El sismo de magnitud 7.4 que sacudió a Colombia el 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar (Chocó), dejó 289 fallecidos, 4187 heridos, 143 desaparecidos y más de 2400 sedes educativas afectadas; al menos 75.000 niños y niñas siguen sin clases. UNICEF y el Colegio de Psicólogos advierten que el impacto emocional de la emergencia (ansiedad, insomnio, miedo a las réplicas) exige un acompañamiento psicosocial sostenido, sobre todo en Chocó y Buenaventura.

Frente a esas cifras surge una pregunta sin una única respuesta: ¿qué le decimos a un niño cuando el suelo tembló bajo sus pies? Santiago Montaña, psicólogo y Quality & Continuous Improvement Leader de Genuine School, lleva años acompañando emocionalmente a estudiantes que estudian de forma digital.

Esa experiencia le enseñó que la contención no depende de un edificio, sino de los vínculos, la comunidad y la certeza de que ningún niño debe enfrentar esto en soledad. “Un sismo puede alterar nuestras casas, nuestros colegios y nuestra cotidianidad. Pero incluso cuando los espacios físicos cambian, podemos preservar aquello que más protege el desarrollo de un niño: sus vínculos, su comunidad, su capacidad de aprender y la certeza de que no tiene que enfrentar lo que ocurrió solo”.

Estas son sus doce claves psicológicas para acompañar a los niños y niñas de Colombia.

1. Escuchar antes de explicar, y explicar con la verdad

En los primeros días, lo primero es crear un espacio seguro para escuchar antes que explicar. Preguntas simples como “¿qué entendiste de lo que pasó?” o “¿hay algo que te preocupe en este momento?” permiten saber qué sabe el niño, qué imaginó y qué necesita. Los adultos deben explicar lo ocurrido con información verdadera, sencilla y adecuada para la edad, sin detalles innecesarios, y pueden reconocer su propia emoción sin trasladar su angustia. Frases como “no pasó nada”, “no tengas miedo” o “tienes que ser fuerte” deben evitarse, aunque tengan buena intención, porque pueden invalidar lo que el niño siente.“El objetivo de la conversación no es conseguir que el niño deje de sentir miedo. Es ayudarle a comprender que puede sentir miedo y, al mismo tiempo, sentirse acompañado y protegido.”

2. Adaptar el acompañamiento a la edad, no solo el mensaje

La edad cambia por completo la forma de comprender y expresar una crisis. Los niños de preescolar comprenden sobre todo a través de sus cuidadores, las rutinas y el juego; pueden no saber decir “estoy ansioso”, pero sí mostrarlo con apego, llanto o alteraciones del sueño. En primaria aparecen preguntas más concretas —“¿puede volver a pasar?”, “¿nuestra casa es segura?”— que se resuelven mejor con conversación, dibujo e historias. Con adolescentes, lo esencial es no infantilizarlos: necesitan información clara y espacios donde su opinión sea tomada en serio, a veces por videollamada, a veces por escrito o por audio.“El mejor canal no siempre es el más sofisticado, sino aquel en el que el estudiante se siente suficientemente seguro para expresarse.”

3. Los padres y cuidadores son la primera figura de contención

Especialmente en los primeros días, los niños observan a los adultos para interpretar qué tan peligrosa sigue siendo la situación. Contener no significa tener todas las respuestas ni permanecer completamente tranquilo: significa transmitir presencia, escucha, información adecuada a la edad y una recuperación gradual de las rutinas. Y hay un elemento adicional que suele pasarse por alto: el adulto también necesita regularse para poder ayudar a regular a un niño. “Cuidar al cuidador también forma parte de la protección de los niños.”

4. Diferenciar lo esperable de las señales de alarma

Miedo, irritabilidad, mayor necesidad de cercanía, alteraciones del sueño o preguntas repetitivas son reacciones esperables tras un evento de esta magnitud, y suelen disminuir con el tiempo. En adolescentes, incluso la aparente indiferencia puede convertirse en una señal, sin que signifique ausencia de impacto emocional. Lo determinante no es que aparezcan estas reacciones, sino su intensidad, su duración y si empiezan a interferir con la vida diaria del niño. Ante riesgo para su integridad o la de otros, la búsqueda de ayuda debe ser inmediata, sin esperar semanas.“Debemos prestar especial atención cuando las reacciones son muy intensas, no muestran una disminución progresiva o empiezan a impedir que el niño duerma, se alimente, se relacione, estudie o realice sus actividades habituales.”

5. Preguntarse “¿qué cambió en este niño?”, no buscar una lista de síntomas

En los niños pequeños el malestar suele expresarse a través del cuerpo y el comportamiento: llanto, pesadillas, regresiones. En los adolescentes puede ser más silencioso: aislamiento, pérdida de interés, cambios bruscos en el rendimiento. La experiencia de acompañar estudiantes a distancia le enseñó a Santiago Montaña que no se puede depender únicamente de “verlos”: hay que identificar cambios respecto del patrón habitual de cada niño, un principio que aplica a cualquier colegio, presencial o virtual. “Más que buscar una lista rígida de síntomas, debemos preguntarnos: ¿qué cambió en este niño?”

6. Una ruta simple para saber cuándo derivar a un profesional

La recomendación es una secuencia sencilla que cualquier docente o cuidador puede seguir: observar el cambio, escuchar sin interrogar ni diagnosticar, contrastar la información con otros adultos significativos, y valorar la intensidad, frecuencia, duración e impacto de lo observado. Cuando el malestar persiste, aumenta o afecta el funcionamiento del niño, corresponde buscar valoración profesional; si aparece una señal de riesgo para su seguridad, la actuación debe ser inmediata.“Un adulto no necesita establecer un diagnóstico para pedir ayuda.”

7. La contención se construye en las relaciones y las rutinas, no en las paredes

Antes de poder aprender, un niño necesita sentir seguridad, pertenencia y predictibilidad. Un aula emocionalmente segura —presencial o virtual— es aquella donde el estudiante sabe qué va a ocurrir, encuentra adultos disponibles y percibe que alguien nota su presencia y también su ausencia. Recuperar pequeños rituales después de una crisis —saludar, anticipar la agenda, cerrar el encuentro con calma— es, según Santiago Montaña, una de las formas más poderosas de devolver la normalidad.“La contención no depende exclusivamente de las paredes. Se construye fundamentalmente a través de relaciones humanas consistentes y rutinas que devuelven cierta sensación de normalidad.”

8. Reconectar, estabilizar y aprender: así se recupera la continuidad educativa

Con más de 2.400 sedes educativas afectadas y al menos 75.000 niños y niñas sin clases en Colombia, la experiencia de acompañar estudiantes de forma remota deja una hoja de ruta útil para cualquier institución sin infraestructura física disponible. La continuidad no debería empezar por reproducir el horario escolar completo, sino por recuperar el vínculo: primero reconectar y saber cómo están los estudiantes, luego estabilizar canales de comunicación y rutinas, y solo después retomar progresivamente los objetivos académicos. Herramientas simples como una llamada, un chat, una guía impresa, pueden sostener a una comunidad educativa incluso sin un espacio físico compartido.“La tecnología puede ser un gran puente, pero no es el principio fundamental. El principio es mantener viva la relación entre el estudiante, su familia, sus mentores y su comunidad.”

9. “El docente puede estar ahí para sostener emocionalmente en el momento, sin meterse a hacer terapia.

Un docente puede observar, escuchar, validar, estabilizar y conectar: reconocer una emoción, ofrecer una conversación segura, adaptar temporalmente una exigencia académica e informar a la familia cuando identifica una señal de alerta. Lo que no debería hacer es diagnosticar o asumir individualmente situaciones de alto riesgo. Y hay un punto que suele olvidarse: los propios docentes están viviendo la misma emergencia, y las instituciones deben ofrecerles espacios de acompañamiento para que puedan seguir sosteniendo a otros. “No podemos pedirle a un adulto que sea permanentemente una fuente de regulación para otros sin ofrecerle espacios para regularse también.”

10. El juego, el dibujo y la respiración, sin forzar al niño a hablar del sismo

Las actividades más útiles suelen ser sencillas y no requieren tecnología: respiración lenta convertida en juego (“oler la flor, soplar la vela”), dibujo para representar emociones sin exigir que el niño verbalice todo lo ocurrido, y juego simbólico, especialmente valioso en los más pequeños, que no necesita ser dirigido por el adulto. El punto más importante, según Santiago Montaña, es no obligar.“No debemos obligar al niño a dibujar, jugar o hablar específicamente sobre el sismo. La expresión emocional funciona mejor cuando ofrecemos posibilidades y respetamos el ritmo de cada niño.”

11. La pregunta no es cuánto tiempo de pantalla, sino qué le hace esa pantalla al niño

La tecnología puede cumplir una función muy positiva cuando conecta en lugar de sobreestimular: permite que un niño vuelva a ver a sus compañeros, hable con un docente significativo o mantenga contacto con familiares lejanos. El problema aparece cuando el dispositivo se convierte en una ventana permanente hacia la emergencia. Videos del sismo, imágenes de destrucción, mensajes alarmistas. Con los más pequeños no hace falta que vean las imágenes para explicarles lo sucedido; con los adolescentes es preferible enseñarles a seleccionar fuentes confiables y limitar la exposición repetitiva. “La pregunta no debería ser solamente “¿cuánto tiempo de pantalla?”, sino también “¿qué está haciendo esta pantalla con el niño?”.”

12. Dar tiempo, no exigir que el niño “vuelva a ser el de antes”

Después de una experiencia de esta magnitud, no es necesario exigirles a los niños que regresen de inmediato a ser quienes eran antes. Se les puede dar tiempo para preguntar, jugar, guardar silencio, tener miedo y recuperar sus rutinas de forma gradual. La mayoría de los niños tiene una enorme capacidad de adaptación cuando encuentra adultos disponibles, relaciones seguras y comunidades que permanecen presentes. “Estoy aquí. Te escucho. Vamos a cuidarnos. Y vamos a reconstruir nuestras rutinas juntos.”

Ninguna de estas claves promete borrar el miedo: buscan recordar que ningún niño debería atravesarlo solo. Mientras Colombia reconstruye aulas e infraestructura, la tarea más urgente sigue siendo la más humana: estar presentes, escuchar y sostener a quienes hoy más lo necesitan.