El escritor Nahum Montt se permitió la licencia de recrear un encuentro entre los más grandes escritores de las lenguas inglesa y castellana en su más reciente libro ‘Hermanos de tinta’.

El libro se llama ‘Versado en desdichas’. Es una novela que vio la luz en el año 2006 de la mano de un novelista y maestro de escritura santandereano que  quiso entrometerse en la vida del autor que un día parió estas líneas universales: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”...

Fue el producto de una larga investigación que le tomó cerca de una década y que al final le ayudó a desmitificar al padre de El Quijote, a quien siempre habría reducido a la imagen si se quiere insípida, si se quiere romántica, de un hombre manco, pobre y cornudo.

A las aventuras de El Quijote y su amigo Sancho, Nahum Montt llegaría ya de adolescente, pues en su niñez a su Barrancabermeja natal no llegaban los grandes clásicos sino los  ‘sheriffs’ del lejano oeste gringo de Silver Kane y los mafiosos del italiano Mario Puzo.

Muchos años más tarde, metido de cabeza en sus pesquisas, supo que  el más grande autor español de todos los tiempos había sido en realidad un hombre distinto y más complejo: Miguel de Cervantes Saavedra fue un escritor de talento descomunal, pero asediado por las circunstancias de su tiempo, derrotado por la indiferencia oficial y vilipendiado por sus colegas de oficio que no valoraban sus historias.

Lejos de aliviar su curiosidad, ese escritor santandereano tenía aún más dudas por resolver sobre la vida del Manco de Lepanto.

No era el único. Hace apenas unas semanas, el mundo entero asistió, casi en directo, a la noticia científica del hallazgo de unos restos que al parecer serían los suyos, en un convento madrileño del barrio de Las Letras, donde había sido enterrado de caridad después de morir en la miseria. Hoy, sus lectores tienen más interrogantes que certezas.     

La duda que más obsesionaba a Montt tenía que ver con la posibilidad de un supuesto encuentro entre Cervantes con nada menos que el padre de las letras inglesas, William Shakespeare. Total, se dijo, juntos habitaron el mismo siglo, el XVII, y murieron con escasas horas de diferencia: el primero, un 22 de abril y el segundo un 23 del mismo mes de 1616.

Montt, autor de ‘El eskimal y la mariposa’, que le mereció un premio nacional de novela, y de ‘Lara’, novela que se mete de frente con la violencia y recrea el asesinato de  Rodrigo Lara Bonilla, se había formado durante años en el rigor de la investigación académica.

Gracias a las herramientas que encontró en ese campo se dio a la tarea de rastrear  las posibilidades históricas que hubiesen permitido dicho encuentro. Y en esas estaba, consultando bibliotecas de aquí y de allá, cuando tropezó con un episodio que involucró la llegada a Valladolid, España, de una delegación cultural de más de 600 ingleses.

El asunto había tenido lugar en 1605, tras firmarse un tratado de paz entre España e Inglaterra. Se le conoció como Tratado de Londres y fue lo único que puso fin a la Guerra anglo-española que enfrentó  a estos países entre 1585 y 1604.

Fue así, encontró Nahum, que a Valladolid llegaron decenas de “pintores, arquitectos, músicos y teatreros  provenientes de Inglaterra” con el único y sano propósito de aprovechar la tregua y conversar a placer sobre sus artes.

Sin embargo, el autor colombiano descubrió también  que los historiadores daban fe de que, por esos días, Shakespeare estaba en otro lugar, lejos de España. Nahum Montt veía, irremediablemente, cómo naufragaba su intento de una novela sobre el encuentro entre los dos grandes escritores.

Así duró unos meses, hasta que su investigación lo dejó delante de un  acta escrita por un alguacil de nombre Villarroel en la que narraba la muerte de un hombre conocido como Gaspar de Ezpeleta. En esas líneas se leía que se llevaba a la cárcel a Miguel de Cervantes y a sus hermanas, que se ganaban la vida como prostitutas. Todos eran sospechosos.

Era ese el impulso que su proyecto literario necesitaba. El que lo llevó a sentarse frente a la pantalla del computador para escribir sin parar hasta llegar al punto final de ‘Hermanos de tinta’, una novela de aliento policiaco, tejida con una serie de  asesinatos en una Valladolid en pleno verano en los tiempos en que, aparentemente, soplaban vientos de paz y concordia.

“En un comienzo imaginaba poder tener la suerte de encontrar información sobre un encuentro entre Shakespeare y Cervantes, me parecía hasta lógico, pero luego pensé: ¿para qué está la literatura si no para hacer posible lo imposible? Yo sabía que todos los vacíos los podía cubrir con imaginación”, cuenta Montt, que presentó su novela en la pasada Feria del Libro de Bogotá.

En ese mismo documento del alguacil Villarroel, que data del  Siglo XIX, el autor confirmó que el padre del Quijote de la Mancha había pasado gran parte de sus días de escritor en una calle de prostitutas y que sus propias hermanas, a quienes todos llamaban las ‘Cervantas’, se dedicaban a ejercer ese antiguo oficio.

Su aspiración narrativa, en todo caso, era auscultar sobre el lado humano de los dos escritores. De Cervantes le atraía esa vida entre malevos y de Shakespeare el hecho de que la historia lo juzgara literariamente como un grande solo hasta muchos años después, pues en su tiempo no gozaban de  prestigio los autores dedicados a crear piezas teatrales. 

El reto era encontrar las puntadas narrativas que permitieran convertir a dos plumas encumbradas justamente en dos hermanos de tinta. Fue entonces cuando a Nahum se le ocurrió el disparate sublime de que Cervantes leyera a ‘Hamlet’, ignorando conscientemente la limitante más obvia: la barrera idiomática que lo separaba de Shakespeare.

En un comienzo, su investigación no le permitió establecer que   Shakespeare conociera del castellano. “Pero como Miguel de Cervantes había sido prisionero en Argel, capital de Argelia, en África, a donde llegaban piratas ingleses”,  imaginó que se podía aventurar a ‘ficcionar’ la imagen casi poética de ver al más grande de las letras españolas leyendo al más grande de las letras inglesas.

Sobre la mentira piadosa de que Cervantes leía inglés, Nahum sustentó parte de la trama de ‘Hermanos de tinta’. Luego, de labios de  Carmen Millán, una  especialista en el Siglo de Oro, supo que William Shakespeare sí sabía español y aquello le había permitido traducir y adaptar ‘El Cardenio’,  pieza teatral de Cervantes, que en su momento se conoció como ‘Historia del loco Cardenio’.

Así, en ‘Hermanos de tinta’, la buena literatura y la gracia de un escritor colombiano consiguieron que ‘La tragedia de Hamlet’, una de las obras cardinales de Shakespeare, fuera ‘editada’ en español.

Hasta ahora, Montt no tiene noticias de ningún historiador que haya puesto el grito en el cielo. Él solo cree que podía permitirse esa licencia poética pues está seguro de que el mundo se divide “entre quienes leemos Don Quijote y aprendemos de él y los que no lo han leído y se han perdido el maravilloso encuentro con el más hermoso y complejo personaje literario”.

Su nueva novela está muy cerca también de otros clásicos suyos. Cerca de las Novelas Ejemplares, en especial de ‘El coloquio de los perros’, ‘Rinconete y Cortadillo’ y ‘El casamiento engañoso’. Y de la  novela ejemplar que más lo ha hecho feliz y que siempre acaba recomendado a los alumnos de sus talleres de escritura creativa, seguro de que es la puerta más efectiva al universo de  Cervantes: ‘El licenciado vidriera’.

Es la historia de un estudiante brillante que es hechizado por una bruja mediocre y amanece convencido de que se convirtió en vidrio. Comienza de esa manera, “la trama de un hombre de cristal que camina por en medio de las calles por temor a romperse, con una gran sabiduría e ingenuidad. Un chiflado que dice las más grandes verdades”.

El propio Nahum Montt se siente un hermano de tinta de Cervantes y de Shakespeare. La razón es simple: los ha leído. “Uno es alguien  antes de leer a  ‘El Quijote’ o a ‘Hamlet’. Y otro distinto después de haber pasado por esas páginas”.