estudia periodismo es a ser escéptico. A dudar de lo que dicen los poderosos, hay que oírlos, como a todos, pero la técnica y la ética nos dicen que siempre hay que contrastar.