Por María Teresa Arboleda Grajales / Especial para El País
Actualmente, 205 familias campesinas de los municipios de El Charco y de Iscuandé, en Nariño, vislumbran un mejor porvenir gracias a la siembra de cacao, así como al fortalecimiento de la pesca artesanal.
Lo mejor es que estas cadenas productivas sustituyen una actividad ilícita que los marcó durante años, como fue el cultivo de hoja de coca, el cual, aseguran, les ha traído “atropello, pobreza, muerte y desplazamiento”.
El País fue uno de los medios invitados a la gira ‘Mi vida es el campo’, liderada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, y la Agencia de Renovación del Territorio, ART.
La visita se dio en el marco de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), que nacieron tras el acuerdo de paz entre el Gobierno y la entonces guerrilla de las Farc (2016). Recientemente fue ampliada su vigencia por 10 años, hasta 2037.
De acuerdo con Beatriz Arismendi Ríos, gerente de proyectos FAO Colombia, el convenio general, presente en 15 subregiones PDET, involucra 16 departamentos y 48 municipios, entre ellos, a El Charco e Iscuandé.
Agregó que el objetivo fue “implementar actividades de desarrollo económico, derecho a la alimentación y fortalecimiento de capacidades institucionales, comunitarias y organizacionales que aporten al cierre de brechas y a la transformación de los territorios PDET”.
Explicó también que la FAO, que actúa como socio técnico de la ART (entidad financiadora), tomó la propuesta inicial formulada años atrás en la identificación de iniciativas PDET, y la ajustó a las realidades actuales, llevando a cabo su implementación, acompañamiento técnico y puesta en marcha”.
De su lado, José Erling Escobar Tenorio, coordinador regional de la ART para el Pacífico y Frontera Nariñense, resaltó: “La paz en Colombia se fortalece con la participación activa de las comunidades, eje central de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial. Estos procesos en marcha evidencian que dicha participación no solo dinamiza las economías locales, sino que también consolida la base para una paz duradera”.
La ejecución de ambas iniciativas demandó una inversión cercana a los $5.000 millones, incluidas contrapartidas de los agricultores y pescadores.
Participaron, además, la empresa Nutresa y la Secretaría de Agricultura, Pesca y Medio Ambiente de El Charco, así como la Secretaria de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural de Iscuandé, y el Mecanismo Especial de Consulta, MEC.
El enfoque de género, la preservación de los recursos naturales y de los conocimientos ancestrales, estuvieron presentes durante los dos años que duraron estos desarrollos.
La otra cara de Nariño
Diverso y de grandes contrastes. Así es el departamento de Nariño, al punto de que las costas visitadas se antojaban como si fueran de una región distinta de Colombia, y no la misma que incluye a la zona andina, reconocida por el cuy, el volcán Galeras, el cultivo de papa y las bajas temperaturas.
Aquí, en cambio, predominan los manglares, considerados los más altos del mundo, y en vez de carreteras, hay mar y anchurosos ríos, como el Tapaje y el Iscuandé.
Justo por estas tres vías se navegó, de manera alterna, durante la mencionada gira de prensa. Embellecieron el paisaje piqueros, cormoranes y gaviotas, y un cielo veraniego del mimo azul de la bandera de la ONU que llevaba la lancha cuyo timonel fue Segundo Sinisterra.
El primer destino, luego de zarpar desde Guapi, Cauca, fue un caserío de la vereda Las Varas, en jurisdicción de Iscuandé. Las casas de madera están sobre pilotes en el mar (sistema palafito) y el camarón, los enormes berrugates (hasta 30 libras), el bagre, el ñato y el gualajo garantizan tanto su economía, como la seguridad alimentaria.
El alborozo de los anfitriones y vecinos llegados de otros sectores era evidente en el cierre de este proceso que tiene 105 familias adscritas. Se denomina “Fortalecimiento de la pesca artesanal de las asociaciones Asopezcamar, Asopescoresmar, La Unión, Asocuerval y Asopearcoju, pertenecientes a comunidades étnicas del Consejo Comunitario El Esfuerzo Pescador”.
Mientras las mujeres atendían a los invitados con ceviche de camarón, José Kennedy Caicedo, vicepresidente de la Asociación de Consejos Comunitarios y Organización Étnico Territorial de Nariño, agradeció “por todo lo beneficioso, el engranaje y la amistad entre la comunidad, la FAO y la ART”.
Aprovechó para pedirle al Gobierno nacional que no aparte la mirada de sus territorios “porque ahora necesitamos mostrar más nuestros productos para comercializarlos mejor”.
Caía la tarde y antes de ir a pernoctar a El Charco, hubo tiempo para arribar a Juanchillo. Este pueblo de 41 viviendas y palmas de coco que exhiben sus frutos, está situado en la desembocadura del río Iscuandé, frente al Parque Nacional Natural Gorgona.
Uno de sus habitantes es Carmelo Castillo, miembro del equipo de los programas PDET. Para él, los mayores beneficios de la cooperación entre la agencia de las Naciones Unidas (FAO) y la entidad del Estado (ART) es “la articulación que se logró entre las comunidades; poder nosotros ser escuchados e incidir en qué era lo que queríamos, qué nos servía y qué no”.
Otros sectores donde residen los pescadores son La Ensenada y Cuerval.
Todos recibieron capacitaciones, así como dotaciones representadas en embarcaciones, motores para las mismas; artes de pesca, insumos y herramientas que les hacen la vida más amable.
En tanto que las mujeres piangüeras ahora cuentan con elementos para su arduo trabajo capturando los moluscos.
Cultivo de largo aliento
El último día de la gira ‘Mi vida es el campo’, periodistas y funcionarios se embarcaron hacia Vuelta Larga, perteneciente a El Charco.
Cerca a la orilla del río Tapaje, en predios de Eva Alicia Arboleda y su esposo Samuel Torres, está el vivero donde crecen miles de plántulas de cacao, sembradas por los 100 socios. Eran 40 mil, ahora hay menos, porque cada familia ha ido llevando las 400 que le corresponde para continuar la labranza en sus parcelas.
Estas plantaciones constituyen la esperanza de un futuro sin zozobra para moradores del Consejo Menor El Libertador. “Uno quiere ya andar con su frente en alto”, mencionó Eva Alicia, mientras explicaba cómo se siembran las semillas del grano.
En ese sentido se pronunció Nolberto Ramos, tesorero de la asociación cacaotera, al confirmar que “pasamos de las economías ilegales a lo legal”.
Es tal su entusiasmo, que ya le tienen nombre y eslogan a la empresa: Chocolib, ‘cacao del Pacífico con espíritu de paz’.
“Fortalecimiento de la cadena productiva del cacao en comunidades étnicas del Consejo Comunitario Prodefensa del Río Tapaje”. Así se llama esta iniciativa que cobija también a campesinos de las veredas La Magdalena, Bolita, Brazo Seco, El Castigo, Salto Magdalena y La Magdalena.
El modelo agrícola incluyó la adquisición de herramientas, insumos y material vegetal, como también la construcción de dos centros de beneficio con capacidad para 10 toneladas, tres bodegas, oficina, espacios de fermentación y área de secado.
A la vuelta de año y medio esperan cosechar las primeras mazorcas, y el propósito es exportar el grano o transformarlo en diversos productos.
“Estamos muy contentos, vemos que sí es rentable, porque el cacao tiene su comercio garantizado en Colombia y otros países”, aseguró Ramos, momentos antes de la despedida.
Luego de un almuerzo preparado en fogón de leña, los viajeros se apresuraban para no perder el vuelo a sus ciudades. Sin embargo, el líder espiritual Omairo Piedrahíta tuvo a bien hacer una oración para que Dios los acompañara en la hora en lancha hacia Guapi, en el avión a Cali y en las conexiones a otros destinos.
Difícil olvidar la inmensidad del Pacífico nariñense, la calidez de su gente, su capacidad de adaptarse y lidiar con situaciones tan complejas como la presencia de insurgencia en sus territorios, la falta de energía eléctrica, de agua... Porque estando rodeados de caudalosos ríos, no los pueden aprovechar debido a la contaminación derivada de la minería.
La lluvia es, entonces, el milagro que no falta para llenar sus vasijas y calmar su sed.