El terremoto del 10 de agosto no terminó cuando la tierra dejó de moverse. Después vinieron las réplicas, la búsqueda de familiares, las historias de quienes sobrevivieron y la dimensión de las pérdidas. En medio de todo ello, Javier Tafur González acudió a la palabra.
Primero fue el estruendo, el movimiento, el desconcierto. Después llegaron las historias: los reencuentros, las pérdidas, los rescates, el dolor y la solidaridad. Para Javier Tafur González, todo aquello terminó encontrando un cauce en la poesía.
El terremoto del 10 de agosto lo sorprendió en el edificio de doce pisos donde vivía. Sintió cómo la estructura se balanceaba y saltaba, mientras caían los objetos y las paredes se resquebrajaban. Luego vinieron las réplicas, la preocupación por los familiares y las dificultades de comunicación. Con el paso de las horas y los días, la dimensión de lo ocurrido fue creciendo a través de las historias de quienes sobrevivieron y de quienes perdieron la vida.
Cada nuevo relato hacía más profunda la huella de la tragedia: los reencuentros, las familias buscando a los suyos, las pérdidas, los rescates y la solidaridad entre desconocidos. Frente a todo ello, surgió la necesidad de escribir.
«¿Qué quedaba? La palabra dialogada para desahogarse y el poema para la catarsis propia y colectiva como tabla de salvación», explica el autor. Así nació ‘Dureza y fragilidad de la vida’, una creación que parte de una experiencia personal para acercarse a una conmoción que atravesó a toda la ciudad.
La palabra y la memoria de Cali han atravesado la trayectoria de Javier Tafur González, como escritor, poeta, abogado, investigador y docente universitario. Su escritura recorre distintos géneros —de la poesía y el cuento a la novela, la minificción y el ensayo— y está marcada por una permanente atención a la identidad cultural de la ciudad. Su formación en Etnología, Lingüística y Humanidades, con estudios en la Universidad de París y la Universidad del Valle, ha nutrido esa mirada.
Es autor, entre otras obras, de Jovita o la biografía de las ilusiones, sobre Jovita Feijóo, uno de los personajes más emblemáticos de la historia popular de la ciudad. Su trabajo literario y académico ha estado acompañado por una permanente exploración de las historias, personajes y expresiones culturales que hacen parte de la memoria caleña.
Ahora, a esa memoria se suma una experiencia que sigue latente: la de una ciudad estremecida por la tierra y enfrentada, de manera inesperada, con la dureza y la fragilidad de la vida.
A continuación, el poema.
Dureza y fragilidad de la vida
Terremoto en Colombia / 10 de agosto de 2026
Javier Tafur González
Fisuras y daños estructurales…¡Ay!, el terremoto puede con todo;nadie puede estar, quedarse cómodo;son las conclusiones esenciales.
El movimiento telúrico fuertea todos terriblemente sorprende,y cada quien responde como puede,queriendo salvarse de la muerte.
Desde la alta montaña se veía,una línea de luz que cruzabala ciudad y el polvo se levantaba,mientras todo temblaba y se caía.
¡Qué terremoto!, ¡qué espantoso ruido!,que a todo ser vivo cohíbe y aterra,sin saber el posible mal que le espera,con tan potente y estruendoso rugido.
El llanto débil de una bebé se oye,y en el desastre la nena, abrazadaal dulce padre muerto, es rescatada,antes que llegue la segunda noche.
Al gato vecino lo hacían lejos,perdido, y él mismo estando alelado,llegando confuso y muy asustado,apareció con una vida menos.
Ante este suceso desolador,un perrito triste mueve la cola;al verlo aparecer le digo: ¡hola!,y él me mira y aúlla con amor.
En estas escenas se debe resaltarla ayuda, el apoyo y la solidaridad,la mano que con misericordia y bondad,entre los escombros buscaba rescatar.
Era la hermandad que se imponía,que en la tragedia sentimos lo mismo,y sufrimos los alcances del sismo,y brotaba espontánea la empatía.
Al final, edificios colapsados,ruegos, ruinas, traumas, penas y dolor.¡Cómo se siente la punzada del pavor,y la aflicción de los inconsolados!.
Abuelos, padres, hijos, allegados,nietos, parientes, amigos y vecinos,registran los sucesos padecidos,los lazos, los afectos destrozados.
Entre restos rescatan a una jovendeportista y, con ella, la esperanza,y crece un fuerte aliento de confianza,de llegar a poner la casa en orden.
La búsqueda de los seres queridosprosigue; la ilusión se mantiene,que una gran fuerza misteriosa tiene.¡Ay!, ¡duele saber lo que se ha perdido!.
Y allí, en medio de cortantes escombros,encuentran trozos regados de las almas;por las mejillas ruedan entre lágrimas,caudales de martirios y de asombros,
retazos de corazón y de duelo;parece imposible la resignación;polvo, arena y piedra. ¡Ay!, qué desazón.Parece inalcanzable hallar consuelo…
¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, solo gritan las entrañas…
Mas terminan labores de rescate,sin poder encontrar los seres queridos;sus familiares, sabiéndolos perdidos,quisieran persistir, seguir adelante,
aunque fuera, por Dios, un minuto más;corriendo el horizonte y el tiempoque intensos ansiaban, pasase lento,y no concluir por siempre jamás.
Y la tierra sigue el curso sideral,viene una nueva noche, un nuevo día;el amanecer no es como uno querría-se diría, roto el mundo total, total...
Y en ese instante una libélula,levanta con sus alas transparentessu vuelo, buscando azul los horizontes.como alma naciente que vuela y vuela.
Así que impuestos de esta fragilidad,reconoceremos nuestra impotencia,no importa qué logre avanzar la ciencia:“somos mortales; es nuestra realidad”.
El hombre, que viene de humus, la tierra,y lucha cada día su existencia,lo debe tener claro en su conciencia,será de nuevo humus en esta guerra.
Esta breve crónica del terremotocomparto con el corazón herido;tuve suerte de haber sobrevividoaunque desolado y el velamen roto.