El Miércoles Santo, a las 11:30 de la noche, inicia la procesión en Juntas, la última comunidad del río Yurumanguí. La gente sale de la iglesia y recorre el pueblo, hasta el cementerio. Allí aparecen unas figuras a las que llaman “las ánimas solas”; hombres vestidos de blanco, con sábanas, que representan a los ancestros de los negros y vienen a transmitir un mensaje del más allá: pronto saldrán los Manacillos, los soldados que crucificaron a Jesús. Estos llevan máscaras de balso pintadas a mano, hojas de bijao, costales, un bastón y un látigo de cuero de vaca.
En ese momento, el pueblo se apaga. Se usan velas para alumbrar el camino. Si acaso, la linterna del celular. Los Manacillos, mientras tanto, recorren la comunidad anunciando su llegada y luego se resguardan en una casa.
El Jueves Santo vuelven a salir en la noche, cantando la canción del Manacillo. La melodía se repite durante toda la celebración, en la que los Manacillos le pegan latigazos a la comunidad que defiende a Jesús, o a los niños que no le hacen caso a la mamá. El fotógrafo Ever Andrés Mercado, que retrató esta fiesta durante tres años, aún tiene dos cicatrices.
El Domingo Santo, los Manacillos se van al río Yurumanguí. Allí se dan cuenta de que mataron a Jesús y se arrepienten, huyen. Luego regresan convertidos en seres humanos. Todo el pueblo se vuelve a juntar en la iglesia, donde termina la fiesta.
—Así es, muy resumidamente, la conmemoración de los Manacillos, en la que esta comunidad celebra la Semana Santa con tradiciones africanas. Durante la celebración se toma mucho viche, y la gente casi no duerme. Una de las fotos ganadoras es justo la de un Manacillo que se desmaya del cansancio —dice Ever, de 28 años, el fotógrafo nacido en Buenaventura que acaba de ganar el World Press Photo, el premio de fotografía más importante del mundo.
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La madre de Ever, quien trabaja en una empresa de transporte en Buenaventura —vende tiquetes hacia Bogotá y Medellín—, recuerda que cuando su hijo tenía 15 años le contó a su papá, taxista, que quería estudiar comunicación social. Se encontraban en la casa de campo de su abuelo, quien vive de la agricultura.
El padre se molestó: “Ahora mi hijo se va a dedicar a hacer radio en la vereda del abuelo”, dijo, como dando a entender que no tendría futuro. Ever respondió que iba a hacer periodismo porque en la vereda del abuelo había personas y, por lo tanto, un pueblo. Y si hay un pueblo, hay historias.
—Yo quiero contar las historias de mi pueblo —dijo y trazó su destino.
Pese a que le han propuesto vivir en otra parte, la capital tal vez, Ever Andrés Mercado decidió quedarse en Buenaventura.
— Es una apuesta política. Cada vez que alguien piense en trabajar conmigo, tiene que pensar que vivo aquí. Es posicionar ese deseo de que la gente sepa que existe esta ciudad del Pacífico.
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Los padres de Ever no son de Buenaventura. Su madre es del centro del país y su papá, de la Costa Atlántica, Montería. Por esas vueltas de la vida y el trabajo, terminaron viviendo en el que se considera el principal puerto de Colombia.
Ever se fue dando cuenta, mientras crecía, de que en su casa se escuchaba vallenato, pero afuera, en las calles de Buenaventura, se ponía currulao. O que en su casa comían una cosa, y sus amigos del colegio otra.
—Yo vivía muy distinto a como lo hacía mi entorno, el barrio. Por ejemplo, decía que había comido viuda de pescado y nadie me entendía, pero mis amigos me decían que comieron un tapado. Ahí empiezo a darme cuenta de que una era la cultura dentro de mi casa y otra afuera. Y yo quería vivir como se vive en Buenaventura. Entonces comienzo a buscar los referentes territoriales; necesitaba sentirme parte de donde había nacido, sentirme yo mismo.
En el barrio había una señora que lo saludaba cada que pasaba por su casa y le contaba historias del Pacífico. Alguien le dijo que esa vecina era una poeta importante, Mary Grueso. Luego le contaron de otra vecina, Yina Valencia, también poeta y compositora. A través de los relatos de ellas, Ever comenzó a construir su identidad bonaverense.
— Hoy me reconozco como joven negro por la forma en que vivo, me expreso, veo la vida. Es de la misma forma que mi entorno y mis ancestros del territorio me han enseñado a hacerlo. Por eso la identidad mía está tan vinculada al territorio, porque la he ido construyendo de manera consciente por mi deseo de ser parte. A tal punto que hablo con amigos que trabajan en temas afro, que me dicen: “Usted es un negro más”. Vive las mismas ausencias del Estado y las mismas carencias de agua potable. Y mi fotografía también es una fotografía negra, políticamente negra.
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En el colegio, cuando cursaba décimo, Ever empezó a preguntarse qué hacer después de graduarse. Intuía que quería trabajar con comunidades, hacer algo que ayudara a las personas, pero no sabía qué.
Por esos días abrieron una emisora estudiantil y Ever alzó la mano. “Quiero ser un locutor para hablar del territorio”, se dijo.
En la emisora del colegio comenzó a hablar con la voz grave, impostada, como imitando a los locutores de La Mega, que escuchaba a diario.
—Me soñaba con que algún día alguien encendiera el radio del carro en Buenaventura y me escuchara con mi voz de locutor (pone la voz más gruesa): “Claro que sí, buenos días”.
Su familia, como la mayoría en Buenaventura, no tenía los recursos para pagarle una universidad. Con el taxi, su papá vivía del diario y un semestre costaba $8 millones. La alternativa que tenía Ever era estudiar alguna carrera técnica para trabajar en oficios vinculados a los puertos.
Sin embargo, aplicó a la beca Ser Pilo Paga. Gracias a ello entró a la Universidad Autónoma de Occidente, en Cali, donde vendía papitas, galletas, gomitas Trululu, para sostenerse. E ingresó a la emisora Onda UAO.
—Entré a un programa de política. Allí comienzo a formarme con una mirada periodística. Y en ese camino me doy cuenta de que el Pacífico colombiano, históricamente, es narrado solo desde la ausencia, la carencia, la violencia, una mirada económica. Buenaventura entra en la agenda nacional cuando hay un paro en el puente El Piñal, o un derrumbe que limita la economía del Estado. O cuando hay una masacre. Pero en la ciudad no somos únicamente eso, entonces empecé a plantearme tipos de narrativas.
En su afán de querer estar el mayor tiempo posible en la emisora —a sus 16 años ya entrevistaba a senadores y concejales—, Ever elegía estudiar las materias que le requirieran la menor cantidad de esfuerzo mental. Y casualmente, una de esas electivas fue fotografía. Le iba bien. Como si en su caso tomar fotos, que a nadie deja indiferente, fuera natural.
Alguna vez un compañero de salón le pidió que le hiciera las fotos para un reportaje en el Cauca. El artículo se publicó en Semana Rural y al editor le gustó tanto el trabajo de Ever, que comenzó a preguntarse si, en lugar de la radio, debía dedicarse a la fotografía.
La duda la terminó de despejar con las prácticas profesionales. Una ONG lo invitó para trabajar con comunidades indígenas en los Andes peruanos, aunque sin pago. Le daban el hospedaje y la alimentación. Ever aceptó. Las fotos que hacía la ONG no le gustaron. De alguna manera, cosificaban a las comunidades indígenas. No se sentía cómodo. Entonces empezó a narrar la cotidianidad de las comunidades indígenas con una mirada documental.
— Es cuando me digo que la fotografía era donde más me estaba sintiendo cómodo para acercarme a las historias y a las personas. Y estando en Perú me digo: me quiero dedicar a esto. Cuando llego a Buenaventura de nuevo, decidí implementar lo que hice con las comunidades indígenas de los Andes: mirar mi territorio de manera digna, y tratar de traducirlo a la imagen.
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Ever llegó al barrio Punta del Este, en Buenaventura, construido por personas que fueron desplazadas del río Yurumanguí. Iba en busca de las madres de los jóvenes asesinados en 2005, a quienes la prensa llamó “Los 12 de Punta del Este”. Quería contar la historia de esas mamás que iban a publicar un libro como tributo a la memoria de sus hijos.
Mientras hacía el trabajo de campo, alguien le cuenta que los muchachos eran conocidos en el barrio porque participaban cada año en la fiesta de los Manacillos. Ever se sorprendió: pese a que vivía en Buenaventura, jamás había escuchado nada de la conmemoración. Entonces lo invitan al barrio para verla. La gente intentaba replicarla tal cual a como la hacen en Juntas, la última comunidad del río Yurumanguí.
— Cuando llego al barrio, me doy cuenta de que esta festividad convoca muchísima gente, y me dije: esta vaina qué, ¿por qué solo se hace aquí? Y empiezo a hacerme un montón de preguntas. Visualmente, quedé asombrado. Me explotó la cabeza pensar cómo era posible que, siendo de acá, no supiera nada de esta fiesta.
Era 2020. Durante 2021, 2022 y 2023, Ever fue al barrio Punta del Este cada Semana Santa, con la intención de ser parte de la celebración. No llevaba cámara, solo su celular. Hasta que en 2023 un líder le dice: “Si a usted le gusta esta fiesta, le parece linda, tiene que vivirla en el río Yurumanguí. Vaya. Es allí donde nace. Lo que hacemos aquí porque fuimos desplazados por la violencia es una versión. Pero la auténtica es la del río”.
En 2024, Ever fue. Para llegar a Juntas, tomó una lancha en Buenaventura que tardó 8 horas. A veces la marea bajaba, la lancha se encallaba y Ever, con los demás pasajeros, debía bajarse a empujar. Mientras tanto, la gente contaba de qué se trataba todo.
Juntas es una comunidad que nació tras la esclavización. Cuando llegaron los ancestros negros a ese territorio, desde África, los españoles los obligaron a hacer minería en el río. También les impusieron celebrar todas las fiestas católicas, como la Semana Santa.
Tras el fin de la esclavitud el 21 de mayo de 1851, hace 175 años, quienes habían sido esclavizados deciden seguir celebrando la Semana Santa, pues ya hacía parte de su cultura, pero añadiendo rituales africanos y prácticas ancestrales: los Manacillos.
— En Yurumanguí conocí personas que tienen 80 años, cuyos abuelos fueron esclavizados. Para esta comunidad, la esclavitud fue ayer. Sus abuelos tuvieron amo. Sienten muy cerquita la sensación de la esclavitud. Por eso para ellos es tan importante resignificar esa fiesta de la Semana Santa que antes era una obligación —cuenta Ever.
La fiesta, además, es la única oportunidad que tiene la gente que fue desplazada hacia Buenaventura de regresar a Juntas. Aunque no está escrito en ninguna parte, los grupos armados ilegales que controlan el río Yurumanguí para el tráfico de drogas o armas tienen un acuerdo: no cometer acciones violentas en Semana Santa para que la comunidad retorne, celebre los Manacillos, y vea, de nuevo, a sus seres queridos.
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Ever no iba a competir en el World Press Photo. Pensaba que no tenía un trabajo suficientemente bueno para competir contra 3500 fotógrafos del mundo.
Fue una amiga suya, Fernanda Pineda, fotógrafa, la que le pidió su portafolio. Después lo contactó Erika Piñeros, consejera del premio. Ella le sugirió que se postulara. Y ganó. En unos meses viajará a Ámsterdam para recibir el galardón y reunirse con editores de algunos de los medios más importantes del mundo. Después recibirá un cheque. La plata la donará al Consejo Comunitario de Juntas de Yurumanguí.
— El premio es un espaldarazo para recordarle a uno que va por buen camino. Pero no debería significar nada más. De lo contrario sería un juego del ego.
Hace una pausa.
—Las fotos ponen sobre la mesa una conversación social importante: existe una comunidad que está protegiendo el río y el territorio. Eso es lo más bello.