Una de las obras pictóricas más fascinantes de la historia —sin duda— es el tríptico del Jardín de las Delicias, de Jheronimus Bosch, El Bosco. Su desmesurada imaginería, poblada con miles de personajes —arrancados de sueños delirantes— en sus tres paneles sigue, 500 años después de su creación, cautivando por su belleza desinhibida y terrible, así como por su enigmática simbología que permanece intacta.

La obra que hoy permanece exhibida en el Museo del Prado, en Madrid, está abierta a toda clase de interpretaciones y recreaciones: históricas, esotéricas, místicas, musicales, cinematográficas y, desde luego, literarias, su fecundidad artística es inagotable. Una muestra es la novela El Jardín del Mundo (2026), del escritor colombiano Pablo Montoya, cuya obra literaria está marcada por el diálogo crítico entre el arte y la historia.

Libros como el celebrado Tríptico de la Infamia (2014), están estructurados no solo como piezas pictóricas. En ellos, los artistas y sus obras son fundamentales para conectar momentos históricos del pasado y el presente, ofreciendo ambiciosas panorámicas de la cultura y la barbarie que la humanidad. Para Montoya, las obras de arte son umbrales del tiempo donde podemos entrar, pero esta es una experiencia que solo en la narración podemos apreciar en su totalidad.

El escritor colombiano fue uno de los invitados a Cali Lee 2026. | Foto: Marcela Sánchez / Penguin Random House

En El Jardín del Mundo, Pablo Montoya comienza con un fresco existencial de Jheronimus van Aken (Bolduque, c.1450-1516), más conocido como Jheronimus (Hieronymus) Bosch, o simplemente El Bosco, pintor flamenco del siglo XVI. Con rigor histórico, vuelo narrativo y en una prosa refinada, sumerge a los lectores en la cultura protestante (tiempos de la reforma luterana y calvinista) de la que surgió esta obra transgresora, así como en las ideas libres y heréticas que el artista conoció y —quizá— practicó en su entorno más cercano—.

De forma paralela, el escritor describe el recorrido del Jardín de las Delicias, cuando pasó a manos del rey Felipe II de España y llegó a El Escorial. Allí, más de un siglo después del ‘descubrimiento’ de América, es donde José Diego Vargas Castillo, un pintor procedente de Tunja, en el Nuevo Reino de Granada, descubre el tríptico de El Bosco y comienza a explorar los misterios del amor que están cifrados en la pintura.

Conversamos con el escritor colombiano, sobre El Jardín del Mundo, su nueva novela, y su predilección por buscar en el arte universal vasos comunicantes con la historia de Colombia, a su paso por el Festival del Libro Cali Lee 2026.

—¿De dónde viene su interés por el arte? ¿Y cómo descubrió que en las obras pictóricas había un potencial literario para contar historias que conectan épocas y culturas?

Si relacionáramos los artistas que he tenido como protagonistas de mi obra, partiendo de mi propia experiencia, evidentemente los músicos serían los principales, en parte porque yo fui músico durante muchos años. Frente a la pintura no es igual, yo no pinto y no tengo ningún talento para el dibujo o las artes plásticas.

Yo simplemente he sido una persona sensible a ese mundo de la pintura, pero creo que fue de la mano de la música, o de la relación de la literatura con la música que yo paso a lo visual, tanto a la pintura como a la fotografía. Es un rasgo de mi sensibilidad, siento una gran atracción por ese mundo.

A través del arte encontré la forma de transmitir en mis libros una crítica a las civilizaciones de Occidente, Tríptico de la Infamia, como El Jardín del Mundo, que son novelas hermanas, de alguna manera son críticas de la historia y el establecimiento, de la forma en que se ha reprimido la creatividad del artista.

De hecho fue en Tunja, cuando yo era estudiante de música, que descubrí la pintura de El Bosco. Y claro, a los 20 años jamás se me atravesó por la cabeza la idea de escribir una novela sobre su gran tríptico del Jardín de las Delicias.

—¿Cómo fue esa primera impresión ante la obra de El Bosco? ¿Qué asociaciones creativas surgieron?

Eso fue a finales de 1983. Yo estaba estudiando música en Tunja y viví los primeros meses con un amigo, Hugo Espinosa, que tenía consigo unos libros de pintura, porque su papá era un profesor de dibujo. En esos libritos, que eran muy pequeños estaba, El Bosco.

En los ratos libres yo los cogía y los leía. Allí estaban las reproducciones de las obras. Recuerdo que estaba El Bosco, Rafael, Miguel Ángel, algunos pintores clásicos y del Renacimiento. Esa es la primera vez que yo, digamos, tuve conciencia de haber visto el Jardín de las Delicias.

El Jardín del Mundo, nueva novela de Pablo Montoya. | Foto: Penguin Random House

Después, como viví en Tunja mucho tiempo, casi nueve 9 años, conociendo los lugares históricos de la ciudad, estuve en la casa del fundador Gonzalo Suárez Rendón y en el techo de la sala principal hay un gran fresco pintado donde hay bosques, jardines, animales exóticos, incluso hay un rinoceronte, me acuerdo.

Y, claro me impresionó ver esas pinturas, aunque yo no tenía conciencia de que iba a articular a ese pintor anónimo tunjano que hizo esos frescos en la casa del fundador con El Bosco. Yo estaba estudiando música, tocaba flauta y daba conciertos, y luego estudié filosofía y letras, apenas estaba haciendo unos cuentos, o sea, que no había ningún proyecto frente a estos dos supuestos pintores.

Es al cabo del tiempo cuando decido escribir sobre el Jardín de las Delicias, que eso se concreta, más precisamente en el 2016, cuando se hizo la gran exposición en Museo del Prado, dedicada a El Bosco. Yo estaba en Madrid en ese momento y pude ver la exposición y allí fue cuando se me presentó claramente la idea de escribir sobre este pintor.

Viví en Madrid por dos años, mientras estaba allá la idea de enlazar la vida de El Bosco con la vida de este pintor del Nuevo Mundo que va a Madrid se me fue configurando, pero la raíz de todo eso sucedió en Tunja.

Se me ocurrió relacionarlo con ese supuesto pintor de los frescos de la casa del fundador de Tunja, que no se sabe quién fue, pero yo creo que ese pintor anónimo recibió una gran influencia la pintura flamenca. Ahí fue cuando se me ocurrió inventarlo.

-¿Cómo construyó a José Diego Vargas Castillo, el pintor tunjano, que protagoniza su novela?

Del enigma de un pintor anónimo partí para inventarlo, pero también de un pintor que conocí cuando llegué a Tunja. Era un jovencito de 18 o 19 años, creo que era bogotano. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo que él fue a la escuela de música y me dijo a mí que si podía posar para que me pintara, porque estaba haciendo retratos.

Estuve con él en la casa de Juan de Vargas, que tenía un pequeño estudio y tuve un vínculo con ese artista durante mis primeros meses en Tunja. Es muy posible que esa relación con este muchacho que estaba pintando, pintaba para las casas de la ciudad y retratos de habitantes, esté en la raíz de mi decisión de inventar a este personaje, a José Diego. Aunque también tiene muchas cosas mías.

En realidad es como si yo me hubiera trasladado al siglo XVII y le hubiera dado a ese pintor un montón de consideraciones estéticas, políticas y eróticas. Como si yo me hubiese proyectado en ese pintor, dándole mi pacifismo, porque José Diego es pacifista, él se niega a portar armas. Algo que lo caracteriza es que José Diego está en constante confrontación con ese mundo vigilado y reprimido por el clero. A pesar de que él trabaja con el clero tunjano, él también está en pugna con él continuamente.

-Quisiera volver a la primera pregunta, ¿cómo un escritor lee el arte para llegar a la narración?

En un principio, más que sobre El Bosco, me interesó escribir sobre su obra, el Jardín de las Delicias. Que es un cuadro indescifrable, que permite múltiples posibilidades de interpretarlo. A mí la que me interesó más, y a partir de ahí se articuló toda la novela, es su visión amorosa que está en la parte central del tríptico.

Me concentré particularmente en esa parte que es, por lo demás, la más inquietante de todas, la más misteriosa, la que tiene infinidad de interpretaciones. Como siempre lo hago, cuando escribo estos libros, empecé a informarme sobre El Bosco.

"El hilo conductor de todo este periodo que se registra en la novela (...) es el amor, el amor libertario, la libertad y el amor". Pablo Montoya sobre El Jardín del Mundo. | Foto: Laura Morales / Penguin Random House

Leí muchos libros sobre este artista y las muchas interpretaciones sobre su obra, que no es muy extensa, pero sí muy compleja. Entonces decidí, a pesar de que en la novela yo me aproximo a ciertos cuadros de él, como Las Tentaciones de San Antonio, la Carroza de Heno, indagar profundamente el Jardín de las Delicias.

Poco a poco me fui como afirmando en que la lectura que yo quería hacer del Jardín de las delicias tenía que ver con la parte amorosa, con esa ensoñación del amor, como esa especie de vitalismo amoroso que hay en la parte central, la que se ha denominado como del pecado y la lujuria.

Articulé esta parte con una experiencia, que de algún modo me tomo la libertad de hacerlo, que tiene el Bosco con una secta cristiana que existió en la época, y algunos críticos han considerado, y esto es muy polémico, que el Bosco fue un integrante de la secta de los adamitas.

O sea, de los hijos de Adán, que buscaban en el goce del sexual una especie de camino para llegar a Dios. Yo no pongo en mi novela al Bosco como sectario, pero sí lo vinculo de alguna manera u otra a los ritos amorosos de esta secta.

Entonces, esta parte del Jardín de las Delicias yo la leo como un canto al amor libre que le atribuyo al Bosco, y desde ahí establecí un vínculo con la vida de José Diego y su relación con esta española que él conoce, con Ana Micaela. La última parte de la novela son unas glosas poéticas que Ana Micaela escribe sobre el amor, partiendo del Jardín de las Delicias. Esta novela une dos culturas y dos periodos a través de una visión amorosa.