El 6 de marzo de 2025, en las horas previas del partido entre Junior y América de Cali por la clasificación en la Copa Suramericana, Ricardo Ribeiro, preparador de arqueros de los ‘Diablos Rojos’, tenía una duda que no se podía sacar de la cabeza: “Si llegamos a la tanda de penales, ¿hacia dónde patearían ‘Titi’ Rodríguez y Guillermo Paiva?”
Durante un mes, Ricardo, un exportero brasileño que pasó por 27 clubes antes de convertirse en entrenador de cancerberos, estudió uno a uno a los jugadores del Junior y tenía un plan establecido sobre hacia dónde patearían en caso de que la eliminatoria se definiera por penales. Pero tenía dudas en el caso de ‘Titi’ y Paiva, especialistas desde el punto blanco. Los especialistas, él lo sabe, jamás patean de la misma manera.
Cuando tiene esas dudas, Ricardo apela a otros caminos más allá del estudio del rival: información que le pueda suministrar algún colega, a veces. Pero, en la mayoría de las ocasiones, las “señales” provienen de episodios inexplicables.
— Estaba en el hotel en Barranquilla y no dejaba de preguntarme: ¿dónde patearían ‘Titi’ y Paiva si vamos a los penales?, ¿dónde? Cuando, por casualidad, miro la imagen de un niño en YouTube tapando penales. Ese niño comete un error. Y luego tapa dos penales. ¿Y cómo eran los dos penales? Uno abierto y el otro a la mitad del arco. Ese video de un niño de diez años, al que ni conozco, me permitió visualizarlo: ‘Titi’ patea abierto y Paiva al medio, me dije. Así terminé de completar el plan.
Cuando el equipo llegó al estadio Metropolitano, las tribunas aún estaban vacías. En la cancha, Ricardo conversó con el arquero titular de América aquella noche, Jorge Soto. Camino al arco le explicó el plan detallado y le contó la intuición que había tenido tras el video de YouTube. ¿Qué pensás vos?, le preguntó a Soto, quien respondió enseguida:
— Profe, me voy por usted y las imágenes del niño. Usted me trajo a América, me sacó de Jaguares, así que le creo, me voy por su locura.
Salió exactamente como lo había imaginado. En la tanda de penales, ‘Titi’ Rodríguez tiró abierto y Soto atajó. Después, Paiva pateó duro al centro y Soto desvió. América estaba en fase de grupos de Suramericana.
Ricardo se encuentra en la habitación del hotel de concentración en Ecuador, horas previas del debut de América, de nuevo, en el torneo internacional. Allí, con su equipo de trabajo, termina de afinar los detalles del plan a ejecutar en caso de un penal en contra.
Desde que regresó al equipo, América ha ganado las dos clasificaciones que disputó desde “los 12 pasos”. En lo que va de la liga colombiana, le han pitado 12 penales en contra y sus arqueros, Soto y Jean Fernández, han atajado siete, el 60 %.
— El mérito es de los arqueros y del trabajo en equipo —dice Ricardo, el ‘científico’ detrás del laboratorio antipenales del América de Cali.
¿Cómo empezó su amor por el fútbol?
Nací en una ciudad llamada Quissamã, un municipio del estado de Río de Janeiro, en Brasil. Desde niño tuve el sueño de ser arquero profesional. Sin embargo, hasta los 13 años jugué como defensor. Como portero ingresé a los 14 años y a los 17 ya estaba jugando en un equipo de Río de tercera división.
¿Por qué arquero?
Por mi estatura. A los 14 ya medía 1,87. Siempre que faltaba un portero, decían “pon a ese grandote”. Y tomé gusto por la posición porque hacía la diferencia. Estuve en muchos países, muchos clubes; pasé por el club de Zico; en Flamengo tuve a Romario como presidente; jugué en América de Brasil, que también es rojo, y en 2009 me fui a Portugal. En total pasé por 27 equipos profesionales.
De niño, ¿de qué equipo era hincha?
De Flamengo, como mi mamá. También de Zico. Lo miraba en la tele; pasaron los años y fui a jugar a su equipo, el ‘Centro de Futebol Zico (CFZ)’, en Río. Allá estuve seis años; me formé como ser humano, como deportista y como arquero.
Me imagino que siempre iba al Maracaná a ver al Flamengo…
Yo le hice una promesa a mi mamá, Ledir Ribeiro. Le dije que iba a entrar al Maracaná cuando fuera a jugar. Y así fue. Tenía 15 años cuando pisé su cancha. Jugué allí cuatro o cinco veces. Pero ir a ver un partido, no: siempre a jugar. Después, a competir como entrenador de arqueros. La última vez fue con América de Cali, jugando contra Fluminense.
¿Debutó en el profesionalismo con Zico?
Sí, en el equipo profesional de Zico, a finales de los 90. Después empecé a caminar por ese mundo del fútbol, siempre con mi esposa, que está conmigo desde los 16 años. Se llama Ana Santos. Es la responsable de muchas cosas en mi vida. Tenemos dos hijos, Eduardo y María Clara. Y un nieto, Bento, mi amor. Será portero.
¿Quién lo formó como arquero? ¿Cómo fue el camino?
Tuve muchos entrenadores de porteros, pero una persona que me hizo creer que era posible ser profesional fue Carlos do Monte, ‘Cacau’. Fue mi primer entrenador. Después tuve dos entrenadores que me marcaron: Ica, quien me aprobó en 1997, apostó por mí pese a que tenía muchos otros arqueros; y el profesor Junior, que me enseñó la parte técnica de un portero, la importancia de un comportamiento técnico. Hasta hoy aplico mucho de lo que aprendí de él. Junior me llevó a Qatar para ser entrenador de porteros. Muchas de las bases que tengo se las debo a ellos.
¿Cuál fue su momento cumbre como portero activo?
Mi momento más feliz, y del que me siento más orgulloso —porque tengo mucho orgullo de lo que he hecho—, fue en Portugal. Allá llegué grande, con 32 años, para jugar en la tercera división, en Moreirense. Logramos el ascenso a segunda división. Luego me fui para otro equipo y regresé al Moreirense. Nuevamente ascendemos, esta vez a primera división: el sueño cumplido. Por eso te digo que siento orgullo.
En mi vida, la base de todo es mi mamá, porque perdí a mi papá, Ricardo Andrade, cuando tenía 13 años. Él cortaba caña; a veces iba a acompañarlo, no por necesidad sino para compartir con él. Sufrió una parada cardiorrespiratoria. Quedé con mi mamá y con mi hermana Lilian. Para ese momento era un niño que soñaba con ser arquero profesional, en un contexto muy duro.
A los 14 años salí de mi casa, empecé a viajar por Brasil, también pasé por Paraguay y Vietnam, historias muy bonitas, experiencias que me hicieron crecer, hasta que salió la oferta para irme a tapar a Portugal, donde, después del ascenso, jugué en primera división.
¿Cómo fue esa experiencia?
En muchos partidos fui figura contra los equipos grandes, como Benfica, Porto y Sporting. Enfrenté a los mejores: Juanfer Quintero, Maxi Pereira, Salvio, Jackson Martínez, una fiera. Cuando Juanfer llegó a América me dijo: “Profe, te conozco”. Pero no me hizo gol (risas). Me retiré en 2017.
¿Por qué?
En los últimos tres años de mi carrera como jugador me surgió de manera natural un sentimiento: preparar arqueros, enseñarles lo que sabía. Y empecé a solicitar en los contratos que firmaba que me permitieran, además de tapar en el primer plantel, ser entrenador de los arqueros de divisiones menores.
Quería no solo hacer lo que otros me enseñaron, sino no hacer lo que algunos hicieron mal conmigo, que también hace parte de la formación.
Por ejemplo, tuve entrenadores que tenían como regla hacer lo mismo según el día: lunes trabajamos tal cosa, martes otra, miércoles otra y así durante todo el año. Imagínate todos los lunes de un año haciendo lo mismo. Es una cosa de locos, te aburres.
Otro tema era que tuve entrenadores que solamente mandaban, decían “haga eso” o “tal cosa”, pero nunca nos explicaban por qué hacíamos tal ejercicio, para qué servía, en qué momento íbamos a usar ese movimiento; simplemente uno entraba a un arco y volaba y volaba, sin información. Me dije que jamás sería un entrenador de arqueros así. Ejecutábamos, pero no pensábamos.
Recuerdo que me inventé una estrategia: llegaba una hora antes de los entrenamientos para ensayar movimientos, como si fuera un artista que ensaya para un concierto. Si, por ejemplo, iba a enfrentar a Salvio, analizaba cómo él enfrentaba a los arqueros en los mano a mano, hacia dónde tiraba, y yo preparaba movimientos para ganarle específicamente a él. Practicaba una forma de atajar particular para cada partido según los rivales. Y eso lo empecé a hacer sin que ningún entrenador me enseñara o me lo ordenara. Yo quería explicárselo a otros porteros.
Y se retira…
Salí del Leiria, un equipo que entrenó Mourinho antes de llegar al Porto, y llegué al Pinhalnovense. Allí trabajaba un portugués llamado Antonio Carranza; gracias a él llegué a Colombia. Él era el director general de planificación. Yo tenía 37 años y no descendimos. Además de jugar, entrenaba a los arqueros de la sub-15, la sub-17 y después la sub-20.
En 2017 todavía tenía un año de contrato. Y siempre fui disciplinado. No tenía el talento de arqueros como Graterol, Soto o Fernández, pero trabajaba más que todos mis compañeros. Sin embargo un día iba camino al entrenamiento y sentí pereza. Nunca me había pasado. Pensé que era cosa de un día, pero al siguiente igual; me costó entrenar. Ese día dije: me retiro. Se lo comuniqué a mi esposa. Después al club.
Y, para mi sorpresa —yo no sabía—, Antonio me dice que a partir del día siguiente pasaría a ser el entrenador de arqueros del primer equipo, era una decisión que ya la habían planificado con anterioridad.
Y sale la opción de Colombia...
Sí, pasados tres meses, Antonio, un apasionado por Colombia, me propuso trabajar en Millonarios, en un convenio con el Benfica. Trabajé con Juvenal, el entrenador de porteros de Miguel Ángel Russo. En Millonarios entrenaba los arqueros de las inferiores. Aprendí mucho de los niños. Después llegué al América con Pedro Felicio Santos (Pedrito de Portugal). Hacíamos parte del cuerpo técnico en las menores de Millonarios.
Un día, Eduardo Zapata, amigo de la familia Gómez —los dueños del América—, lleva una academia de fútbol a jugar contra Millonarios, un amistoso. Y cuando termina el partido, conversé con él y me dijo que le gustaba cómo trabajaba los porteros; intercambiamos contactos.
Esa relación con Eduardo fue creciendo hasta que nos presentó una propuesta de América. No creíamos, porque estábamos en un proceso de formación en Millonarios, y salir para un club tan grande como América no es de todos los días. No es normal que un entrenador de la sub-17 de Millonarios vaya a entrenar la profesional de América. Pero teníamos confianza porque trabajábamos muy bien y estábamos preparados.
Usted trajo a Neto Volpi y las críticas fueron muy recias al principio: un arquero de tercera división en Brasil en América…
Así que tú eres de los que me dijeron entrenador hijo de… por traer a Volpi (risas). Tuve gente que dijo eso. Pero la historia de Volpi es así: Pedro me pide un portero con características diferentes a las de Bejarano. Entonces empecé a buscar y me llegó el nombre de un arquero brasileño.
Yo no soy defensor de la nacionalidad, debo aclararlo: no me importa de qué país sea; lo que defiendo es la calidad del portero. Cuando llegó el nombre de Volpi, no lo conocía. Me enviaron dos videos. Vi uno y, lo juro por mis hijos, esas imágenes las vi solo tres minutos. Y me dije: encontré el portero para América.
Después confirmé esa intuición: su perfil, sus condiciones y también su historia. Viene de una familia de porteros. El papá fue profesional; el hermano, Fabio, también es arquero; y Thiago Volpi jugó en México y ahora está en Bragantino.
¿Cómo aguantó las críticas iniciales?
Por el apoyo de Tulio Gómez, que fue fundamental. Yo creí en Volpi. A Tulio le dije: voy a poner a Volpi como queremos. Soy responsable por él. Si las cosas salen mal, el responsable soy yo: me saca del equipo y dice que fui yo quien lo contrató y que usted no tuvo nada que ver. Y así fue. Volpi salió campeón y la gente aún lo recuerda.
Volvamos a los penales. ¿Por qué sus arqueros tapan tantos?
Lo primero es tener una visión clara de a dónde se quiere llegar. Usted puede ser muy buen entrenador o líder, pero si impone las cosas, si es autoritario, no consigue el objetivo. Si no se tiene la capacidad de entrar en el corazón de sus hombres, no logra grandes éxitos. Ellos también tienen miedos, y nosotros tenemos la responsabilidad de orientarlos.
Ahora, el mérito más grande en el éxito de los penales en América es de los porteros.
¿Cómo estudia a los rivales en los penales?
Tengo el análisis en carpetas con todos los jugadores de la liga colombiana. Cuando estudio un partido, analizo a todo el equipo rival, no solo a los que patean. Si jugamos contra Once Caldas, no solo pienso en Dayro Moreno, también en el resto, para darle información al portero. De lo contrario, todo quedaría en la suerte.
Es un estudio constante, porque los delanteros cambian, innovan y hay que seguirlos. Y no es una matemática de dos más dos. Incluso durante los partidos analizamos los comportamientos de los rivales para intentar descifrar, en caso de un penal, a dónde lo tiraría. Ha pasado que planificamos que un jugador patea a la derecha, pero durante el partido hay comportamientos emocionales que indican que puede cambiar de palo, y lo informo.
¿Qué pasa cuando un jugador nunca ha lanzado penales? ¿Cómo lo estudia?
Es una estrategia que creé, pero de la que no puedo profundizar mucho públicamente. Se trata de analizar su comportamiento dentro del partido, sus movimientos, para tomar una decisión sobre a dónde puede patear.
Pero además de penales, también se debe lidiar con los errores que a veces se cometen. ¿Cómo recupera a sus arqueros, la parte mental?
En el caso de Soto, tiene una psicóloga con la que trabaja desde hace mucho. Es un arquero muy fuerte mentalmente. En mi caso, como entrenador, no juzgo a mis arqueros por un error. Les digo: no son culpables, son responsables. ¿Y cómo salimos de ese momento duro? Trabajando. Mis porteros tienen la información del próximo rival desde el primer día.
Además, si usted comete un error como arquero, lo que se debe hacer es no intentar que la atajada siguiente sea la mejor del mundo, sino ir poco a poco recuperando confianza. Toca empezar de cero. Si quiere hacer un pase de 50 metros, mejor haga uno de 10. O al contrario: cuando hacemos una atajada increíble, hay que prepararse mejor mentalmente porque la siguiente puede pasar alguna cosa rara. Cuando nos equivocamos o hacemos la atajada de otro mundo, debemos salir de allí rápido.
Esta semana usted estuvo en la Universidad San Buenaventura brindando una conferencia a niños que anhelan ser porteros. ¿Qué le diría a ese Ricardo de 9 años que soñó con ser arquero y no solo lo logró, sino que ayuda a otros a lograrlo?
Ese Ricardo de hoy es el niño que arrancó en los 90 con el sueño de ser arquero profesional. Y quiero poder mostrar que podemos llegar muy lejos siempre y cuando no dejemos de soñar. Yo era un niño que tenía sueños. Y tengo muchas cosas por hacer, pero soy muy feliz con lo que ya he conseguido.