Más de 30 años después de la muerte de Andrés Caicedo, tres autores revelaron en Hay Festival cómo los influyó ‘Que viva la música’.

Echá memoria. Si vos pasás de los 40 años de seguro recordás bien esta historia: la de María del Carmen Huertas, la pelada del barrio Versalles que un día, en esa Cali eufórica que era la Cali de los 70 se fue a rumbear al Sur. Pobre. Qué mal empezó a irle en el colegio. Es que la pelada empezó a frecuentar grilles con “la gallada” y con Ricardito, ‘el miserable’, ese amigo inolvidable de la infancia. Salsa y rock. Richie Ray y Bobby Cruz. Rolling Stones. Drogas y sexo…Esa historia la contó el loco Andrés Caicedo. Porque hay que tener mucho de delirio para estar convencido de que no valía la pena vivir más de 25 años. ¿Lo recordás? Sí, ese rebelde que desde niño comenzó a escribir cuentos, guiones, poemas, novelas, obras de teatro y a ver todas las películas de este mundo, como presintiendo que la muerte se lo llevaría demasiado pronto. Diez años de trabajo literario y de coqueteos con el cine con ese ‘parche’ que hizo historia en Cali comandado por Carlos Mayolo.El creador de ‘El atravesado’, de ‘Angelitos empantanados’, de ‘Calicalabozo’, de ‘Ojo al cine’, de ‘Noche sin fortuna’. El que hizo de la Avenida Sexta un referente literario, de la salsa un personaje y del sexo una duda por resolver.Pero no nos distraigamos, vé. Esa historia de María del Carmen se llama ‘Que viva la música’ y el día que ese loco se mató, acababan de entregarle el primer ejemplar de esa novela hecha libro. Y vea usted que la novela, 30 años después, ha sido traducida al italiano, al alemán, al inglés, al francés.Y vea usted también que esa novela marcó a toda una generación posterior de escritores. Tres de ellos, Ricardo Silva Romero, Antonio García Ángel y Carolina Sanín, se sentaron en el auditorio del Instituto Bellas Artes de Cartagena a conversar sobre eso. Sobre cómo ese rollo de la caleñísima María del Carmen, de La Mona, y sus excesos despertaron su apetito literario.La que habla primero es Sanín. Ella recuerda que la primera vez que leyó ‘Que viva la música’ tenía 17 años. Y, más que una novela, lo que sintió que tenía frente a sí era un “joven de extraordinario talento que terminó por convertirse en un suicida”. Su segundo encuentro con estas páginas sucedió mientras estudiaba literatura en la Universidad de Los Andes. Esta vez, la atrapó el tema, esa psicodelia caleña acompasada con música. Es que Caicedo se las ingenió para crear escenas memorables, como esa conversación en la que ‘La Mona’ se imagina de tú a tú con los Rolling Stone.Carolina Sanín lo describe como un “poema psicodélico”. Como un libro de transformaciones: la de su autor que parece plasmar su deseo de salir del clóset y hacerse mujer en la piel de ‘La Mona’ y la de la música que “nos lleva de un rock en inglés que no se entiende a una salsa de barrio que todos son capaces de cantar”.Ahora quien recuerda es Antonio García. Caleñísimo. Autor de una novela sabrosa, ‘Recursos humanos’. Para él, ‘Que viva la música’ está escrito con la cadencia del hablado caleño, pero es a la vez “una demostración de la universalidad” de la obra de Caicedo, por eso ha sido traducido a tantos idiomas.Llegó a las páginas de Caicedo durante unas vacaciones de colegio. Quedó desconcertado. Hasta entonces lo que había leído en literatura ocurría muy lejos de Cali, pero este pelao le hablaba de la Avenida del Río, de la Avenida Sexta, “los mismos lugares por los que salía a caminar con mis amigos. Así que, si creces en Cali, es imposible sustraerse a ‘Que viva la música’ y la Cali que cuenta Caicedo allí”.Que el creador de La Mona y Ricardito, ‘el miserable’, hubiese decidido morir tan joven no fue ni bueno ni malo. “No ha hecho más que acrecentar el mito de ser un escritor maldito e incomprendido que escribió su obra con ambición, cuartilla a cuartilla y que, quizá sin ser su propósito terminó dejándonos una obra de una gran factura literaria a pesar de su edad”.¿Y si Caicedo viviera aún? ¿Vale la pena preguntarse eso? “No vale la pena desgastarse en el tema de qué pasaría si Caicedo viviera. A lo mejor habría terminado convertido en otro nadaísta o en político o se habría suicidado a los 50. Siempre he creído que a los autores no hay que conocerlos, hay es que leerlos. Y en el caso de un autor como Caicedo, leerlos mucho, porque detrás de sus historias, hay potentes reflexiones sobre el oficio de escribir”.Ricardo Silva pide la palabra. Él coincide con Alberto Fuguet, el escritor chileno que escribió la biografía de Caicedo ‘Mi cuerpo es una celda’, en que con la calidad de su literatura demuestra que no fue “el poeta maldito a punto de fundar una religión para quinceañeros dramáticos, como muchos han creído, sino un hombre frágil que trataba de agarrarse de las ficciones para que no se lo llevara la desesperanza”.Su literatura, dice Silva, se hace rica porque la sustentan la personalidad y las tribulaciones del autor. Un ser “frágil, consciente y culposo para vivir el atroz horror de la vida adulta. Las películas le dieron los amigos que le hacían falta. Pero un día no dio más: “no puedo más con la vejez de mi adolescencia”, escribió, “quiero morirme, estoy esperándolo, quiero morirme”. “Caicedo no quiso cargar la adolescencia a cuestas y hasta aceptarla como una parte del cuerpo. Entendió que es una etapa que se convierte en un duelo permanente por el extravío de uno mismo. Y por eso, la única salida es hallar un oficio que aplace la angustia hasta la noche”.